Henry Segura
Hace una semana brilló en la apertura del festival de ópera de Salzburgo, uno de los dos más importantes del mundo, donde actúa hasta fin de mes. Veinte años atrás, Schrott estudiaba en Montevideo mientras ayudaba a su padre lavando autos.
A la ciudad natal de Wolfgang Amadeus Mozart, el cantante volvió para interpretar a Leporello, el cómplice de Don Juan, a cargo del barítono británico Christopher Maltman. Pero esta vez no se trataba de una puesta convencional de Don Giovanni, porque el director Claus Guth decidió traer el drama del amante de afectos frágiles hasta nuestros días e instalarlo en un medio donde el alcohol, la droga, el sexo y la sangre son parámetros de vida. El champagne y el chocolate que imaginó Mozart fueron cambiados por cerveza y tabaco, mientras en el escenario. salvo una parada de ómnibus, no se ve otra cosa que un bosque oscuro. Allí Don Juan termina recibiendo un tiro en el vientre de parte del padre de Doña Ana y con el estímulo de las drogas se dispone a gozar de sus horas finales.
Inevitablemente, la osadía del planteo terminó despertando reacciones encontradas en los espectadores que habían pagado 350 euros por su entrada. Tras la función inicial se sintieron algunos abucheos para el reggisseur, que terminaron abruptamente para aplaudir a Maltman y al director de la Filarmónica de Viena Bertrand de Billy y sobre todo, para ovacionar a Schrott. Los cantantes además enfrentaron otro reto: el de tener que transformar el canto en recitado y, por momentos, en diálogos directos. De acuerdo a algunas reseñas críticas, más allá de los cambios hay cierta fidelidad al espíritu mozartiano, incluso cuando convierte el final (en contra de lo que habitualmente ocurre) en un verdadero viaje a los infiernos del amante vacío hasta caer en una tumba.
Schrott "muy bien podría encarnar al protagonista de Don Giovanni, con su voz muy libre y un físico de latin lover", sostiene Benoit Fauchet en su crónica para la agencia AFP y agrega: "impone un Leporello enérgico que trepa a los árboles y se va de farra sin poner en peligro su canto generoso". El barítono uruguayo habitualmente interpreta a Don Juan en esa pieza maestra de Mozart e incluso en abril pasado se sentía feliz por llegar con ese papel a Sevilla, la casa del conquistador de mujeres. En aquella oportunidad había definido al personaje como "un enfermo de soledad que no se conoce verdaderamente a sí mismo y la conquista desordenada y en serie es la manera de ir en busca de su personalidad".
Ahora en Salzburgo sostiene que después de cada representación no puede volver a cantar por sentirse vacío: siente cierta debilidad por Leporello, "el más humano" de los tres personajes centrales de la obra por estar "lleno de contradicciones".
El maestro Lorin Maazel, responsable de un Don Giovanni que el formidable Joseph Losey eternizó en cine con Ruggiero Raimondi en la piel del protagonista, hace un par de años había alertado que Schrott era de los cantantes más notables que sobresalían en las nuevas generaciones de la ópera. "Es extraordinario como actor, tiene una voz excepcional y un increíble sentido dramático". La historia más reciente se encargó de confirmar lo acertado que estaba con su advertencia.
SENSUALIDAD. Aparte de su singular voz de barítono-bajo, Schrott se destaca por su presencia física y la sensualidad que transmite en escena. Las habitualmente serias y secas reseñas de los críticos de ópera no han dejado de hacer advertencias al respecto. Hace apenas tres días, Rolando Villazón en El Mercurio escribía sobre "el gran atractivo físico" de Schrott. El año pasado un crítico británico lo describió como "alto, buen mozo, de complexión robusta, con un apretón de mano poderoso y el tipo de personalidad que se transmite tan sólo con una mirada".
Es que los nuevos dueños de la escena lírica nada tienen que ver con las figuras obesas que poblaron el género hasta ahora. La voz sigue siendo el instrumento fundamental pero se la potencia con una presencia escénica adecuada y con capacidad actoral. Schrott se divierte al respecto: "yo en especial soy un latin lover, pero muy moderno, muy trabajador y estudioso, pero pese a eso no dejo mi buen gusto por las mujeres, me encantan", le contestaba a la bella soprano Anna Netrebko, su esposa, en un reportaje que ella le hiciera. Le preguntaba por los cantantes que salían de Sudamérica porque Schrott está identificado con una generación que también integran otros dos treintañeros que sobresalen en la lírica contemporánea, el mexicano Rolando Villazón (le dicen el nuevo Plácido Domingo) y el peruano Juan Diego Flórez, al que identifican como el sucesor de Pavarotti y que inició su vida artística en la música popular haciendo covers de los Beatles.
Con Mozart como padrino de bodas
Don Giovanni ha estado alterando la vida íntima de Schrott. Haciendo esa obra fue que se cruzó por primera vez con la soprano rusa Anna Netrebko, que ahora es su esposa. Fue en 2003, aunque la relación afectiva entre el barítono de 35 años y la soprano de 36 no comenzó aquella vez sino recién el año pasado cuando nuevamente coincidieron en la puesta de la misma obra en Londres. En febrero pasado trascendió que esperaban un hijo y ha sido el embarazo el que impidió que Netrebko estuviera este año en el escenario del festival de Salzburgo.
Para los dos ha sido un año muy relevante también porque editaron discos. Schrott es la primera vez que lo hace, pese a que la compañía Decca se lo había propuesto hace dos años, cuando él pensaba que difícilmente lo haría porque estaba convencido de que son los tenores y las sopranos los que graban discos y que su registro de barítono bajo es poco atractivo para las discográficas porque vende mucho menos.
Hace quince días que salió el disco con doce arias. La mitad son de Mozart, a las que se suman obras de Verdi, Berlioz, Gounod y Meyerbeer. "Esta grabación es un regalo para mi padre y mi madre: pienso que están felices y muy orgullosos de mí", confesaba el músico el viernes pasado a la agencia AFP.
El futuro es una tentación
Sus compromisos llegan hasta el 2012, lo que para Schrott es una verdadera locura provocada por lo interesante de los proyectos que le ofrecen. No los quiere rechazar porque el escenario ya es una necesidad personal.
No siempre fue así. Aunque debutó profesionalmente en Montevideo a los 22 años y enseguida se embarcó hacia Italia no abrió las puertas con las que soñaba hasta que en 1998 ganó dos premios en el Operalia que Plácido Domingo apadrina. Las ofertas empezaron a lloverle, pero él tomó la situación con mucha precaución porque prefería ir con lentitud para poder mantener un plan de estudios.