La hora de un regreso que toca y obliga

 20080930 360x250

SEBASTIÁN AUYANET

Desde hoy está en la calle el nuevo trabajo de la banda comandada por Garo Arakelián y Alejandro Spuntone. Un esperado disco de reinvención que no olvida la identidad del que ambos charlaron con El País.

Mutación colectiva y musical. Apuntar más allá de la "macrocultura poguera" de los grandes festivales y conciertos con un nuevo sonido. Buscar por fuera de los límites de la identidad todo lo que se pueda. Afrontar el estrés de los cambios con entereza y convencimiento. Estos son apenas algunos conceptos que pueden rescatarse luego de casi tres cuartos de hora de hablar con La Trampa sobre un disco que refleja el encare de esas cuestiones.

Y quizá Simple, el primer corte de difusión de El mísero espiral de encanto, resume ese espíritu como ningún otro tema dentro del nuevo trabajo. De esos punteos y ritmo de baterías ágil que recuerda al rock guitarrero británico más reciente (los Arctic Monkeys son una referencia fácil pero precisa), cuelga un sentimiento: "Salir y respirar". Es lo que repite al llegar al estribillo, luego de avanzar en las líneas de notoria influencia folclórica que escribe Arakelián.

Y atención: La Trampa "clásica" que se forjó en la crudeza de Toca y obliga (1994), dio el zarpazo en Caída libre (2002) e hizo eclosión con los himnos que la catapultaron a la dimensión masiva de Laberinto (2005), no está omitida. Pero en la base de su sonido hay ahora otras intenciones, más frescas.

"Todo se resume más o menos así", comienza a concluir Garo luego de una extensa charla sobre los propósitos del grupo adentro del estudio y el origen del nuevo proceso. "Hubo un show que hicimos en Atlántida, en invierno de 2006. Éramos los Beatles. Teníamos que entrar con cordón policial, el límite de gente excedía el 30% de la capacidad, no se podía llegar al escenario... Era una locura, desesperante. Y eso nos hizo pensar que algo iba a salir mal, iba a haber un accidente o al menos no nos íbamos a poder proyectar mucho artísticamente. Se había generado una macrocultura poguera que es un camino, está en nuestra cultura y es una sensibilidad muy válida para nosotros. Pero también hay otra forma de aportarle a la música popular y a lo que sucede en un show y que genera otro tipo de cosas en el cuerpo y, a lo mejor, no siempre son pogo. Quizá sea la sutileza de decir `estoy a punto de bailar pero no bailo porque no sé`, o cosas que no se circunscriben a esa estética. En definitiva, tener más libertades como artistas".

Ese es el momento en el que Rodrigo Gómez, ex Sórdromo y productor/arreglador de

El mísero espiral de encanto, entra a tallar en la charla sin estar presente. "Nos enfrentábamos a ser un clásico. A la autorreferencia de por vida desde el punto de vista musical. Entonces teníamos la suma de querer cambiar y a la vez mantener la identidad musical de la banda. Y ahí, a partir de la sugerencia de Irvin de sumar a Rodrigo teníamos que compatibilizar ese cincuenta por ciento que es identidad para nosotros y el otro cincuenta que era voluntad de cambio", explica Arakelián, guitarrista y compositor de todas las canciones del disco.

"Podríamos haber hecho doce canciones como -el gran "hit" del disco anterior- El poeta dice la verdad, que de repente nos salían geniales", se suma Spuntone. "Pero la idea era parar con eso. No ser `la banda que todos ya sabemos qué va a tocar`. Para eso teníamos que romper moldes y superar varias cosas. Por eso la última vez que tocamos en el Pilsen Rock armamos un set de canciones que no terminaba de explotar, que iba un poco contra esa cuestión de hacer estallar a la gente en un pogo".

Largo y sinuoso. El primer escollo del grupo en el camino al nuevo disco fueron las separaciones. A la salida de Álvaro Pintos, pactada y previsible, se sumó el alejamiento del bajista Carlos Rafols cuando transcurrían dos meses del nuevo proyecto. "Son personas insustituibles. Esto fue como un divorcio, sin más. La separación fue en buenos términos, pero de todas formas sentís la pérdida. No somos un grupo de rockeros duros porque nos vestimos de negro", dice Garo. En el capítulo separaciones, el cambio de sello tampoco pasó desapercibido: "No nos peleamos con Koala ni nada de eso, sino que buscamos un arreglo distinto. Queríamos tener propiedad sobre el disco para licenciarlo. Por eso salimos a buscar otras opciones y Bizarro entendió que el arreglo era bueno para ambos".

La confirmación de Carballo en batería -ya venía dando una mano desde las ausencias de Alvin por motivos de agenda con el Cuarteto de Nos- vino seguida de la búsqueda de un nuevo bajista. Así arribó Diego Varela, a quien conocían por su trabajo en La Tabaré y Guatusi. "Además de todo, primero teníamos que pasarle 18 años de flujo comunicacional a un miembro nuevo, porque no queríamos darle un papel, sino que aportara y ejecutara según esperábamos nosotros y el productor", fundamenta Garo.

A ese rediseño de interiores se le sumaba la nueva ambición de reconfigurar el sonido "Trampa" sobre un límite sutil que no atentara contra la autenticidad. Ese fue el rol de Gómez en el estudio. "Por ahí nosotros nos volábamos, pero Rodrigo sabía qué cosas de nuestro sonido no podíamos cambiar. Él conocía su rol y el anhelo nuestro", cuenta el cantante.

Salirse. Así, las doce canciones se mueven entre esa captura de nuevos sonidos definidos por Gómez (que no tocó pero sí arregló bajos y batería) vinculados a la esencia, en un balance que puede sonar forzado pero sufre pocos trastabilleos. "Creo que las canciones logran una forma de abordar tópicos uruguayos como la relación afectiva, la oscuridad o la ciudad que te abruma, pero por fuera de esa cosmogonía de adjetivos y pocas palabras que riman que tiene el rock uruguayo", insiste Arakelián, ubicándose en un terreno que ya empezó a recorrer La Vela Puerca a partir de El impulso (2006), que junto a Juan Campodónico repensó su sonido ante la necesidad de decir cosas diferentes.

En ese capítulo se vuelve a detener Garo. "Creo que el aporte en los últimos años sobre la música uruguaya de parte de uruguayos formados afuera ha sido fundamental. Pensá en el Peyote, en Bajofondo, las cosas que hizo Drexler. Aunque nos guste o no, han hecho su aporte para mover un poco el agua estancada que es la música popular acá. Ahí es donde yo me pregunto si -como en el caso de Rodrigo- la educación que recibieron afuera no los volvió individuos más libres. Como uruguayos aún tenemos mentalidad de empleado público: `si me muevo no voy a ser lo que ya logré`. Nosotros queríamos aprender a salir de eso; movernos y seguir siendo nosotros". Tan simple como eso.

Acerca de producirse para buscar un nuevo sonido

Una mirada catártica sobre el desencanto

n Desencanto no es la canción más ilustrativa de la nueva búsqueda musical de La Trampa, pero sí conecta al ánimo del nuevo disco con el resto de las canciones, según comenta Garo. "Esa canción, además de tener la línea que da nombre al disco, cuenta mucho lo que sentíamos. Nos pasaba algo así como lo que cuenta Jaime Roos en algún momento de Las luces del estadio. Está esa oferta seductora que no tiene las expectativas que uno tenía pero a la que uno vuelve, no sé si por obsesivo o por idiota. Y siempre pasa lo mismo; te desencantás. El desencanto puede ser afectivo o tener que ver con la vida que uno se proyecta como banda".

Pero El mísero espiral de encanto no es un disco pesismista, sino desencantado, aunque con ánimo de bancar la parada. Personales y reflexivas, como suelen ser la mayoría de las canciones de Arakelián ("en estas canciones hay muy poca ficción, o mejor dicho, mucha verdad ficcionada", asiente el guitarrista), no hacen énfasis en la tristeza, sino en la condición frágil del ser humano, no atenuable aunque se trate de un tipo que toca rock y se viste de negro. "Somos tipos frágiles. No somos los rockeros power", explica.

Más lejos de la definición de "rock" que estimula pogos y banderas y se acerca a salirse de la previsibilidad de los altos volúmenes, los gritos y la distorsión, aparecen intentos disfrutables como Cristal, un casi rock bailable en el que La Trampa suena más cerca de Sórdromo que nunca o Shangrilá, una reposada canción gris con aire a domingo.

Para el día después, por el contrario, es un himno con la marca de la casa y destino seguro de "hit" perceptible en cada arranque furioso de la voz de Spuntone. Esa identidad del grupo que no ha perdido contundencia se enriquece en canciones como la también apacible y melancólica Espuma al viento, en el que la veta folclórica de Arakelián vuelve a asomar.

En todas las canciones de este Mísero espiral existe un balance entre esa nueva búsqueda y algo de la vieja esencia. Más que una combinación de canciones destinada a satisfacer a seguidores y curiosos, este disco demuestra inquietud y pulsión de progreso.

La vuelta al Teatro en 1 mes

Viernes 14 de noviembre, 21 horas, Teatro de Verano. Esa es la fecha marcada para la presentación de este nuevo disco de La Trampa, en lo que marcará su regreso al escenario del Parque Rodó después de dos años y medio. Las entradas se ponen a la venta a partir de mañana en todos los locales Redpagos del país, e incluso la banda ha definido un paquete que incluye ticket y disco incluidos a $ 340.

El precio del disco sin "paquete" será de $ 190, mientras que la entrada sola vale $ 200. A medida que pasen los días se irán dando más detalles sobre el reencuentro de la banda con sus seguidores.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar