La fotografía en su trono

MIGUEL CARBAJAL

Marilyn es una melena rubio barato, una tez rosada de mórbida, una boca rubí y unos párpados multicolores. Warhol amplía la gama y la entona toda de celeste, de rojo y de verde-amarelho. Elvis Presley es una plancha roja. Mao ostenta el uniforme azul, una boca más occidental de lo que debiera y unas cejas casi delineadas. Liza Minnelli es una boca rojo cerezo. Capote se luce por sus ojos celestes y su gacho marrón. Liz Taylor está dotada de un párpado violeta y la boca es un tajo colorado sandía. Las chicas y los chicos de Andy se diferencian entre sí por el cromatismo. No le sucede lo mismo a los retratos de Jorge Casterán.

¿En qué se identifican y en qué se diferencian ambos? Utilizan elementos comunes. Uno es el uso de la imagen de índole fotográfica y la otra es la repetición o serialización. La imagen es casi siempre repetida, en forma mecánica a veces, con más o menos tinta, más o menos raleada, aprovechando o capitalizando los defectos técnicos de la toma. Andy Warhol opera sobre la integración. Casterán, en cambio, no se mete con la imagen fotográfica, la respeta tanto que la conserva tal cual. Sus retratos, diría Batteggazore en sus clases, constituyen los dibujos del siglo XX. Warhol y Casterán se distancian en el tratamiento de los fondos. El norteamericano trabaja de una manera más tradicional: buscadamente más sensible, con una pintura empastada donde, incluso, aparecen rastros de los instrumentos de trabajo y hasta las huellas de los dedos. Casterán siente una pasión tan avasallante y un respeto tan grande por la imagen mecánica pura que no la mancilla con nada. La respeta en su globalidad pero le yuxtapone planos de color e imágenes de su memoria visual. Warhol apuesta a la integración y Casterán a la yuxtaposición. Uno, el primero, teje el fondo del cuadro, y Casterán lo desteje. Warhol, la estrella más refulgente del pop estadounidense, utiliza un negro pobre porque busca la abundancia de blancos para ubicar las manchas de color que él anticipó antes de ir a la reproducción fotográfica. Son los rojos de las bocas, los párpados multicolores, el brillo de los ojos que aparecen en sus famosas creaturas.

El ojo analítico de Casterán advierte que, en otra época y en otra latitud, Andy Warhol repetía con otras intenciones, las enseñanzas de plano de color y línea que Torres García impartía en el Taller. El maestro pintaba un círculo amarillo y encima de ese plano de color dibujaba un limón que escapaba en varias partes al círculo. El limón del autor del constructivismo universal son las manchas faciales de Andy Warhol donde se plantea un nuevo plano de color y línea. Casterán advierte de entrada cual es el procedimiento de Warhol, pero no cae en la emboscada de disminuir el poder expresivo de la imagen gráfica. Usa la fotografía como el eje central de su obra y luego completa el cuadro con diversos abordajes. En la medida que maneja la foto y la repetición es una versión austral de Warhol, pero con diferencias y valores distintos. Comparten la seducción del lenguaje, la riqueza de asociaciones y el clima de reflexión que proponen. Pero hay otro Casterán que se acerca. Se oyen los pasos. (Segunda de una serie de tres notas sobre los lenguajes de Jorge Casterán).

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