NGUILLERMO ZAPIOLA
Es inevitable que, a cierta altura, las sagas exhiban una dosis de agotamiento. Con ese elemento en mente hay que acercarse a "El factor Scarpetta", nueva novela de la escritora de misterio Patricia Cornwell que acaba de llegar a librerías.
Se trata de la entrega número diecisiete de la serie que Cornwell ha dedicado a su personaje más popular, la médica forense Kay Scarpetta, protagonista de varios de sus mejores libros (Post Mórtem, El cuerpo del delito, Extraño y cruel, Una muerte sin nombre, Un ambiente extraño). Hace varias novelas que Cornwell había decidido trasladar a Scarpetta de su entorno inicial como forense en jefe de Richmond, Virginia, para moverla a través de los Estados Unidos (e incluso Europa), e involucrarla en casos más rocambolescos que los investigados en las sólidas "novelas de procedimiento" de sus comienzos. Esta no es una excepción.
La crisis económica le ha llegado a todo el mundo, y hasta Scarpetta tiene que conseguirse un trabajo de tiempo parcial en el departamento forense de Nueva York, al tiempo que se convierte en columnista invitada de la CNN. Ambas tareas se entrecruzan cuando la doctora debe ocuparse del asesinato de una mujer en el que cree percibir algunos elementos sospechosos, y a ese hecho se superponen los manejos de una inescrupulosa periodista televisiva que pretende hacerle decir ante cámaras lo que nunca debería decir.
Se demora un poco en averiguar qué relación hay entre esos hechos y otros: la desaparición de otra mujer, vinculada a las altas finanzas, que para peor estuvo alguna vez vinculada con Lucy Farinelli, la investigadora, experta piloto de helicópteros, genio de las computadoras y lesbiana sobrina de Scarpetta; las intrigas de un colega de Benton Wesley, el marido de la doctora y ex "profiler" del FBI, que tiene las peores intenciones con respecto a éste. Por si hubiera pocos problemas reaparece el conflicto entre Benton y el investigador de homicidios Pete Marino, al que no termina de perdonar la inconducta hacia su mujer en medio de una crisis alcohólica, dos o tres libros atrás, y que los seguidores de la serie seguramente recuerdan. Cuando la doctora Kay encuentre un paquete sospechoso en su departamento y haya que llamar a la brigada anti-explosivos todos comprenderán que hay algo que está funcionando realmente mal.
El resumen argumental de los párrafos anteriores permite deducir dónde está el principal problema de El factor Scarpetta. Hay demasiado material anecdótico en el libro, líneas que corren paralelas y tardan a menudo en unirse, algunas forzadas coincidencias, demasiados encuentros en oficinas donde cada situación es discutida largamente. Desde hace cinco o seis libros, por lo menos, Cornwell está escribiendo demasiadas páginas y parece haber perdido (o habérsele debilitado) la capacidad de concentración. Quizás simplemente se ha vuelto demasiado rica (es la escritora más vendida después de J. K. Rowling, de Harry Potter, y Stephenie Meyer, de Crepúsculo) y no admite que la editen.
Todo hay que decirlo empero, incluso las buenas noticias. Después de algunas desacertadas elecciones de estilo (la tercera persona en tiempo presente de algunos de sus últimos trabajos) Conrwell da aquí un paso hacia la buena senda: la opción sigue siendo tercera persona, pero el pretérito indefinido es un progreso. Y se sabe que para la entrega 18 de Scarpetta (Port Mortuary) ha vuelto a la narración en primera persona en la que estaban escritas sus primeras novelas, que ha sido hasta el momento su mejor elección. Hay que esperarla con cierto interés.
Y no seamos tan malos. No es la peor novela de Cornwell (para encontrarla hay que salir de la saga Scarpetta y abrir algunas de sus novelas de Andy Brazil, o la más reciente del detective Win Garano), y ni siquiera la peor de la doctora (esa es La mosca de la muerte, de hecho el único libro prácticamente ilegible que ha escrito). El factor Scarpetta se ubica más bien en un plano de discreta medianía, con algún suspenso, algún giro anecdótico inesperado, y más psicología de bolsillo de la necesaria. Como de costumbre, los mejores momentos transcurren en la morgue: cuando la buena doctora se pone la túnica, enarbola el instrumental y exige que los cadáveres le cuenten su secreto, Cornwell sube de nivel. Es allí donde debería dejar más a menudo a la doctora Kay, y ahorrarle algunos dolores de cabeza familiares.