THE NEW YORK TIMES | TERRENCE RAFFERTY
"La isla siniestra", el oscuro y retorcido thriller de detectives de Martin Scorsese, se ambienta en 1954, en la plenitud de lo que W.H. Auden llamó "La edad de la ansiedad".
"Tal vez sigo trancado en ese tiempo", dice Scorsese y suena un tanto cansado mientras habla de un film que "comenzó como un entretenimiento, aunque creo que no supe qué hacer con eso. Parece que se ha convertido en otra cosa".
"Los infiltrados fue bastante similar", agrega y casi suspira, aunque no es un hombre muy propenso a tomar pausas para respirar. Si parece un poco cansado en esta fría tarde neoyorquina, es porque estuvo hasta muy tarde en la sala de montaje, cortando el episodio piloto que dirigió para una serie de gánsters del canal HBO, llamada Boardwalk Empire.
Tiene 67 años ahora y pisa firme en el terreno de los premios a la trayectoria (de hecho acababa de llegar de Los Ángeles, donde recibió uno de los premios en los Globo de Oro), y lleva eso con mucha comodidad. Viste adecuadamente para su edad: digno (un color neutro para su abrigo y buenos zapatos), aunque casual (no usa corbata). Su inconfundible estilo de neoyorquino, conversación estilo fuego rápido, es un poco menos frenético, algo más paciente de lo que alguna vez fue. Su característica forma de ser es ahora un afable entusiasmo, como un pastor con actitud. Y ha tenido, se mire por donde se mire, una década tan satisfactoria como la que cualquier cineasta americano puede esperar razonablemente: su trabajo ha sido emocionante y los elogios constantes, por no hablar del respeto, que a menudo se acerca peligrosamente a la reverencia.
Tres años atrás Los infiltrados le dio su primer Oscar, y luego de más de cuatro décadas de hacer películas (y un mayor tiempo de incurable cinefilia), se puede permitir descansar. Pero parece que sigue determinado a continuar haciendo esa clase de películas que, como le pasó con La isla siniestra, se volvieron "algo más" para él.
Basada en una excepcionalmente tramposa novela de misterio que Dennis Lehane publicó en 2003, La isla siniestra tiene orgullo por ese "algo más". Es una verdadera rareza, algo foráneo, tan aislada como la isla sombría y castigada por la lluvia en la que se desarrolla su historia. El héroe, un agente federal llamado Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio), es un alma atormentada, el tipo de hombre con el que Scorsese se ha sentido familiar desde su primera película, ¿Quién golpea a la puerta? (1968), hasta Calles peligrosas (1973), Taxi driver (1976), Toro salvaje (1980) y El aviador (2004). En esta última, DiCaprio interpretaba a un Howard Hughes acosado por alucinaciones, extrañas fobias y una amenazante paranoia. Los problemas emocionales de Teddy se manifiestan solo durante buena parte de la película, la mayoría como pesadillas sobre su mujer y también como las migrañas más espectaculares desde las que tenía James Cagney en Alma negra.
"Cuando leí el guión", cuenta Scorsese, "fui atrapado por el personaje. Sentí mucha empatía con él".
CLAUSTROFÓBICO. Lo que hace que La isla siniestra sea tan peculiar para este director no es el protagonista o la trama detectivesca, sino la claustrofobia, la estructura estrecha y hermética que parece tan rara para él y para su filmografía. DiCaprio, quien ha protagonizado las cuatro últimas películas de ficción que hizo Scorsese desde el 2002, explicó: "Con guiones como el de Pandillas de Nueva York y El aviador hay más flexibilidad, algunas cosas pueden ser ajustadas para volver a dar forma al personaje. Pero en guiones como éste hay demasiados segmentos entrelazados, y si quitas una pieza, la historia se cae". Scorsese hace que la estructura parezca aún más delicada: "Durante la edición nos dimos cuenta que con solo poner una toma errada podíamos destruir una escena". El balance en la película es como el de su héroe: frágil.
La mayor parte de la película fue filmada en un asilo mental abandonado, en Medfield, Massachussetts, que generaba, tal como dijo Scorsese, "la sensación de ser una trampa, un laberinto, o un laberinto de la mente, que es lo que queríamos". Al escucharlo hablar con cierto gusto sobre los problemas técnicos, cuesta no sospechar sobre cómo habrá sido el rodaje en ese lugar: "Estar ahí todos los días no se siente nada bien", dice. DiCaprio describe el proceso de trabajo con los matices del personaje de Teddy como "bastante insalubres, porque realmente no comprendía qué tan complejo emocionalmente era el personaje hasta que Marty y yo comenzamos con este viaje catártico". Se detiene y agrega: "Cuando estás trabajando con alguien como Martin Scorsese, sabes que irás a sitios emocionales que ni siquiera habías imaginado".
Para Scorsese, eso es entretenimiento. Algunos realizadores, a medida que crecen, comienzan a reducir sus estilos, a producir trabajos otoñales que quieren expresar la serena simplicidad de la sabiduría que han adquirido en sus vidas. ¿Eso suena a Scorsese? Sus películas siempre han estado alimentadas con una energía nerviosa y grandes sacudones de adrenalina, y es casi imposible imaginarlo reduciéndose a alguna clase de turbulencia emocional, incluso aunque se lo proponga.
SONIDO. Con Scorsese, las drogas autorrecetadas son básicamente la memoria de viejas películas y una selección de música para sus bandas de sonido que parecen collages. Robbie Robertson, ex integrante del grupo Band, que conoció a Scorsese durante la filmación del documental El último rock, de 1978, ha colaborado con él en muchas películas desde entonces. Robertson es supervisor musical en este nuevo film, y dice: "Marty tiene este don único en relación a la música. Es uno de esos misterios. Lo podés ver ya en la primera escena de Calles peligrosas, con las Ronettes haciendo Be my baby. No se trata de la canción ni de la letra, solo tiene que ver con la pared de sonido, y es lo que lo hace tan hermoso".
Con respecto a La isla siniestra, Robertson dice: "Esta fue la primera vez en todos estos años en la que él me ha dicho `Dios, no sé qué hacer con este material musical```. La solución que se le ocurrió era extrañamente apropiada a esa era de la ansiedad en la que la película se ambienta, y consistió en utilizar música clásica moderna del mismo modo en que en las películas previas habían descargado rock, pop o blues. Aquí, los ataques sónicos vienen de Krzysztof Penderecki, John Adams, John Cage, Gyorgy Ligeti y Morton Feldman. "Con algo como Passacaglia, de Penderecki", dice Scorsese, "se me hace totalmente claro lo que ocurre dentro de Teddy. Si estás con la película y con el personaje en este extraño viaje, verás que es el tipo de música que sentirás en tu cabeza".
Memoria. Lo gracioso es que buena parte de la feroz y temperamental música moderna del film suena un poco como la música de los años cincuenta también, algo que viene del drama psicológico de Elia Kazan o, por ejemplo, de Nicolas Ray. Los recuerdos de viejas películas tienen su lugar en este universo insular: "Amo la memoria", dice el director, "Digo, soy un preservador". Es que veinte años atrás fue uno de los fundadores de la Film Foundation, que restaura y protege películas en peligro, y aún trabaja en ella.
Aquel sentido nervioso que tiene el personaje, de no saber exactamente dónde estás, dónde está el comienzo, el medio o el final, parece de alguna manera muy importante para Scorsese. A pesar de estar cerca del fin de su carrera ha hecho en la última década una serie de películas con el vigor de un principiante, probando con distintos géneros, diversos sonidos, distintos actores, en un intento valiente de mantenerse suficientemente desorientado para crear ese "algo más".
VITALIDAD. La carrera de las películas de Scorsese desde Pandillas de Nueva York (2002) hasta La isla siniestra, que también incluye su documental Shine a light sobre los Rolling Stones, es tal vez la más vívida, variada y más consistentemente inventiva desde la que hizo en los setenta. Ha encontrado una forma de mantenerse cargado, a como dé lugar, incluso si esto implica hacer un film tan implacable y barrocamente interior como La isla siniestra, que tiene una arquitectura de pesadilla de una prisión hecha por Piranesi. Lo que sirve para Scorsese, usualmente, es una suerte de inquietud. Podrá estar o no trancado en los cincuenta, pero para él siempre se trata, de una forma o de otra, de la edad de la ansiedad.
La inspiración del mejor cine negro
La abundante erudición (cinematográfica, musical, litera- ria) de Martin Scorsese se advierte a muchos niveles, y uno de ellos tiene que ver con la serie de películas que les hizo ver a su equipo antes de rodar La isla siniestra, al parecer para empapar a sus colaboradores en el clima que estaban buscando.
Dos de ellas resultan particularmente significativas. Una es Traidora y mortal (Out of the past, 1947), de Jacques Tourneur, quizás el mejor `film noir` de la década del cuarenta y también uno de los más negros, donde el antihéroe protagonista (Robert Mitchum) era literalmente arrastrado a la destrucción por la mujer fatal de turno (Jane Greer).
La otra es Delirio de pasiones (Shock corridor, 1963) de Samuel Fuller, en el que un periodista (Peter Strauss) se fingía loco para poder ingresar en un manicomio donde se había cometido un asesinato, y literalmente enloquecía durante el proceso. Allí la intriga policial era un pretexto, y el film operaba realmente como una gran metáfora sobre una sociedad no menos enloquecida, veteada por rasgos de violencia, racismo y prejuicio.
Las complicidades previas de la dupla
Pandillas de nueva york
Inmigrantes irlandeses en la Gran Manzana, durante la Guerra de Secesión. Violencia callejera, corrupción política y un entrelazado de historia y leyendas urbanas, por alguien a la vez crítico y enamorado de la ciudad. En la banda sonora, U2 entona Las manos que construyeron América.
El aviador
Originalmente fue un proyecto de Leonardo DiCaprio y Michael Mann (quien siguió siendo productor), y Scorsese se incorporó cuando ya estaba empezado. La personalidad de Howard Hughes y la evocación del Hollywood clásico seguramente lo atrajeron.
Los infiltrados
Un asunto gansteril hongkongués trasladado al ambiente de la mafia irlandesa en Boston, con varios personajes (policías y delincuentes) en un doble juego de infiltraciones y traiciones mutuas. La Warner hizo, históricamente, el mejor cine de gánsters, y éste es un film de Warner.