Imágenes devastadoras

Jorge Abbondanza

La avalancha de trivialidad no barre solamente el c

ine industrial de hoy, sino también las múltiples bocas de la televisión para abonados, donde el diluvio de mercadería insustancial parece cada día mayor. Cuando surge alguna nota de verdadero interés en medio de ese panorama, resulta doblemente bienvenida y opera como una oxigenación en medio del letargo. Una de esas notas de interés ha sido en estos días el documental War Photographer, película suiza realizada en 2001 y dirigida por Christian Frei, donde se muestran las actividades del fotógrafo de guerra James Nachtwey, un norteamericano valeroso y capaz de ubicar su cámara en la primera fila de los frentes de batalla. Cabe advertir que War Photographer se ha emitido por el canal HBO y sólo volverá a verse el viernes 27, aunque en un horario extravagante: las 4.30 de la madrugada, momento ideal para insomnes.

Lo estremecedor del material que muestra el film son dos cosas: por un lado la actividad misma de Nachtwey, a quien la cámara muestra acercándose a las revueltas callejeras durante la caída de Suharto en Indonesia, compartiendo con varios combatientes los fragores de la segunda intifada en Palestina, incursionando por los destrozos de la guerra de Kosovo y sobre todo internándose en paisajes africanos donde la hambruna ha provocado padecimientos sin fin, entre sobrevivientes que parecen cadáveres. El oficio de Nachtwey consiste en esas aventuras de riesgo y de testimonio del dolor ajeno, pero el otro rasgo sobrecogedor de esta película es el resultado de tales operativos a través de las fotografías (siempre en blanco y negro) que Nachtwey obtiene de esas turbulencias en medio de las cuales trabaja.

Porque en esas fotos se superponen la formidable calidad visual obtenida y el registro vivo del espanto, a través de gestos instantáneos, humaredas gigantes, panoramas desolados, seres humanos ateridos. La necesidad de captar tales extremos se entiende a través de las declaraciones verbales del propio Nachtwey, que confiesa tener dudas ocasionales sobre la índole más profunda de su actividad, pero luego se reafirma en la utilidad del servicio que presta: reconoce que en los escenarios de horror donde suele moverse, alguien debería hacer algo para frenar la masacre, frenar la guerra, frenar el hambre y frenar la indiferencia del prójimo. "Y si no hacemos algo nosotros —agrega— ¿quién va a hacerlo?". Su profesión no resulta fácil, en parte por los peligros que el fotógrafo corre en el borde de los focos de lucha por donde transita, y en parte por las crecientes dificultades que encuentra para difundir sus imágenes en publicaciones cada día más dedicadas a la frivolidad de estrellas de cine, acontecimientos mundanos y comercio suntuario, no siempre dispuestas a hacerle un sitio a los documentos de la peor realidad.

Mientras desfilan los viajes de Nachtwey y los picos dramáticos que suelen flanquearlo, la película muestra cómo el hombre prepara una exposición de sus trabajos en una galería donde lo acompaña un nutrido público de admiradores. Esa es la cara opuesta de su oficio: pero el satinado clima de un vernissage también puede ser el ámbito donde la gente se interne en remotos ejemplos de agresividad y destrucción, en este caso a cargo de ese "caníbal de imágenes" como lo define una observadora aludiendo a su registro de sordideces callejeras en ciudades norteamericanas, al linchamiento de un enemigo por una turba de indonesios enardecidos o al sufrimiento del propio Nachtwey cuando soporta los gases lacrimógenos que se han disparado contra los combatientes que lo rodean, mientras se empecina en capturar (para conmovernos como es debido) el terrible mundo frente al cual sabe plantarse.

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