ALEXANDER LALUZ
"La expectativa es volver a Montevideo, ya que uno no sabe nunca si volverá a los lugares que ama", escribió el trovador de Úbeda en su sitio web. Y hoy, a las 21, su flamante "Vinagre y rosas" le da la oportunidad de cumplir con esa cita.
El concierto tendrá la tradicional mezcla de sabores sabinianos, pero esta vez servida con los aderezos de una posible despedida.
Esta gira, según confirmó ayer a la prensa local, se inició con el plan de ser la última que recalaría en grandes escenarios, ya que en su mira ahora están los teatros más bien pequeños, con buena acústica y mayor recogimiento. Una decisión previsible para muchos, y afortunada para otros, ya que de esa forma potenciaría su veta más intimista y también dejaría a un lado el desgastante pánico escénico que le siguen provocando estadios gigantescos como la Bombonera de Buenos Aires, donde pocos días atrás agotó 40 mil localidades.
Pero el propio Sabina se encargó de bajar a tierra el vuelo de cualquier especulación romántica. "La verdad, ahora que ando en el medio de esta gira le estoy tomando mucho gusto a esto de los estadios. Así que no sé si cumpliré. Pero ese era el plan".
¿Una contradicción o un giro oportuno (u oportunista)? La primera impresión deja un margen para la duda. Sin embargo, hay algo en lo no dicho, en lo que va entrelíneas, que aclara un poco el panorama (y calma los ánimos). La gira, desde sus primeros conciertos en Junín hasta los que dio en Chile, Buenos Aires y Mar del Plata, está marchando muy bien: todos a lleno total.
Y en este asunto su pensamiento fue meridianamente claro: del hacer canciones también se vive, aunque esto implique transformar pragmáticamente (¿abdicar?) los ideales del pasado. Así, sin mayores pudores lo confesó ayer a través de un hábil manejo de imágenes: si hoy se encontrara con el Sabina de hace 20 años atrás, de actitud bohemia y transgresora, "no me quedaría ni cinco minutos con él, me voy corriendo. Él me diría: sos un vendido. Y yo le diría: sos un impresentable borracho".
Hoy, tiramisú. Sus seguidores, entonces, pueden confiar que a los 60 Sabina sigue teniendo cuerda para rato. Seguirá regresando a Montevideo, ya sea otra vez al Centenario o al teatro Solís, para cumplir con el plan que se fijó al comienzo de la gira.
Es que además del reto profesional, Montevideo sigue ejerciendo sobre él una fascinación poética y humana: son los Benedetti, los Roos, los Drexler, los Zitarrosa, los Masliah que se han grabado en sus afectos, al igual que el carácter entrañable de la noche y la bohemia culta de esta ciudad. Sobre esas evocaciones no ahorra adjetivos, y confiesa que se han convertido en parte de su historia personal y artística. Y su deseo -lo repite varias veces con enfático entusiasmo- es que esos lazos estén, aunque sea en el imaginario, en este concierto en el Centenario.
Allí, por tanto, no cabe la nostalgia sensiblera por una despedida. En su lugar habrá un Vinagre y rosas (2009), con su primer plato de Tiramisú de limón, que ejercerá su promocionada atracción sobre las nuevas historias paridas en Praga con su viejo socio Benjamín Prado. Ellas llegaron al estudio de grabación cuatro años después de su último disco, Alivio de luto, con la idea de cruzar las baladas, los homenajes (a Violeta Parra), el rock y los inevitables ensayos autobiográficos, en los que ha dejado plasmado su nuevo estado afectivo, corporal y creativo.
Es la opción creativa más natural: dejar constancia de los cambios. Antes, confiesa, su vida transcurría a través del caos. Sin horarios, "sin costumbres", siguiendo los dictámenes del alma y el cuerpo, a veces llevando la bohemia al borde mismo de lo posible. Hoy, sin embargo, ese errático camino llegó a un puerto que le da otra seguridad y otra estabilidad: Jimena, su novia, su secretaria, su todo.
El resultado también es claro para él: sus canciones de desamor, la pasión, del dolor, de la noche, no brotan de esas aguas calmas. Así que tuvo que pedir el auxilio de Prado, con quien se refugió en una ciudad de centenarias bellezas, cristales y pequeños cafés, y que les permitía jugar al anonimato y liberarse de la presión. De allí nació este menú creativo de sabores opuestos, de vinagres y rosas, tiramisú y limón o helados de agua ardiente, y que esta noche se servirá con banda completa en un ya repleto estadio Centenario.
Cantares del poeta "sanado"
Mucho se ha especulado con este cambio de Sabina. Que ahora ya no es el mismo de antes, que aburre, o que ha perdido el toque. Previsiblemente, sus incondicionales seguidores no verán esos problemas. Y quizás sea comprensible, porque esa es justamente la condición de un cambio: la oscilación, la irregularidad. Y las canciones de "Vinagre y rosas" son justamente eso: un testimonio del cambio y la apertura quizás de un nuevo camino de destino incierto. La primer muestra de esa irregularidad asalta justamente al comenzar el disco, con "Tiramisú de limón", donde un bien pensado estribillo de estadio (quizás lo más logrado de la canción) navega entre lugares comunes de (demasiado) previsible efecto pseudo poético y envejecidos clisés roqueros. Pero la paciencia tiene una rápida recompensa con "Viudita de Clicquot", en la que el creador maduro encuentra una muy buena solución musical, que no sacrifica la profundidad en pro del facilísimo pop, y le aporta intensidad a un texto de también lograda factura. Con un juego más aireado e inclinado al folk-rock, llega otro pequeño hallazgo: "Parte meteorológico". La oscura "Agua pasada" también se alista en la lista de logros, por ese oficioso tratamiento de la nostalgia, al igual que la muy respetuosa "Violetas para Violeta", dedicada a la notable Violeta Parra.