Era muy aguardado este último concierto del ciclo de abono 2005 del Centro Cultural de Música. Los ingredientes permitían presagiar un espectáculo de trascendencia: una orquesta de gran prestigio e historia, un director con notoria carrera internacional y un programa atractivo y ordenado de forma poco común. En cierta forma, pero no enteramente, estas expectativas se colmaron mas algo quedó en el debe.
Principio quieren las cosas y el principio fue parte del desencanto. Cuando la Filarmónica encaró la Sinfonía No. 3 en Fa mayor, Op. 90 de Brahms, tras la breve y provocadora introducción, pronto se vio que esta versión carecería de la dramaticidad, solidez y profundidad que la partitura demandaba. En su lugar apareció algo leve, amable y de irreprochable prolijidad, atributos que en otro lugar hubieran resultado un elogio.
Pero esta sinfonía tiene un peso específico que obliga a jugarse por ella, no en vano por la vigorosa teatralidad que exhala se la denominó como la "Heroica" de Brahms.
Sería injusto no reconocer la calidad de la Filarmónica de Dresden, técnicamente impecable, donde es imposible encontrar ajustes y desafinaciones. Pero tan noble instrumento, debía en este caso ser empleado a fondo para alcanzar la plenitud sonora y esa profundidad de contenido que hacen de Brahms un compositor único. En honor a la verdad, esas características aparecieron en algunos momentos, pero tan aislados que jamás hubieran podido gravitar en el resultado final. El caso más visible de esta disfunción, fue la elección por parte de Frühbeck de Burgos de un tiempo demasiado rápido para el tercer movimiento, lo que le restó importancia a esas tan características asimetrías rítmicas del principio que le dan ese carácter brahmsiano a la sinfonía.
SEGUNDA. La cosa mejoró un poco con el resto del programa. Surgió la característica más sobresaliente del famoso director español: es decir, su precisión y esa habilidad de concertador que ha trascendido principalmente en sus grabaciones. Con gran cuidado de los detalles logró una interpretación sin discusiones de Fontane di Roma, el habitualmente menos ejecutado de los tres poemas sinfónicos con que Respighi evocara a su ciudad. La maquinaria funcionó aceitadamente y la Filarmónica de Dresden demostró sentirse como pez en el agua con esta atractiva obra paradigma del modernismo a la italiana.
En el caso de Stravinsky algunos desajustes entre las líneas en especial por la disparidad de exigencias de la partitura para con los distintos solistas, conspiraron para que el resultado no fuera tan óptimo como en Respighi. La versión de El Pájaro de Fuego, sonó más a un impresionista por la acentuación de colores que Rafael Frühbeck de Burgos realizó, en especial en los números iniciales de la suite. Faltaron esas rispideces bárbaras, esas acentuaciones rítmicas que constituyen el nervio central de la estructura stravinskiana. Esa pulsión vital que convoca visiones infernales, esa casi demoníaca actitud, brillaron por su ausencia. En su lugar quedó sólo el propio atractivo de la partitura y nada más.