1. Se fue H.A.T. Calladito. Un día cualquiera. Sin pompa. Sin tragedia. Un gentleman.
2. Se fue H.A.T. Todos somos insustituibles. Pero algunos son más insustituibles. Dejan un vacío que desafía toda imaginación. ¿Quién tiene ese dato que nos regatea nuestra propia memoria? ¿Quién tiene ese juicio que enriquece, como al pasar, el solo dato frío? ¿Quién tiene la generosidad de pedir unos minutos, recurrir a su biblioteca, imprimir una página, caminar cinco cuadras y deslizarla por debajo de tu puerta? Uno abre la puerta y ya no está. Siempre jugó a ser un duende. ¿No era un duende? Durante quince años todos los miércoles me dejaba el suplemento que saldría dos días después. Nunca conseguí sorprenderlo. Me cuesta decirlo. Me parece estar transgrediendo su ley. Era un tierno que no soportaba la ternura de los otros.
3. Lo conocí en 18 de Julio, delante del Jockey Club, mejor dicho: frente al Cine Colonial. Se me puso delante, algo más flaco y algo más bajo que yo, que era casi tan flaco y casi tan bajo, pero no tenía todo aquel pelo negro, entonces hirsuto, en los bigotes, en las cejas (que luego las canas dulcificaron), en el casco. Tendríamos muy poco más de veinte años. Y en común: el cine. Desde entonces no dejamos de encontrarnos. Siempre en los cines. Ya aquel primer día le encontré algo familiar. Claro: chaplinesco.
4. Pienso (ahora) que su admiración, su obsesión chaplinesca, se le había inyectado en su naturaleza, en su motoricidad, en su capacidad de enamorar a las mujeres. Nadie pudo entenderlo. Y algunos no pudieron perdonarlo. Pero es un hecho que entre los integrantes de la generación del 45, que era la nuestra, H.A.T. tenía las novias más lindas y más codiciadas en sus tiempos de soltería.
5. Paso al presente, mejor dicho al ayer. Hace unos pocos meses conté en una columna, con mayor minucia, un episodio de la historia de El País, setiembre de 1953, que involucra al Viejo Scheck, a su hijo Cochile, a mí mismo. Y también a H.A.T. Yo decidí irme dos años a Italia, con una beca de la Embajada, y dejaba muy renga la crítica de la página. Cochile quería retenerme, el padre miraba desde lejos, con sus maravillosos ojos de águila. Yo jugué mi carta: propuse a H.A.T. de reemplazante. Cochile: "¿El de Marcha? ¿Ese comunista?" Yo alegué la verdad: H.A.T. era, técnicamente, un liberal. En algún momento Scheck padre se incorporó al debate. Terminé por darles el teléfono de H.A.T. A la vuelta de Europa, encontré la página de Espectáculos configurada (por H.A.T., claro), El País en plena transformación gráfica, y H.A.T. convertido en el niño mimado del diario, intactos su liberalismo y su antimacarthismo.
Aparentemente yo no le había contado nunca al propio H.A.T. aquella primera entrevista con los Scheck. Porque me llamó y me dijo: "nunca supe que me habían catalogado de comunista". "¿Nunca te lo conté?" Me parecía extrañísimo que por lo menos a la vuelta de mi viaje y en la subsiguiente colaboración de varios años, nunca hubiera hecho mención a eso. Pero era la palabra de H.A.T. "No", dijo. Y yo acepté. Cuando cortamos, me quedé con una impresión incómoda. Soy naturalmente susceptible y en la afirmación de H.A.T. podía insinuarse una sospecha de que mi historia no fuera verdadera, los dos Scheck habían muerto y Eugenio Hintz, el único amigo común que podía confirmar la historia, porque era lógico que lo hubieran consultado antes de llamar a aquel teléfono que hoy sigue siendo el mismo, también había desaparecido. H.A.T. es la persona con que menos hubiera querido tener un malentendido de ese género. ¿Tendremos tiempo de aclararlo?