Ayer por la mañana falleció el escritor y periodista Gustavo Escanlar, luego de haber sido internado el miércoles después de un paro cardiorrespiratorio del que quedó en estado de coma. Tenía 48 años y había cobrado cierta dimensión en los medios de prensa por sus escritos y sus dichos provocadores hasta lo revulsivo.
También crítico literario, actor de teatro y cine sin demasiada formación ni proyección, y conductor televisivo, había publicado sus primeros libros a fines de los años `80 y principios de los `90, figurando entre ellos Oda al niño prostituto, de 1993. Quizá de aquella primera época, su labor más destacada fue como organizador de Arte en la lona, una especie de festival de diversas artes (literatura, teatro, performances) que reunió en el viejo club de box Palermo a buena parte del movimiento alternativo de la apertura política.
Como periodista, trabajó en medios tan distintos como Aquí, Cuadernos de Marcha, Relaciones, Lea, El Día, Punto y Aparte y El País. En los últimos años también había cobrado mayor popularidad a través de la televisión, en particular por los programas Zona Urbana y Bendita TV. En ellos mostraba su faceta de tipo implacable, siempre con limitada cuota de teatralidad.
En el tramo final de su trayectoria había formado una familia, a la vez que se había ido y vuelto varias veces del Semanario Búsqueda, donde fue columnista, periodista y editor de las páginas culturales. Sus opiniones, urticantes, muy controvertidas, muchas veces infundadas -y también el ser acusado de plagio-, hicieron de él un nombre muy polémico.
Claro que él mismo se encargó de alimentar esa polémica, incluso asumiendo que cometía plagio, y jactándose de ello, en un juego que mezclaba verdad y mentira, o que exageraba la verdad para relativizarla. Así, Escanlar le imprimió al periodismo uruguayo un estilo irreverente hasta la ofensa más frontal, que muchos tomaron como una forma de honestidad y franqueza, y otros lo midieron desde un lugar menos elogioso, como una forma más vinculada al sensacionalismo. Su actitud iconoclasta, avalada a veces por ciertos conocimientos humanísticos, hicieron de él una mosca blanca del periodismo local.