El traslado desde el teatro al cine no siempre funciona debidamente

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UN DIOS SALVAJE

Ficha

Francia/Alemania/Polonia/España 2011. Título original: Carnage. Dirección: Roman Polanski. Guión: Yasmina Reza, Roman Polanski, sobre pieza teatral de la primera. Fotografía: Pawel Edelman. Música: Alexander Desoplat. Producción: Said Ben Said. Intérpretes: Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz, John C. Reilly.

París ya no es la capital cultural del mundo como en la primera mitad del siglo XX, pero sigue siendo una gran rampa de lanzamiento para las manifestaciones artísticas que produce. Uno de esos misiles se llama Yasmina Reza, actriz, novelista y sobre todo autora teatral, nacida en 1959, de origen iraní y ruso, que ha escrito comedias como Arte, El hombre inesperado o Un dios salvaje. Su fama internacional y la circulación de sus obras son mucho mayores que el interés de esos textos, lo cual ocurre por la alarmante escasez de dramaturgos valiosos que aflige al teatro de hoy. Por eso Reza se ha convertido en un fenómeno del mercado escénico, manejando astutamente ciertos temas de actualidad (desde la plástica de vanguardia hasta la violencia infantil) y envolviéndolos con algunas dosis de humor y otras de acidez, una receta que le ha dado éxito, premios y otros buenos dividendos.

Esta película adapta su pieza sobre dos matrimonios maduros reunidos en casa de uno de ellos para tratar el conflicto provocado por los hijos de ambos. Esos niños de 11 años se trenzaron a golpes y ahora el cuarteto de progenitores intenta solucionar el problema. Lo que hace en cambio es demostrar que los adultos también pueden perder la compostura, porque un encuentro que comienza con disculpas y gentilezas cae luego hasta el insulto y la agresión. Ello revela lo frágil que es el comportamiento civilizado, por debajo del cual asoman fácilmente los brotes de una ferocidad más primitiva.

El resultado parece un Edward Albee de segunda mano, donde la ironía del planteo (los padres intentan remediar la violencia de sus hijos pero terminan imitándola) se disuelve en un desarrollo previsible, unos personajes cercanos al estereotipo, unos diálogos poco ingeniosos y un clima de crispación algo forzado. Hay más artificio que sensación de realidad en ese material, más vuelcos decretados por la autora que surgidos naturalmente de las situaciones, y unos personajes de reacciones improbables (varios gritos, un vómito) dado su nivel y la profesión que desempeñan. Lo que sucede entre ellos es poco creíble, aunque quiere ser siempre ocurrente.

Esa dificultad se acentúa porque la obra original fue escrita en francés y su traslado al inglés y a un ambiente neoyorquino empeora las cosas, haciendo menos verosímil el empleo de ciertos desplantes verbales y ciertas explosiones temperamentales, que ignoran la reserva con que suelen comportarse los anglosajones bien educados. Pero esa hibridez sufre todavía la otra contrariedad del trasplante del teatro al cine, un pasaje donde se pierde la atmósfera cerrada del torneo que allí se entabla, que puede beneficiarse con los límites fijos de un escenario pero se diluye con los movimientos de cámara y los desplazamientos de la acción por varios ambientes.

El resultado es menos sugerente de lo que supone Reza, menos salvaje de lo que promete el título, menos inteligente de lo que pretende el texto y más incómodo para el trabajo del equipo de primer orden que tiene la película, porque esa gente parece descolocada ante el compromiso que asume. La mayor perplejidad es la de Roman Polanski, que ha sido un formidable realizador durante cinco décadas de carrera y aquí no sabe qué hacer con el asunto, quedando inesperadamente desvalido, sin resolverse a oprimir el pedal de la crueldad, el de las notas de amargo humorismo, el de los bordes de ridículo que se insinuaban en el cuadro, ni el de los indicios de descomposición que contenía el trecho final. Eso también afecta a un elenco de talentos donde están bastante neutralizados Jodie Foster, Kate Winslet, John C.Reilly y el austríaco Christoph Waltz, un grupo cuyo calibre nadie pone en duda. Se habría necesitado a un Buñuel o un Marco Ferreri para clavar el diente en ese material y extraerle algo más que una broma sobre los abusos del teléfono celular.

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