GUILLERMO ZAPIOLA
Varios films en rodaje cuyas temáticas abarcan desde la vida de Alejandro Magno a la Guerra de Secesión y la batalla de El Alamo han vuelto a poner de moda en los Estados Unidos el término "kolossal", aplicado en Hollywood a un cine espectacular, habitualmente de época, con profusión de decorados, vestuario, miles de extras, movimiento de masas y escenas de batalla, y generalmente aplicado a la recreación de un personaje, tema o período de cierta relevancia histórica. Es más incorrecta la expresión popular "película de romanos", porque la acción de un "kolossal" podía (puede) transcurrir indistintamente en las antiguas Roma, Grecia, Egipto o Israel, o incluso en la Edad Media y más acá: Cleopatra de Joseph L. Mankiewicz es sin duda un "kolossal", pero también lo es Lo que el viento se llevó, un film "épico" que transcurre en el siglo XIX y en el que, excepcionalmente, no hay ninguna escena de batalla, o Lawrence de Arabia, cuya acción se ubica durante la segunda década del XX.
El género es de hecho casi tan viejo como el propio cine: fue, junto con el drama pasional protagonizado por pérfidas mujeres fatales, una de las dos modalidades favoritas de la industria cinematográfica italiana anterior a la Primera Guerra Mundial, y se afirmó luego largamente en Hollywood cuando el cine norteamericano copó los mercados mundiales.
Se comprende: las grandezas del Imperio Romano (o sus ruinas) estaban a mano, y ese pasado histórico constituía realmente el pasado de los habitantes del propio país, habilitando además una amplia dimensión de espectáculo. El ejemplo más notorio del género fue seguramente Cabiria (1913) de Giovanni Pastrone, que se arropó en los entonces apreciados prestigios literarios del poeta Gabriele D’Annunzio. El cine buscaba la respetabilidad, y la historia y la Biblia proporcionaban buenas coartadas.
El modelo italiano inspiraría al norteamericano Griffith los episodios de época de su colosal Intolerancia (1916) y tendría una larga descendencia en el cine de Cecil B. DeMille, quien hizo en 1923 su primera versión de Los diez mandamientos, se aplicó luego a narrar la vida de Jesús (El rey de reyes, 1927), y recorrió otros períodos de la historia en El signo de la cruz (1932), Cleopatra (1934), Las cruzadas (1935) y Sansón y Dalila (1947) antes de reincidir con Los diez mandamientos en 1956. En 1926 Fred Niblo había dirigido una espectacular Ben-Hur protagonizada por Ramón Novarro: la novela de Wallace sería filmada nuevamente por William Wyler tres décadas después.
RENACIMIENTO. El género renació sin casualidad a comienzos de los años cincuenta, y hay por lo menos un par de razones que lo explican. La más obvia tiene que ver con la propia concepción del cine como industria y espectáculo: Hollywood tenía que competir con la expansión de la televisión, y se lanzó a proporcionar el gran espectáculo en color, pantalla ancha y varias bandas de sonido estereofónico que el nuevo medio no era capaz de ofrecer.
La segunda razón proviene de la sociología. Una franja importante de ese cine constituyó lo que puede denominarse "épica religiosa": la evocación de la expansión de la Iglesia primitiva en Quo Vadis? (1950) de Mervyn LeRoy, El manto sagrado (1953) de Henry Koster o El cáliz de plata (1954) de Victor Saville, el retroceso hasta las raíces mismas de la fe monoteísta en Los diez mandamientos, otra vez la vida de Jesús (El rey de reyes, 1961, de Nicholas Ray; La más grande historia jamás contada, 1963, de George Stevens) o al menos su época (El pescador de Galilea, 1957, director Frank Borzage; Ben-Hur de Wyler, 1959; Barrabás, 1962, de Richard Fleischer). Toda historia es, en último término, historia contemporánea, y la visión del pasado está siempre teñida de las preocupaciones del presente: no es difícil entender ese cine, a nivel simbólico, como la expresión de una inquietud colectiva por la creciente secularización de la sociedad. Para quien no entendiera el mensaje, quedaban todavía los enojos de la divinidad del Antiguo Testamento, servidos por los efectos especiales de Salomón y la reina de Saba (1959, director King Vidor), Sodoma y Gomorra (1962, director Robert Aldrich) y hasta La Biblia (1965, del más escéptico John Huston).
Junto a esa épica religiosa hubo una variante "laica" no menos cargada de resonancias contemporáneas. Un film como Tierra de faraones (1954, director Howard Hawks) pudo incorporar los temas del profesionalismo y el trabajo en equipo característicos de su realizador; Alejandro el Magno (1956, director Robert Rossen) intentó discutir con cierto rigor sobre la ambición y el poder sin control; Espartaco (1961, director Stanley Kubrick) se inscribe sin esfuerzo en la agenda liberal de la lucha por los derechos civiles (cortesía del libretista Dalton Trumbo y el autor de la novela original Howard Fast), más alguna idea de "retorno a la tierra" aportada por su productor y protagonista, el sionista Kirk Douglas; La caída del Imperio Romano (1963, director Anthony Mann) pudo ser fácilmente entendida como una advertencia a Occidente: la descomposición interna de la sociedad favorecía el triunfo del enemigo exterior (los bárbaros, el comunismo). No hace falta llegar hasta el Jesús de Nazaret (1977) de Zeffirelli para encontrarse con un Judas que se comportaba como un intelectual de izquierda.
AHORA. En su versión norteamericana y cara, el género desapareció prácticamente a mediados de los años sesenta. Tuvo una modesta sobrevida en sus parientes pobres italianos (las aventuras mitológicas de Hércules y otros forzudos) y en sus posteriores primos hermanos del cine de ‘fantasía heroica" o "espada y brujería" (Conan y amigos). Pero hubo que esperar hasta el fin del siglo y del milenio para que la industria se decidiera a resucitar el género con los criterios de gran espectáculo cultivados hace cuarenta años, más la novedad de la tecnología digital de última generación. El primer ejemplo "moderno" ha sido sin duda Gladiador de Ridley Scott, y el más interesante la trilogía de El señor de los anillos de Peter Jackson, de la que ya se han conocido dos capítulos.
Pero Hollywood no se detiene. Actualmente hay en producción o post-producción siete films a los que corresponde aplicar el término, y cuyos temas abarcan desde el sitio de Troya a la vida de Alejandro Magno, la Guerra de Secesión y la batalla de El Alamo. El estreno más cercano parece ser Cold Mountain, dirigida por Antony Minghella e interpretada por Nicole Kidman, Jude Law y Renee Zellweger, historia de un soldado estadounidense que se alza de su lecho de muerte durante la guerra civil para volver al lado de su novia. El film ya ha dado que hablar por razones extracinematográficas: al parecer el rodaje dio lugar a un romance entre Kidman y Law que ha hecho las delicias de la prensa del corazón.
Quizás para estar cerca del tema de la Guerra Civil, entre tanto, el "ex" de Kidman, Tom Cruise, acaba de rodar en Japón El último samurai, donde interpreta a un veterano de esa lucha que viaja a Oriente como representante de la empresa Winchester. El film, que se estrenará en diciembre, ha sido dirigido por Edward Zwick, cuya filmografía incluye la epopeya de la Guerra de Secesión Tiempos de gloria.
Poco después llegará The Alamo, evocación de la famosa batalla que enfrentó en 1836 a los texanos rebeldes contra las tropas del dictador mexicano Santa Anna. El elenco incluye a Dennis Quaid, Billy Bob Thornton, Jason Patric, el mexicano Emilio Echevarría y el español Jordi Molla, y está dirigido por John Lee Hancock, quien al mismo tiempo escribió King Arthur, otro film de época cuyo rodaje acaba de comenzar en Irlanda bajo la dirección de Antoine Fuqua, con Clive Owen en el papel protagónico.
Entre tanto, en Malta y otras locaciones se filma desde hace varios meses Troya, una recreación de la legendaria guerra contada por Homero con elenco multiestelar: Brad Pitt como Aquiles, Eric Bana (el reciente Hulk) en el papel de Héctor, y Orlando Bloom y Sean Beam, los Legolas y Boromir de El Señor de los Anillos, como Paris y Ulises.
Finalmente, hay dos proyectos relacionados con la figura de Alejandro Magno. Uno de ellos será dirigido por Oliver Stone e interpretado por Colin Farrell, y el otro, producido por Martin Scorsese y Dino de Laurentiis, tendrá como protagonista a Leonardo di Caprio (y a Mel Gibson en el papel de Filipo) bajo la dirección del australiano Baz Luhrman.
Empeño deautenticidad
La nueva versión de El Alamo rodada por el texano John Lee Hancock a pocos kilómetros del verdadero lugar de los hechos pretende ofrecer "una visión más realista de la historia" que otros films previos sobre el tema, incluyendo la famosa de John Wayne.
"Estamos haciendo algo de historia", ha dicho por su parte a la prensa el actor Billy Bob Thornton al aludir tanto al momento histórico como al revisionismo que se esconde según él en el guión. Thornton encarna uno de los papeles más populares, el de David Crockett, congresista y pionero explorador estadounidense que vivió para hacer realidad su leyenda como aventurero contra los indios y cuya muerte en El Alamo aumentó su estatus heroico. De hecho, Crockett no murió en batalla, sino que fue uno de los seis combatientes fusilados luego de terminado el combate, aunque nadie en la producción quiere especificar cuál será el tipo de muerte que tendrá esta vez Crockett, que unos consideran un héroe y otros un cobarde.