MIGUEL CARBAJAL
Concepción Silva Belinzon, la hermana opaca de Clara Silva, era un personaje entrañable. Llevaba lo mejor que podía la carga de tener una hermana famosa, literariamente más valiosa que ella, vinculada al establishment intelectual, y encima de todo, casada con Alberto Zum Felde, un figurón de las letras uruguayas que alcanzó niveles de influencia irrepetibles en la escena nacional.
Con esa hermanita, ese cuñado y una familia entroncada con los militares que integraron la gesta patriótica, Concepción era una hoja en la tormenta. Escribía unos sonetos preciosos, menos procaces y frutales que los que después hicieron la fama de Marosa Di Giorgio pero igual de inquietantes. Era una solterona de modales versallescos que vivía rodeada de gatos y de falsas ilusiones. Sacaba unas detrás de otras ediciones que pagaba de su bolsillo y hacía circular en los medios culturales y los órganos de prensa; a los que acompañaba con dedicatorias demasiado halagüeñas y llenas de versos ejecutados a mano con el preciosismo de un orfebre, que se desparramaban por las tapas, las contratapas y las propias páginas del libro cuando se le terminaban los espacios en blanco.
Parecía inventada por Tennessee Williams, moviéndose en el filo mismo de la razón. Cada una de sus publicaciones era precedida por dos actos rituales. El primer ejemplar se lo dedicaba a la Biblioteca Nacional, depositaria por ley de todos los textos producidos en el país para su supuesta custodia. Al segundo ejemplar le dedicaba más tiempo. En uno de sus tours promocionales había conocido a una sueca que se enamoró de un uruguayo y se instaló con él en Santa Lucía. Con su insistencia y su encanto (que también lo tenía) había logrado que su amiga le tradujera al sueco esos libros tan delgados como folletos en donde atesoraba sonetos de corte surrealista facetados como piedras preciosas. Esa misma amiga le traducía la dedicatoria y le escribía los sobres de papel manila con la dirección de una de las oficinas de Estocolmo donde se recibía material literario de todo el mundo. Y de los que sólo se leían, de seguro, los recomendados.
¿Alguna vez algún sueco habrá leído los libros anuales de Concepción? Ella apostaba a lo positivo y cuando hacía llegar su currículum agregaba con letras de imprenta bien grandes: postulante al Premio Nobel. La leyeran o no, su nombre y su dirección figuraba en los archivos y todos los años le enviaban el acuse de recibo de sus libros. Los sobres con el sello de la Academia Sueca se exhibían en una vitrina de la casona hedionda de almizcle y turbia de remolinos de pelos de gato que harían pasar vergüenza a las vilipendiadas pelusas de los plátanos cuando llega la primavera. Si se cultiva la fantasía no se necesita la realidad de un Nobel.