El loco Charlot, está de remate

El 16 de abril de 1989, "El País de los Domingos" publicaba una gran nota titulada: "Para júbilo de la humanidad, hace hoy un siglo nacía en Londres Charlie Chaplin".

Ayer, pues, se cumplieron 123 años del primer suspiro del bufo cinematográfico más famoso de todos los tiempos. Es poco entonces, poquísimo, lo que pueda expresar esta nota como agradecimiento del autor, a quien le adeuda buena parte de una infancia feliz. Todas sus diabluras, sus acrobacias, sus gestos, se incorporaron a los juegos de la niñez: así fuimos vagabundos, camarero o conserje de un banco, navegante y marino, bombero y policía, cantante de ópera caricaturizando a una estrella del género, minúsculo campeón de box capaz de vencer por knock-out al matón del barrio... También supo despertarnos el amor por los perros callejeros, mirando al suyo... y asimismo por los "pibes" desvalidos que encontraban en su personaje un refugio y que tan excelentemente interpretaba Jackie Coogan. En esas escenas conmovedoras muchas veces nos mezcló, entre tantas carcajadas, una aislada lágrima de adhesión hacia aquellos fieles acompañantes.

Mientras crecíamos rumbo a la adolescencia, Chaplin no se nos despegó, divirtiéndonos con sus abanicos de cómico consagrado, que abría ya en filmes de más de un rollo donde asomaban valores agregados que aparecían como novedades destinadas a las reflexiones del público: y llegados nosotros a la madurez, lo disfrutamos todavía en las bufonadas, alternando éstas con alusiones a los excesos de la vida moderna -que en tantos aspectos condena al hombre más que satisfacerlo- atenaceándolo a sistemas durísimos de dependencia de los poderosos.

En estos brevísimos apuntes recordatorios, no cabe juzgar matices contradictorios de una personalidad que, sin la mínima compasión, le endilgan varios de quienes escribieron su biografía, presentándolo como un individuo de desordenada vida privada que en nada armoniza con los mensajes de amor y paz que emite en casi toda su generosa producción.

Hace pocos días fueron rematados en Beverly Hills, la elegante zona residencial del deslumbrante Hollywood, algunos de los adminículos que particularizaron a su indumentaria actoral. Junto con los zapatones y la corbata permanentemente zafándole al cuello, el sombrero hongo y el bastón de caña -aparte del bigotito, claro, siempre cómplice de sus mohines- compusieron el "vestuario artístico" con que rió todo el mundo por varios años: el sombrero, subastado en 58.000 dólares y el bastón en 42.000. En total, 100.000 dólares. No hace muchos días, en la casa Christie` de Nueva York, la ropa y las joyas de "Liz" Taylor superaron los 150 millones de dólares en varias jornadas de martillo.

Así es la vida... y el más allá de la vida.

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