El lento adiós de las estrellas

| Ganadores del Oscar con carreras muy importantes desplazados por el tiempo y la moda

J.A.

En la cartelera cinematográfica montevideana, los espectadores atentos observarán el sitio lateral que ocupan algunas personalidades veteranas, que han tenido gran carrera y gran fama pero sufren ese deslizamiento que a menudo impone el paso del tiempo para quienes siguen en la pantalla pero ya no tienen la lozanía de sus años mozos. Un caso al respecto es Anjelica Huston, curiosamente convertida en personaje episódico de El hombre de Campos Elíseos, donde interpreta durante cinco minutos a una señora rica que le paga mensualmente a Mick Jagger (¡Mick Jagger!) para que le sirva de escolta y algo más, modernizando el vínculo que las millonarias del siglo pasado mantenían con sus gigolós. Quien recuerde a Huston en el apogeo de su carrera (en Desde ahora y para siempre, por ejemplo, dirigida por su padre) sabrá lamentar que por ahora dedique sus afanes a esos papelitos efímeros.

Una suerte similar corre Anthony Hopkins en Alexander, larga epopeya donde se habla demasiado y donde el venerable actor galés hace del viejo Ptolomeo, que desde las primeras escenas relata la vida de Alejandro Magno, con la que tuvo algo que ver. A lo largo del film, Hopkins reaparece pocas veces pero la banda sonora utiliza con más extensión su espléndida voz y su dicción británica, quizá para prestar categoría a la costosa aventura. Esos pocos trechos en que el actor asoma, pueden ser uno de los buenos negocios de ciertos talentos crepusculares (como Marlon Brando en Superman o Alec Guinness en La guerra de las galaxias) porque les pide pocos días de rodaje a cambio de suculentas remuneraciones, alternativa tentadora cuando Lo que queda del día o El silencio de los inocentes han quedado bastante atrás.

Otro caso similar es el del italiano Massimo Girotti en La ventana de enfrente, un relato encantador donde interpreta a un anciano que ha perdido la memoria y vaga por calles romanas a la deriva. Los sectores más curtidos del público sabrán recordar al Girotti juvenil en etapas iniciales de su carrera en cine (Obsesión de Visconti, Fabiola de Blasetti) y aún su madurez posterior (Pasión prohibida de Antonioni, Senso de Visconti), aunque también un período ya tardío donde mantuvo su presencia en grandes películas dirigidas por celebridades (Teorema de Pasolini). Ahora llega esta aparición casi póstuma —el actor murió poco después de filmar La ventana— para demostrar la extensión kilométrica de ciertas carreras y de paso despertar la memoria de quienes vieron a este Girotti octogenario, para compararlo en el túnel del tiempo con el galán de aquel pasado remoto.

Un caso más en esa lista de veteranos que sobreviven dentro del cine industrial, aunque al costado de colegas más jóvenes, es el de Jon Voight, actor fuera de serie que también tuvo su período culminante y ahora recorre el declive de los años, que le exige conformarse con papeles chicos a la sombra de quienes encabezan el cartel. Eso le sucede en El embajador del miedo y también en La leyenda del tesoro perdido: en un caso tiene por delante a Denzel Washington y en el otro a Nicolas Cage, pero Voight siempre se hace notar por su imagen, su sensibilidad y su aplomo. Gente vieja como él, que va al cine desde hace décadas, recordará a Voight en su papel callejero de Perdidos en la noche, en su trabajo ganador del Oscar para Regreso sin gloria o en su notable personaje de víctima en La violencia está en nosotros y aún en el boxeador de El campeón, para confrontar esa etapa con otras más recientes donde ya ajado tuvo que asomar en Anaconda o en Misión imposible. Todo tiempo pasado fue mejor.

Al margen de sus altibajos profesionales, Voight ha mantenido en los últimos tiempos un conflicto bastante notorio con su hija Angelina Jolie, que se enojó con ese progenitor luego de que él formuló ciertas declaraciones en una entrevista televisada sobre aspectos privados de la vida y el temperamento de ella. Ahora Voight lamenta ese alejamiento familiar, pero en cambio celebra su profesión de actor: "Siempre es divertido —dice—desaparecer detrás de un personaje y transformarse por completo. Actuar es lo más divertido que he hecho en toda mi vida". No se divertía tanto en los difíciles comienzos de su trayectoria, hacia 1961, cuando consiguió un papelito en la versión teatral de La novicia rebelde y debió pasar algunos años sin pena ni gloria. Después, en el cine, las cosas marcharon mejor y ya en 1969 obtenía una candidatura al Oscar que alcanzaría a ganar nueve años después.

Claro que también en Hollywood puede haber entretelones problemáticos que el espectador no percibe cuando ve la película terminada. Dice Voight que casi nadie lo quería para el papel de soldado parapléjico que vuelve hecho pedazos de la guerra de Vietnam en Regreso sin gloria: en todo caso, los productores querían darle el papel que luego hizo Bruce Dern, y solamente Jane Fonda —que protagonizó la película— apostaba a él para el personaje más intenso que finalmente obtuvo. Y así se escribe la historia, dato doblemente curioso ahora que pasaron tantos años y Voight ya conserva menos cartel que su problemática hija, cuyo estrellato acaba de confirmarse con el inefable rendimiento que tiene como Olimpia en Alexander, donde está gloriosamente fuera de papel.

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