El invierno en nuestra historia

Rebar

A propósito de la conmemoración de un nuevo aniversario de la Declaratoria de la Independencia, vuelvo a preguntarme por qué los grandes hechos de nuestra historia ocurrieron invariablemente en invierno. ¿No había (otra interrogante que me formulo) una temporadita menos cruel, para evitar que los orientales expusieran su fervor patriótico al aire libre, transformando esos episodios en implacables festivales de la tos y el estornudo?...

Repasemos ligeramente lo que sucedía en otras latitudes, donde el calor dominaba el ambiente. El 4 de julio de 1776, aprovechando las bondades climáticas del estío, surgieron los Estados Unidos de América, en medio de un florido paisaje digno de Hollywood. En otro julio —el de 1789— los franceses escribieron la página gloriosa de su Revolución, arremetiendo contra la Bastilla en una agradable jornada del verano europeo, en que desplegaron un esfuerzo físico que impulsó la creación de excelentes perfumes que dieron fama a Francia.

Pero, aquí... en la Banda Oriental, las campanas llamando a la Libertad y a la Ley repicaron, siempre, entre temperaturas bajas y bajísimas. Veamos: en la segunda quincena de mayo de 1811 (otoño avanzado) Artigas y sus hombres signaron la epopeya de Las Piedras, soportando una sensación térmica que traspasaba al poncho mejor blindado. Y en la segunda quincena de abril de 1825, recibidos por un fresquete macho desembarcaron los 33 en la Agraciada: una locura, considerando que el ciclo playero se cierra, cuando mucho, a mediados de marzo.

Ese mismo año 25, en pleno agosto, el Padre Larrobla y sus seguidores se reunieron en la Piedra Alta —donde soplaba una ventisca de mil demonios— para declarar la independencia. Se comenta que al ingresar al rancho que nos muestran los grabados imaginados sobre el acontecimiento, el cura pidió —sin reparar en que aún no se habían inventado— unas estufitas, porque... "acá hace un pavoroso ofri". (A Larrobla le encantaba expresarse en lunfardo). Y agregó: "debimos hacer esto en enero, que el tiempo está más templadito".

Cinco años después, en julio de 1830, se juró la primera Constitución, en la Plaza Matriz, donde todos los vientos juegan a la mancha a mitad del invierno. El único que, en la oportunidad, pudo sacarse el frío, fue aquel muchacho que —de acuerdo a un famoso cuadro— se pasó corriendo a un perro durante la ceremonia. Quienes estaban presenciándola desde los balcones del Cabildo, fundaron ese día el Cuerpo de Durengues, alegremente petrificados.

Los únicos que actuaron con lógica aprovechando las franquicias del almanaque, fueron Viera y Benavídez, que el 28 de febrero de 1811 se adelantaron a Gardel-Razzano para entonar a dúo el Grito de Asencio, y se dieron un refrescante chapuzón en el legendario Arroyo.

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