EEl arribo de Xavier Cugat encontró al Carnaval uruguayo al final de su época de apoteosis y le marcó un límite claro. Lo suyo fue un caso especial de marketing. ¿Qué tenía ese catalán gordito y de inclinaciones cursis que lo resaltara tanto y lo volviera tan atractivo? Antes que nada una música pegadiza y con swing que circulaba a bordo de algunos films de Hollywood. Eso lo destacaba. Había intervenido en una película que se convirtió de inmediato en objeto de culto. Un culto masivo y con diezmo, como sucede en algunas de las nuevas iglesias que proliferan en el país. Y que no por casualidad han ocupado los viejos espacios de los cines.
"Escuela de Sirenas" batía récords en la audiencia uruguaya. Las adolescentes del momento, la había ido a ver 18, 19, 20 veces. Competían entre sus amigas. La ganadora era una especie de campeona de la popularidad. En ese entonces el cine norteamericano había logrado filtrarse como la última incorporación artística aunque todavía quedaban varios años de supremacía del cine europeo, de pronto para públicos mayores. O más intelectuales. ¿Qué ofrecía "Escuela de Sirenas" como elementos centrales? Una historia baladí, la gracia de Red Skelton, el "mix" de música latina y norteamericana con el "exótico" Xavier Cugat como eje, la sorprendente aparición de un acento chicano en figuras como Ricardo Montalbán. Resultó ser una gran mezcla que funcionaba, exportó al mundo la categoría de "teen ager" hasta ese entonces sólo un producto básico norteamericano, e hizo de Esther Williams una señora mimada por su Estudio. Tenía unas espaldas de estibador y la expresividad de un ombú, pero fotografiaba bien y resplandecía en los números acuáticos.
Xavier Cugat era casi un elemento de relleno en el film. Era tan movedizo, tan ruidoso, abultaba tanto que se volvió notorio. Un colega suyo, el pianista Liberace, ya había demostrado el poder asociativo de los accesorios. Liberace redoblaba su ambigüedad con el uso de tapados de piel de armiño. Cugat apostaba directamente al abuso de lo banal. Repetía en la vida real ciertas extravagancias que lo perfilaban en la pantalla. Usaba un bigote finiiito, como el de algunos galanes del cine mudo, estaba siempre acompañado por mujeres jóvenes y adoraba las menudencias caninas. Su compatriota Dalí le había enseñado algunos trucos publicitarios.
Los desplegó en un Montevideo con calles decoradas con ornamentaciones de luces de colores, bailes en el Solís y el Hotel Carrasco, corsos con papelitos, serpentinas y el olor inquietante pero a la vez provocativo de los pomos de éter, "asaltos" en las casas de familia, barrios acomodados por una invasión de tablados y la creencia infantil que se podía alcanzar cierto anonimato detrás de una careta o un antifaz.
Cugat desembarcó como para ganar una guerra. Traía camisas hawaianas, pantalones con campanas, sacos marineros, una cara de plástico, una flaca con buenas piernas colgada a su brazo y una especie de ratón con orejas parabólicas y ojos desorbitados que resultó ser una mercancía mexicana: los perros chihuahua. Los uruguayos supieron de entrada que era un barato toque de efecto pero se dejaron arrastrar por la frivolidad del consumismo. Después de todo habíamos salido de una guerra que nos dejó ricos. Cugat siguió su carrera internacional de segundo orden flanqueado cada vez por curvas más robustas. Abbe Lane terminó como la reina del cha cha cha en Italia. El chihuahua afincó en el país y hasta circuló en la casa de un futuro Presidente. Los uruguayos nos convertimos en pobres y el Carnaval dejó de ser entretenimiento para ser cultura. Así son los vaivenes.