GUILLERMO ZAPIOLA
Ha sido una de las sagas de acción más exitosas de los últimos años, al punto de que hay quien establece comparaciones con James Bond. Sin embargo, Jason Bourne es un personaje muy diferente, y su destino a largo plazo también puede serlo.
El próximo viernes se estrena El ultimátum Bourne, tercera entrega de la saga sobre el personaje, ex-mercenario al servicio de la CIA que ha tenido que convertirse en justiciero por cuenta propia, en parte para salvar su propia vida, en parte para vengar la desgraciada suerte de algún ser querido. El personaje protagónico está encarnado una vez más por Matt Damon, y actúan también Julia Stiles, David Stratharn y Scott Glenn.
Es posible que su propio creador, el fallecido novelista Robert Ludlum, no haya imaginado nunca que tendría tanto éxito. De hecho, cuando el prolífico escritor de "best sellers" de espionaje estaba escribiendo La identidad Bourne, primera de las aventuras del personaje que fue llevada al cine con el título castellano de Identidad desconocida (2002), seguramente pensó que estaba escribiendo simplemente "otra más".
De hecho, Ludlum no ha sido nunca otra cosa que una suerte de Dan Brown con mejor prosa y menos tosquedad psicológica: sus libros son ágiles, fáciles de leer, y estrictamente receta. Suele haber una conspiración internacional, un héroe que se ve involucrado en ella sin entender al principio qué está ocurriendo realmente, organizaciones de inteligencia que juegan sucio, y una permanente duda acerca de quiénes son los buenos y quiénes los malos. Si se lo piensa un poco, sus libros son una mezcla de James Bond (por su énfasis en la acción) con John Le Carré (por su visión desencantada del universo del espionaje), aunque sin la profundidad en el retrato de caracteres y la calidad de escritura del segundo (Fleming escribía casi tan mal como Brown, lo que implica un real esfuerzo).
BÚSQUEDAS. Hay un componente adicional, empero, que puede ayudar a entender el éxito comparativo de las aventuras de Bourne con respecto a varios de sus competidores: su verdadero carácter de saga, a través de la cual el personaje sufre transformaciones, le ocurren cosas que afectan su comportamiento, lo obligan a buscar dentro de sí mismo.
Recuérdese, sin ir más lejos, el comienzo de la serie: Identidad desconocida comenzaba con la amnesia del protagonista (Damon), quien literalmente no recordaba nada de su pasado y comenzaba de pronto a ser perseguido por asesinos a los que tardaba en identificar. De a poco, el personaje y el espectador averiguaban que Jason Bourne había sido un asesino al servicio de la CIA pero que alguien en las altas esferas había decidido que se estaba convirtiendo en una molestia y había que librarse de él. En su fuga a través de varios países debía apelar a sus mortíferas habilidades para salvarse y proteger a la inocente mujer (Franka Potente) que se había cruzado en su camino.
El segundo capítulo de la serie, La supremacía Bourne, era ya una venganza personal: pese a sus empeños por que lo dejaran en paz, los servicios de inteligencia llegaban hasta él y mataban a su mujer. En el intervalo, chispazos de recuerdos habían ido surgiendo en su memoria, y la percepción de que constituía una amenaza para el poder aumentaba. Era casi inevitable llegar a este Ultimátum Bourne en el que los recuerdos salen a plena luz y el personaje debe pelear una vez más por su vida y su futuro.
DIRECTOR. Una de las fortunas que ha tenido la serie de Bourne es que ha caído en manos de gente inteligente, que por ahora al menos se las está arreglando para evitar que el material sea estricta fórmula (Bond repite desde hace cuarenta años el esquema "seduzco a la chica y salvo al mundo", pese a ligeros matices en la reciente Casino Royale). En Identidad desconocida la dirección estaba a cargo del relativamente insignificante Doug Liman, un hombre más bien vinculado a la televisión que luego perpetró El señor y la señora Smith (2005), pero a partir de La supremacía Bourne (2004) comenzó a haber alguien en la silla del director: el británico Paul Greengrass, quien hiciera en Europa el "docudrama" sobre protestas irlandesas y represión de Domingo sangriento (2004), y aplicó un mismo criterio semidocumental a su reconstrucción de una de las tragedias del 11 de setiembre en Vuelo 93 (2006).
Una virtud adicional parece radicar en el hecho de que a Greengrass le gustan la buena literatura y el buen cine de espionaje: en un reciente reportaje menciona como antecedentes de su obra a cosas como El espía que volvió del frío o El topo de Le Carré, o las primeras novelas de Len Deighton con el agente Harry Palmer, aquella suerte de anti-Bond que en cine fuera encarnado tres veces por Michael Caine.
Gusto por individuos ambiguos
Matt Damon ha dicho que siente predilección por los personajes que no son lo que parecen. O viceversa. En "Los Infiltrados", de Martin Scorsese, fue un mafioso que se enrolaba en la policía del Estado de Massachusetts. En "El buen pastor", un inescrutable agente de la CIA que ponía el servicio a la patria por encima de su propia familia. En la saga de Jason Bourne es una máquina entrenada para matar que tarda en averiguar qué ha hecho de él lo que es.
Quienes conocen de cerca a Damon sostienen que su personalidad real es la de un "All American Boy", sencillo, educado, de buen carácter, mantiene una buena relación con su esposa, la argentina Luciana Bozán, y sus hijas, Alexia e Isabella. La revista Forbes afirma que es también la estrella más rentable de Hollywood, que por cada dólar que cobra genera unos ingresos de 29 dólares. Más que Tom Hanks o Tom Cruise.
Algunas de las últimas películas en las que ha participado, como "Syriana", "El buen pastor" o la propia Bourne, muestran el costado oscuro de la Administración estadounidense. El actor ha señalado que "Syriana" es una mirada bastante honesta al mundo en que vivimos y fue una película exhaustivamente documentada. "El buen pastor" es una historia épica sobre el nacimiento de la CIA y lo que Damon llama "lo que hicimos bien y lo que hicimos mal". En su opinión ofrece un punto de vista equilibrado, que no pretende decir que el Gobierno norteamericano hace las cosas mal todo el tiempo.
Con respecto a Bourne, a Damon lo atrae la dualidad del personaje, que por una parte siente el impulso de reaccionar de forma muy violenta pero al mismo tiempo experimenta culpa. Es alguien en guerra consigo mismo.