GUILLERMO ZAPIOLA
Las candidaturas al Oscar como mejor película, actor (Bill Murray), directora (Sofia Coppola) y guión avalan el estreno de Perdidos en Tokio, que también obtuvo algunos Globos de Oro (Murray como actor de comedia, Coppola como guionista) y llega hoy a carteleras montevideanas. Para mucho observador, incluyendo quienes la vieron en el reciente festival Un Cine de Punta, se trata de la definitiva consagración de Sofia Coppola como directora tras la interesante Vírgenes suicidas, un drama valioso que suele verse en cable, y lateralmente la confirmación del interés de la joven actriz Scarlett Johansson, quien comparte cartel con el veterano Murray. De más está decir, por otra parte, que más allá de que gane o no el Oscar (Sean Penn es el favorito, aunque nunca se sabe), debe ser la primera vez que Hollywood parece haberse tomado realmente en serio al actor Murray, uno de los talentos más subestimados del cine norteamericano.
Murray y Johansson interpretan a dos norteamericanos de visita en la capital japonesa. El primero es un comediante en decadencia que viene para rodar un comercial de una marca de ‘whisky’, mientras ella llega en compañía de su esposo (Giovanni Riblisi), un fotógrafo adicto al trabajo. Incapaces de conciliar el sueño tras el dilatado viaje en avión, ambos se largan a recorrer la ciudad, se hacen crecientemente amigos y viven una serie de aventuras con los habitantes del lugar, algunas jocosas, otras más dramáticas, que los empujaran a una revaloración de las posibilidades de la vida.
MURRAY. Una natural vis cómica ha construido en torno a Bill Murray uno de los más persistentes equívocos del cine industrial norteamericano de los últimos veinte o treinta años. Se trata de uno de esos tipos que resultan graciosos por el mero hecho de "estar": no parece esforzarse, y muy a menudo ni siquiera se le ha pedido que componga a un personaje. Alcanza con que aparezca en pantalla.
De ahí a considerarlo un intérprete menor hay un solo paso, y para desgracia de Murray ese paso ha sido dado con frecuencia. Una industria que sobreestima a otros comediantes (desde Robin Williams a Steve Martin o Jim Carrey) ha pasado por alto con demasiada frecuencia a Murray, lo ha encasillado en películas francamente menores (Los locos del golf, 1981, donde lo más divertido que había era justamente la guerra de Murray contra unos molestos topos) o en todo caso lo ha incorporado a empresas comerciales con cierto despliegue de producción (Los cazafantasmas, 1984 y su secuela de 1989)) o lo convirtió en un moderno Scrooge en Los fantasmas contraatacam (1988), que era por supuesto una actualización de Cuento de Navidad de Dickens.
Sin duda Murray no convenció demasiado en Al filo de la navaja (1984) de John Byrum, quizás porque el público esperaba chistes y no las "buenas ondas" de la novela de Somerset Maugham, pero que de todas formas era mediocre cine dramático independientemente de su actuación. En cambio pudo ser una sorpresa su rendimiento en Una mujer para dos (1992), un asunto de policías y mafiosos en el cual el director John McNaughton se atrevió a un interesante "anticasting" (Murray como jefe del hampa con ambiciones en el mundo del espectáculo, De Niro como policía tímido). Sin embargo, Murray volvería pronto a la comedia con uno de los mejores ejemplares del género en los años noventa (Hechizo del tiempo, 1993).
Más cerca se lo ha visto más serio, como por ejemplo en la interesante comedia dramática estudiantil Tres es multitud (1998, director Wes Anderson) y en el cuadro sobre artistas y libertad de expresión de Abajo el telón (1999) de Tim Robbins. Sin embargo, tendría que llegar Sofia Coppola para que Murray se convirtiera realmente en un centro de interés de crítica y público.
PREMIOS. El film no solamente cumplió un papel más que decoroso en la entrega de los Globos de Oro y en las candidaturas al Oscar. También la Asociación Nacional de Críticos de los Estados Unidos le otorgó a Sofia Coppola su premio por Logro Cinematográfico Extraordinario por su labor como productora, directora y guionista, y la Sociedad de Directores de Cine de Estados Unidos la eligió como mejor directora del año. Coppola, Murray y el film mismo han ganado también numerosos premios otorgados por las diversas asociaciones de la crítica norteamericana y canadiense.
Una joven directora que se afirma
El apellido es por supuesto famoso. Sofia Coppola es nieta del músico Carmine Coppola, hija del director Francis Ford Coppola, sobrina de la actriz Talia Shire, prima de Nicolas Cage. Toda una familia, realmente.
Inevitablemente, ha tenido que ver con el cine desde su más temprana niñez. No había cumplido un año cuando su padre la incorporó (aunque sin figurar en los créditos) en una escena de El padrino (1972), y poco después también apareció sin ser acreditada en El padrino 2 (1974). Tuvo en cambio créditos (con el seudónimo de Domino) y hasta diálogo en films posteriores de Francis como Los marginados (1983), La ley de la calle (1983), y Cotton Club (1984), y figuró con su propio nombre en los títulos de Peggy Sue, su pasado la espera (1986). También desempeñó papeles en algunas películas de otros directores (Frankenweenie, 1984; Anna, 1987; Star Wars Episodio I: La amenaza fantasma, 1999), libretó el capítulo dirigido por su padre del film colectivo Historias de Nueva York (1989), ha sido diseñadora de vestuario (de Historias de Nueva York y también de The Spirit of ’76, 1990), y más recientemente creó para televisión la serie Platinum (2003).
Quien haya visto empero su mediocre rendimiento en El padrino 3 (1990), donde debió reemplazar a último momento a Winona Ryder, pudo sospechar que la actuación no era realmente lo suyo. Ella parece haberlo entendido también así, orientándose hacia otras áreas de la creación cinematográfica. Libretó y dirigió el corto Lick the Star (1998) y de allí saltó al largo con Vírgenes suicidas (1999), un drama sobre una familia disfuncional que tiene realmente su interés. Con Perdidos en Tokio parecería estar llegando a una primera madurez.