REBAR
Cada día más, nos van recortando el derecho al asombro. No hay acontecimiento que nos pasme: debemos acostumbrarnos a todo, lo bueno y lo malo.
Hubo un tiempo en que la despedida de soltera solía consistir en un té en una confitería -organizado por familiares y amigas de la novia- en que nadie se animaba a hablar del temporal que se le venía preparando, por temor a ruborizarla y hasta de dejarla al borde del llanto histérico. Se hablaba del vestido nupcial, de la cola, del velo, del ramo de azahar, y excepcionalmente alguna de las asistentes se atrevía a preguntar por el ajuar íntimo. De "aquello"... ni una palabra.
El novio ausente, marcaba una presencia etérea y fragante, a través de un ramo de flores esforzadamente pagado al contado, que la homenajeada recibía con emoción.
En los últimos años, en ciertos ambientes muy sofisticados se cambió esa tierna escena con la introducción de un "stripper", una especie de Adonis de utiliería contratado por las amigotas de la novia para protagonizar una especie de "avant-premier" de la obra a estrenarse (¿a estrenarse?... bueno, digamos que sí).
Se trataba de una función reservada a una "platea" de treinta o cuarenta asistentes ansiosas que, en prueba de cariño a la festejada, le adelantaban algunas páginas del catálogo de bodas y le preguntaban que, en la noche del cambio de estado civil, debajo de la almohada podía encontrar de todo, menos un dientito de ratón.
Pero, una sexóloga argentina advirtió que los tales "strippers" empezaban con aburrir a las chicas, y que no estaba lejos el día en que una de ellas iba a saltar al escenario diciéndole al musculoso: "Escuchá, nene: eso se hace así, no como lo hacés vos"... seguido de una convincente demostración.
Y la sexóloga se instaló por cuenta e idea propia: fijó una tarifa módica para sus convincentes charlas -que oscila entre 200 y 400 pesos, en billetes que muestran a un San Martín horrorizado- y educa a las muchachas con un espectáculo preparado para nietas de la pavota (disfrazadas, claro, hasta con antifaz, para taparse algo), a fin de que puedan participar de los múltiples juegos didácticos titulados "La ronda de la sexualidad", "El camino del amor", y "El baile de las prostitutas".
El "merchandising" está sabiamente explotado: juguetes de poner y sacar que representarán verdaderas primicias para el futuro marido: lencería sexy para animar la luna de miel; ajuares eróticos, etc.
Este precalentamiento se practica con pleno conocimiento del novio que, generalmente, abona la cuota del curso sumamente complacido, porque (como asegura la profesora), las novias marchan hacia la boda, felices... tórridas, y listas para dar y recibir.
(Espero que ustedes puedan cerrar la boca, lo antes posible).