Crítica| Carlos Reyes
PARRAFO>Luego de una introducción sencilla y graciosa, Humorum uruguayensis arranca con una charla informal entre los actores más veteranos, que interrogados por la siempre alegre Laura Sánchez van contando sus primeros pasos en el mundo artístico, varias décadas atrás. Y al mejor estilo café concert, las anécdotas dejan caer comentarios políticos, en los que cobran parejo la derecha y la izquierda. Con el ambiente ya distendido, empieza de lleno este devenir de sketches realizado a imagen y semejanza del viejo humor de Decalegrón.
Cuatro telones de distintos tonos permiten trabajar con una caja escénica que aumenta o disminuye su profundidad según la ocasión. Esta modalidad, que compensa la escasa escenografía, deja prácticamente el escenario vacío, para que el espectador centre su atención en los actores, protagonistas absolutos del espectáculo. Son ellos, con procedimientos humorísticos simples que recurren mucho al absurdo, los que cargan sobre sus espaldas números de diverso calibre y muy variada extensión: unos mudos, otros individuales, y muchos en grupo, a veces con chistes intercalados.
Entre las más divertidas están las escenas mudas. La Samba del Maquillaje, sobre idea de Los Lobizones (apodo de los libretistas Jorge y Daniel Scheck, a quienes este espectáculo rinde homenaje), permite a Laura Sánchez exhibir su ágil gestualidad. Más gracioso aún es La Reina del Ritmo, donde la actriz baila al son de un par de pechos postizos que, aunque están dentro de su vestido, tienen vida independiente.
Menos sorpresa —principalmente para el público mayor— hay en otros tramos del show. La clásica escena del velorio se presta para hilvanar los consabidos chistes que se hacen en esas circunstancias. Un cuadro en manos de Eduardo D’Angelo resucita el humor del hombre del doblaje. Algo menos de interés tiene el monólogo que este intérprete le dedica al seguidor que lo ilumina entre lo oscuro de la escena. De todos modos, el público acompaña con su aplauso.
Otros sketches, algunos más apoyados en lo físico, vuelven a dinamizar el asunto. Con partes iguales de ingenuidad y absurdo, El Asalto juega con el reencuentro de dos viejos amigos que son a su vez ladrón y víctima. Cacho de la Cruz, más histriónico que D’Angelo y Frade, engancha al público (tocadiscos mediante) con un número de fonomímica, y vuelve a acertar con el clásico mago al que no le salen los trucos.
Así, alternando ideas más felices y otras menos, el espectáculo funciona sin grandes decaimientos y con algunos picos altos que realmente consiguen el propósito de recuperar antiguas recetas cómicas. Por supuesto, esto se logra dentro del rango de público que comulga con aquel humor sano, simple, superficial y muchas veces ingenioso. Pero también Humorum uruguayensis consigue despertar una gran cuota de nostalgia, que en algunos puntos del show puede superar los aspectos netamente humorísticos. Así lo vivió la platea el día del estreno (viernes 10), que interrumpió varias veces la función para saludar a los actores.
En definitiva, Laura Sánchez muestra una vez más sus condiciones para el humor, siendo la figura más fuerte del elenco. De la Cruz también colabora mucho con mantener el espectáculo en pie, dando gran apoyo a D’Angelo y especialmente a Frade. La participación de la joven Adriana Restano —en muy pocas escenas— suma una dosis de sensualidad, elemento indispensable para darle un toque revisteril a esta especie de programa de la vieja televisión en blanco y negro llevado a las tablas.