MATÍAS CASTRO
En las fotografías los fisiculturistas siempre están en el límite. Su piel parece casi inexistente y solo se ven las fibras de los músculos perfectamente marcadas, como si el o la deportista de la foto fuera una lección de anatomía ambulante. Cuando suben al escenario para las competencias están todavía más en el límite físico, con un grado de depuración que naturalmente un ser humano no llega a alcanzar, sin ni un gramo de grasa que impida al jurado ver como cada uno de sus músculos está perfectamente trabajados al milímetro. Y a veces ocurre que apenas bajan del escenario se desmayan.
Ese es el límite del cuerpo y se alcanza en una competencia que asombra pero que también es terriblemente exigente.
No es muy distinto de lo que le ocurrió a Rocío Guirao Díaz cuando se desmayó en plena competencia en ShowMatch este lunes. El caso de ella sonó tanto como el golpe de su cabeza contra el piso, especialmente porque el martes de tarde tuvo que ser internada de urgencia otra vez por una nueva "descompensación". Ese es un límite.
La perfección que vemos en televisión y en las revistas tiene mucho que ver con eso. Fijémonos en las fotografías de Luciana Salazar, por ejemplo, y veremos a una chica terriblemente flaca de brazos y hombros, pero increíblemente curvilínea en sus cuartos traseros y en su delantera. El trabajo del cuerpo cuando es hecho para mostrarse y lucrar puede llevar a esos extremos que se corresponden con una imagen de fantasía que busca vender (o ganar premios de plata en el caso de los fisiculturistas).
Por supuesto que hay otros factores en el asunto, pero de no haber un premio al final de la carrera es probable que la exigencia y la competencia no fueran las mismas. Lo del extremo al que se llegue con el cuerpo es una cuestión de estatus ante los demás y de autoestima ante uno. Lo que el resto del mundo ve es un cuerpo en un grado de rendimiento extremo al que no se llega sin pagar un precio.