GUILLERMO ZAPIOLA
Es la resurrección de un género. El cine musical norteamericano no había proporcionado en los últimos treinta años nada comparable a Chicago, película que se estrena "oficialmente" hoy en Montevideo, aunque ya se la estaba exhibiendo en algunas salas desde hace un par de semanas, de acuerdo a una política de "preestrenos" por lo menos pintoresca.
Hay que retroceder hasta Cabaret de Bob Fosse, que es de 1972, para encontrar un logro de este calibre: casi todo lo que se hizo después en la materia, desde la muy secundaria Annie de John Huston hasta la interesante pero en último término contradictoria (un fracaso distinguido, diríase) All That Jazz del propio Fosse, pareció en cambio la confirmación de una larga decadencia, en medio de la cual acaso corresponda rescatar apenas el Moulin Rouge del australiano Baz Luhrman, una propuesta diferente y sin duda polémica que por otra parte es solo parcialmente un film norteamericano.
El hecho de que el fallecido Fosse haya sido el responsable de la puesta original de Chicago en Broadway establece, en todo caso, el vínculo con una gran tradición (otros nombres acercan este film a Cabaret, además del de Fosse: también se repiten los del compositor John Kander y el letrista Fred Ebb, cuyas canciones tienen lo suyo). Pero el director Rob Marshall y su equipo han tenido en cuenta la historia del cine a la hora de no cometer algunos errores en los que esa tradición había incurrido con frecuencia.
ANTECEDENTES. Al acometer una pieza que había ganado una primera fama sobre el escenario no se han limitado a la ilustración teatral o casi que echó a perder muchos ejemplos del género en los años sesenta, desde South Pacific a Camelot, La estrella y Hello, Dolly. Al recibir un premio reciente, el director Marshall señaló que nunca podría haber hecho su film sin los antecedentes de Vincente Minnelli (Sinfonía de París, Brindis al amor) o Gene Kelly y Stanley Donen (Un día en Nueva York, Cantando en la lluvia, Siempre hay un día feliz). Es obvio que el hombre tiene claro quiénes han sido hasta ahora los mayores creadores del cine musical: no el teatral Joshua Logan, no el refinado Cukor de My Fair Lady (1964), que por cierto estaba muy bien, ni el Robert Wise de West Side Story, luego debidamente devaluado a partir de La novicia rebelde. Hay que volver a las fuentes: las producciones Metro de fines de los cuarenta y comienzos de los cincuenta: Kelly, Minelli, Donen.
También ha entendido que su trabajo no debía consistir únicamente en el registro del espectáculo teatral, sino en su reelaboración en términos cinematográficos. No solamente reinventó la coreografía para la pantalla, sino que pensó buena parte del film como el entrecruzamiento de la anécdota "realista" con su expresión cantada y bailada que se instala en un decorado estilizado y teatral, frente al cual la cámara nunca se comporta empero pasivamente. De esa manera, el film integra dos niveles de ficción: su crónica del Chicago de la era de la Prohibición, y los números musicales como proyección de la imaginación de su protagonista.
Como en los mejores ejemplos del género, la trama no es un pretexto para la música, las canciones y el baile sino que los integra: los números musicales no son un agregado a la historia, sino la manera de contarla, en un permanente juego dialéctico donde la sordidez del asunto es comentado (y sublimado) por el ‘glamour’ de la puesta en escena, dando lugar a varias capas de ironía. Algunos de esos recursos estaban por cierto en Cabaret, a propósito de un asunto por cierto mucho más sórdido que cualquier crónica roja de Chicago, Illinois.
historia. Se sabe que la historia es real. En el Chicago de los años veinte, en plena "era del jazz", la aspirante a estrella Roxie Hart (Renee Zellweger) asesina a un amante inescrupuloso. En la cárcel conocerá a Velma Kelly (Catherine Zeta-Jones), cantante que a su vez mató a su marido y su hermana al descubrirlos in fraganti. Ambas conseguirán la ayuda del abogado Billy Flynn (Richard Gere), una figura de picaresca capaz de conseguir un veredicto de inocencia para Adolfo Hitler.
No es la primera vez que el cine se ocupa de estas criminales de hace ocho décadas. El episodio dio lugar en 1926 a una obra teatral (The Brave Little Woman) y en 1927 se convirtió en una película que ya se llamó Chicago. Hollywood volvió sobre el tema en 1942 en La pícara Roxie (Roxie Hart, directos William A. Wellman, con Ginger Rogers). Tres décadas largas después, en 1975, luego de haber hecho Cabaret, Bob Fosse convirtió el asunto en una comedia musical que Broadway aplaudió durante años, con Gwen Verdon y Chita Rivera en los papeles principales. El éxito se prolongó a través de los escenarios del mundo, incluyendo versiones en Londres, Berlín, Moscú y Buenos Aires.
Es posible que el director Marshall haya sido la mejor elección actual posible para comandar la empresa. El hombre tiene antecedentes en el teatro musical, fue seis veces candidato a los premios Tony, hizo en televisión las coreografías de Annie y se ocupó en Nueva York de la reposición de Cabaret y del estreno de Victor-Victoria, entre otras exitosas puestas.
premios.El film ha venido cosechando premios desde su estreno, y ya tiene el Globo de Oro a mejor musical, el premio de los sindicatos norteamericanos de actores y directores, y trece candidaturas al Oscar, con reales posibilidades de llevarse varios. Para mucha gente, una de las más inesperadas (pero no menos merecidas) puede ser la de Catherine Zeta-Jones como mejor actriz secundaria: es probable que lo que esa galesa hermosa pero habitualmente insulsa hace en Chicago sea lo mejor que se le haya visto en cine, aunque conviene tener en cuenta que tiene antecedentes como bailarina y hasta hizo en el teatro británico una versión reciente del clásico musical La calle 42.
Es posible que, a nivel de elenco, Chicago constituya empero la consagración de Renée Zellweger, cuyos antecedentes incluían el drama Cosas que importan y la comedia El diario de Bridget Jones, pero que en el papel de Doña Nadie que sueña con ser estrella debe aquí cantar, bailar y hasta desplegar dosis de vulgaridad y cálculo que la actriz dosifica con real talento. Y cabe todavía una mención para Richard Gere, otro habitual insulso a quien alguien logró contagiarle esta vez una dosis de entusiasmo y de humor para la composición de inescrupuloso picapleitos que debe también cantar y bailar.
Pensando en el escenario
n Gran parte de la historia de Roxie Hart y sus fantasías del mundo del espectáculo se ubican en Chicago en el escenario imaginario: el Onyx Club. Para el diseñador de producción John Myhre fue un verdadero desafío crear un decorado original que funcionara como centro neurálgico de la película.
"Sabíamos que el Onyx iba a ser importante, puesto que es el escenario principal para todos los números musicales", señala Myrhe. "Rob (Marshall) tiene un conocimiento absolutamente fantástico de los teatros de Nueva York. Me mandó a un par de teatros y descubrí que muy pocos tenían las características arquitectónicas que nos gustaban a él y a mí. Se veían como ajustados, con palcos que sobrevolaban por encima del escenario. Rob me mostró el trabajo de un artista llamado REGINALD Marsh, quien hizo estas pinturas maravillosas de los teatros de Nueva York de la década del 30. Allí estaba todo. Cada nivel resultaba muy compacto y lleno de detalles".
Se buscó que el escenario fuera más vertical que horizontal, muy compacto, que reforzara una sensación de cierta promiscuidad, pero también tuvo que ser lo suficientemente amplio para acomodar a su ‘troupe’ de bailarines, pero también debía dejar espacio a los rieles, grúas y elevadores para las cámaras.