Jim Jarmusch habla de "Padre Madre Hermana Hermano", la película que se volvió éxito de taquilla en Uruguay

La nueva película del director independiente estadounidense y con la que ganó el León de Oro en Venecia lleva casi un mes en cartel y aquí se repasa la historia de un cineasta único

Jim Jarmusch recibió el León de Oro en Venecia por su nueva película.
Jim Jarmusch recibió el León de Oro en Venecia por su nueva película.
Foto: Tiziana FAbi / AFP.

Tommaso Koch, El País de Madrid

Cuando termina una película, Jim Jarmusch casi siempre se pone enfermo. El malestar varía, puede ser un resfriado, una gripe, o peor. Pero el fenómeno se repite desde hace años. En su filmografía, el cineasta tiende a plantear más preguntas que respuestas. Sobre su salud, en cambio, ha llegado a una conclusión clara: “Es jodidamente duro hacer una película. Y lo es por igual ya sea buena o mala. Requiere mucha resistencia y concentración. Si diriges y escribes, estás implicado en todos los detalles. La gente piensa: ‘Oh, es glamuroso. Tomás té con Cate Blanchett. No tienen ni idea”.

Habla por la veintena de largos que suma, a sus 72 años. Y también por las noches en blanco, los fallos de cámaras, los cambios de última hora. Así que ha empezado a entrenar, recurre al Tai-Chi. Y también a una cita, de su colega Werner Herzog: “Tienes que ser casi un atleta”. Uno, en su caso, hecho a sí mismo, sin entrenadores ni dopajes como un gran estudio detrás.

Aun así, hace poco subió a lo más alto del podio: Padre madre hermana hermano —que está hace varias semanas en cartel en Uruguay, al inusitado para una película de su clase— recibió el León de Oro en el festival de Venecia. Las primeras palabras de Jarmusch, desde el escenario, fueron: “Oh, mierda”. Puede atribuirse a la falta de costumbre, para un autor celebrado por su público, pero al que los Oscar jamás le han nominado siquiera.

Y eso que firmó obras como Paterson, Flores rotas, Ghost Dog: el camino del samurái, Noche en la tierra o Extraños en el paraíso. Aunque, en el fondo, el arranque de su discurso resumió a un director distinto, inconfundible, independiente en todos los sentidos. Un tipo que se confiesa enamorado de los filmes, la música, el arte, la complejidad humana y las contradicciones.

“Me encanta la forma del cine, veo una película cada día. Pero su mundillo, realmente, no me afecta”, tercia. Básicamente, se encuentra en las antípodas de Hollywood desde su nacimiento: en Coyahoga Falls, Ohio, casi al otro lado del mapa. Y aún más lejos se marchó el hijo de un empresario y una crítica de cine y teatro, hasta Nueva York y luego París, para descubrir si su pasión por espectáculos, conciertos, películas y contracultura podía convertirse en un trabajo. Demostró talento, y algo más: coherencia consigo mismo.

“Ser un cineasta independiente significa que elijo mis colaboradores, mi reparto, el montaje, el corte final. Si pones dinero en mi película no me dices cómo hacerla, seas quien seas. (Los ejecutivos] saben que soy muy cabezón, y si no cuento con estas condiciones, no trabajo. ‘Te financiamos, pero establecemos la versión definitiva’. No, gracias. No hago esto por dinero, si no me iría a Hollywood. Bueno, probablemente no me querrían. Amo el cine. Pero tengo que hacerlo a mi manera. O no lo hago”, reflexiona.

Conductores de taxis, soñadores, poetas o asesinos, ocupados casi siempre en los asuntos de cada día. “Amo la expresión humana y trato de abrazar su complejidad. La imaginación, de alguna forma, es mi religión”, agrega Jarmusch. Aún más universal, quizás, es el centro de Padre madre hermana hermano, una colección de tres pequeños relatos.

Padres, madres e hijos que no ven la hora de encontrarse, pero también de separarse al rato; horas que pasan demasiado lentas, hasta que aceleran y ya es tarde; gente que se conoce de siempre, pero a veces casi nada; abrazos, miradas, nostalgia, hartazgo, rencores, amor. El cineasta se mide con la mayor de las contradicciones: la familia.

padre, madre, hermana, hermano
Charlotte Rampling en "Padre, madre, hermana, hermano"

Jarmusch, además, sabe contarlo a través de pausas, sutileza, e ironía: “La verdad es que hay muchas cosas que no están en esta película: ni acción, ni drama, sexo, desnudez o violencia...”. Algunos silencios duran más que sus diálogos. El creador recuerda su visita a la tumba del maestro japonés Ozu, en Kamakura, cuya lápida solo tiene una palabra, 無 (mu): “Significa, de cierta manera, el espacio entre las cosas. A veces lo que no se dice cuenta incluso más, igual que las notas no tocadas”. Considera que el resultado final de Padre madre hermana hermano está muy cerca de lo que concibió al principio, también gracias a que se ha vuelto más flexible y capaz de modificar los planes sobre la marcha. Todo muy espontáneo.

“Todas mis películas tienen un estilo similar. La cinematografía incorpora lenguaje, música, paso del tiempo, color, composición, posición de la cámara, ritmo, actuación, escritura. Así que el estilo con el que lo presentas es la forma de entregarlo, me parece muy importante. Scorsese dijo una vez que define a un cineasta mucho más que el contenido de sus obras”, dice Jarmusch.

En su caso, dice que la clave reside en el montaje. Allí junta todo lo que ha filmado y empieza a darle forma: “Se parece a tomar un bloque de mármol de una cava para esculpir un caballo y darte cuenta de que en realidad es un antílope. O un burro. Es diferente, pero tienes que aceptarlo porque es lo que el material te está diciendo”. Lleva casi medio siglo haciéndolo, aunque afirma que sigue aprendiendo. Y que no está pendiente del pasado: “No analizo esas cosas ni miro atrás, o a mis viejos filmes. El más importante es el próximo”.

Parece que ya tiene ganas, y eso que al terminarlo se pondrá enfermo. Menuda contradicción.

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