Dile a los productores de allí que me llamen, que me encantaría poder trabajar en Uruguay”, dice a El País el más internacional de los actores venezolanos, Edgar Ramírez. “Me parece increíble que no haya ido nunca y la excusa perfecta sería ir a hacer una película”.
Ramírez es un talento y una cara conocida en el circuito mundial del cine y la televisión, y charla con El País por uno de sus proyectos más personales: Aún es de noche en Caracas, una crónica humanista y urgente sobre los años más oscuros del gobierno del hoy depuesto presidente venezolano, Nicolás Maduro.
La película -que se verá este martes en salas de Uruguay, como un evento especial y ya con funciones agotadas-, lo tiene como productor y promotor, y con una fugaz participación actoral que más que nada justifica su presencia estelar en los créditos y le da otro alcance al proyecto.
Dirigida por Mariana Rondón y Marité Ugás y basada en la novela La hija de la española, de Karina Sainz Borgo, Aún es de noche en Caracas es la crónica del colapso político, social y hasta moral de un país. Ambientada en 2017 en medio de apagones, escasez y manifestaciones de protestas reprimidas violentamente por brigadas parapoliciales y soldados del gobierno, muestra una desolación que va más allá de lo que uno cree saber de lo que pasó allí.
La historia se concentra en Adelaida (la colombiana con carrera en Hollywood, Natalia Reyes), quien después de enterrar a su madre queda aislada en un edificio tomado por una brigada autogestionada de mujeres amparadas por el régimen. Es testigo y víctima de la violencia desatada mientras busca la forma de salir de ahí. El encierro y la Caracas amenazante son reflejados simbólicamente como una angustiante tragedia personal. Las directoras consiguen transmitir esa sensación de agobio.
Ramírez -a quien se lo vio en éxitos globales como Emilia Pérez, Carlos o como Gianni Versace en American Horror Story- habló con El País sobre la realidad venezolana, la esperanza del nuevo escenario político y por qué el cine sigue siendo tan importante para hacernos entender el mundo en que vivimos.
-Grabó en redes sociales invitando a los venezolanos a que lleven a un uruguayo a ver la película, que es una revelación sobre la situación de su país. ¿Por qué sabemos tan poco sobre lo que verdaderamente ha venido pasando?
-Lamentablemente, los titulares y los reportajes no logran abarcar los estragos por los que tienen que pasar las sociedades sometidas a un régimen totalitario. En México hablaba con una periodista -jefa de redacción internacional de un medio importante y que sigue hace años la situación de Venezuela- y me decía que fue hasta que vio la película que pudo entender la dimensión de la tragedia, entender cómo la vida cotidiana se convierte en un estado constante de emergencia y en falta de una sensación de futuro. Con cosas así nos damos cuenta que el cine puede servir siempre como un vehículo de empatía y de compasión, para ver de cerca las realidades de la gente. El cine latinoamericano siempre ha sido político y un espacio para entender la dimensión y la profundidad del horror de las devastaciones que hemos sufrido.
-Y hay una pretensión universal aun cuando el contexto es bien específico: la Caracas de 2017...
-Cuando no había luz, ni agua, ni comida, ni medicinas, la ciudad se caía a pedazos y la gente estaba desesperada, hambrienta, enferma. Y estudiantes, muchos de ellos menores de edad, salieron a las calles y la dictadura desplegó a las Fuerzas Armadas, reprimió brutalmente las protestas, mató a mucha gente y a otros los metió presos y torturó.
-Y ahí aparece Adelaida, el personaje de Natalie Reyes, que es todo un símbolo...
-Acaba de enterrar a su madre y se ha quedado completamente sola en la vida. En medio de todo ese incendio, descubre que su apartamento ha sido confiscado e invadido por un grupo armado afín a la dictadura, y ahora a ella le toca esconderse en su edificio y tomar decisiones éticas y morales en contra de todo lo que alguna vez ha creído para poder sobrevivir y escapar de aquel infierno. Si le quito las palabras Caracas y Venezuela, puede ser la historia de alguien en Alemania en los 30, o en Irán en los 70 o ahora. Hay demasiados ejemplos en la historia de la humanidad de personas que han tenido que tomar decisiones extremas obligadas por sistemas totalitarios para poder sobrevivir. Era muy importante que cualquiera que justamente haya pasado por una situación así en cualquier lugar del mundo se pudiera sentir identificado.
-Y también habla del exilio.
-La herida de los más de ocho millones de venezolanos que han sido forzados a irse de su país está más viva que nunca, y la vamos a tener que seguir trabajando porque es un dolor muy, muy profundo: demasiadas vidas destruidas, demasiados que lo perdieron todo.
-La película se hizo antes de los sucesos recientes. ¿Cómo ve la situación en que se dio la salida de Maduro y el futuro?
-Es una mezcla de emociones muy extremas, que van desde el alivio hasta una incertidumbre y un agotamiento emocional muy profundos. Hay alivio y esperanza -algo que por más de un cuarto de siglo no hemos podido tener- porque un dictador que destruyó la vida de millones de personas está en una celda. Necesitábamos justicia y que la impunidad no fuera el precio de la paz. Y al mismo tiempo estamos entrando en un territorio desconocido. Queremos creer que por primera vez estamos imaginando un futuro y que es el principio de la reconstrucción de un país que podamos echar para adelante, que pueda ser próspero, justo y sobre todo, libre. Sin embargo, hasta que todos y cada uno de los presos políticos no sean liberados con libertad plena y levantamiento de cargos, aún será de noche en Caracas.