Hugo García Robles
En el marco de 1809 a 1813 nacen Liszt, Chopin, Schumann, Mendelssohn, Verdi, Wagner, compositores fundamentales del romanticismo. En medio de esa pléyade de creadores, Chopin configura un arquetipo inconfundible. Su vida y su obra detectan los rasgos más característicos del romanticismo. Si fuera necesario enumerarlos, baste decir: el nacionalismo, el piano como instrumento preferido, el cultivo de las formas musicales de corta extensión, un intimismo que ronda los atributos de la confesión que funde la vida del autor con su obra.
El nacionalismo del músico se expresa por su relación con el suelo patrio, que abandona en busca de los horizontes del mundo que, en ese tiempo, estaban en París. Pero Chopin siguió de cerca la constante penuria de Polonia, golpeada por los países vecinos. Mucho más que eso, tradujo en su obra algunas de las esencias de la música popular polaca, recreándolas a un nivel de arte, que las aleja de sus raíces folclóricas sin renegar de sus orígenes. Así son sus mazurcas y polonesas, que integran conjuntamente con preludios, estudios, valses, nocturnos, "impromptus", baladas y "scherzos" el cincelado cosmos del piano romántico. Sus amores, su relación con George Sand y el viaje a Valldemosa, son parte del escenario genuinamente romántico que le pertenece.
Compuso muy pocas obras con la participación de la orquesta y en estas, el piano volvió a ser protagonista. Toda su obra está basada en el teclado y, desde este punto de vista, junto con Schumann y Liszt, constituye uno de los tres pilares que hicieron del piano el eje de la vida parisina.
Aunque nacido en Zelazowa Wola el primero de marzo de 1810, en ese mismo año su padre de nacionalidad francesa se traslada en a Varsovia. Chopin desde 1831 vivió en París.
A dos siglos de su nacimiento la frescura y vigencia de su obra es envidiable. Ha resistido más que el paso del tiempo, el terrible asedio de los estudiantes de piano y el riesgo de su emoción que nunca incurre en la cursilería ni el exceso.