La tapa puede confundir. El retrato bicromo de Cristóbal Repetto parece propio de un melódico internacional tipo Ricardo Arjona o Chayanne. Pero bastan 20 segundos de música para disipar toda duda. De la confusión se pasa, entonces, a la sorpresa.
Cristóbal Repetto tiene 24 años y canta tangos. Y a la antigua. En los últimos tiempos el género musical rioplatense ha tenido un vigoroso resurgimiento que se ha dado en dos vertientes. Una a nivel discográfico, con reediciones digitales a todo lujo de obras integrales de clásicos como Aníbal Troilo, Juan D’Arienzo o Roberto Goyeneche. La otra se desarrolló en la esfera creativa y está liderada por músicos como los argentinos Adriana Varela, Daniel Melingo y el productor Gustavo Santaolalla y los uruguayos Juan Campodónico y Luciano Supervielle. Estos jóvenes músicos, básicamente, han hecho una relectura del tango desde el rock, a veces con una impronta electrónica y discotequera como es el caso de Bajofondo Tango Club, o rescatando el espíritu arrabalero de la guardia vieja como en el caso de Melingo. Pero está claro que salvo El Café de los Maestros, disco en el que Santaolalla se limitó a grabar maestros vivos como Stampone, Mores, Salgán y otros, el resto de los proyectos ponen los pelos de punta de los veteranos tangueros, si es que les quedan algunos. Este no es el caso de Repetto, que acaba de sacar un disco que tiende un puente entre el principio del siglo XXI y el inicio del XX. Con la misma pasión y diferente sensibilidad, ahora abuelos y nietos podrán ser fans de un mismo cantante.
Hasta ahora, Repetto era conocido como acompañante de Melingo (de hecho, muchos uruguayos lo vieron actuar en el café El Ciudadano junto al ex rockero devenido tanguero). Con la edición de este álbum se revela no sólo como un singularísimo cantante, sino como un artista con intereses arquelógicos. Con voz de tenor y timbre atávico, como si saliera de un viejo disco de acetato, escuchar a Repetto remite a Agustín Magaldi o más bien a Ignacio Corsini. El tipo parece que tuviera una spika en la garganta. Pero no es un rasgo paródico, sino una forma de abordar el tango que también se extiende a la instrumentación y al repertorio. Con tres guitarras malevas y un violín plañidero, el productor Gustavo Santaolalla logra (esta vez una mano invisible, por fin) un sonido añejo y a la vez potente que despierta zonas ciertas de la memoria auditiva —y afectiva— de todo rioplatense.
Las canciones tampoco fueron escogidas al azar. En el librillo que acompaña el disco, una breve reseña sitúa cada obra en el contexto histórico, musical y social en el que fue compuesta. Un detalle que enfatiza la vocación musicológica del proyecto. Básicamente formado por temas de la década del ’20, Repetto escogió un repertorio poco trillado, orillero, con nostalgias de arrabal como La que murió en París, Allá en el bajo o De tardecita. Su voz quejumbrosa empasta a la perfección en temas como Margaritas, Se va la vida o esa formidable disculpa a los bebedores que es Tabernero. Excelente en todas sus líneas, este disco encuentra su mejor defensa en Acquaforte, el clásico libertario que supieron cantar Gardel y Magaldi. Si alguien creía que ya no había lugar para una nueva versión tiene que escuchar a Repetto denunciando al viejo verde que le negó un aumento al pobre obrero para gastar su dinero emborrachando a Lulú con champán y el hermoso arreglo que toca Javier Casalla con su violín corneta. Se pianta el lagrimón.