Boda a piñazos

REBAR

Años 20. Debió ser sobre fines de la década que iba despidiéndome del banco escolar. Mis dos hermanas -ya jovencitas- volvían de las "vermús" dominicales del 18 de Julio, con los ojos enrojecidos. Habían ido a ver a "la Lola"... aquélla que se iba a los puertos y la isla quedaba sola. Como toda cazuelera que se enorgullecía de serlo, estaban aprendiendo a llorar con Benavente y Marquina, dos joyas del teatro español que engarzaban a la perfección en la voz de "la Membrives".

En el decenio siguiente, al famoso binomio autoral se asoció Federico García Lorca con su fuente inagotable de lágrimas. "Mariana Pineda", "Yerma", "Bodas de sangre"... ¡Qué angustias, Señor mío!... Mujeres de todas las edades abandonaban las salas teatrales, navegando. Sobre todo, en "Bodas...": allí iba Leonardo, cabalgando, desafiando al viento, en busca de la novia... Y luego, el final, en medio de un mitin de pañuelos empapados.

Tres cuartos de siglo pasaron desde aquellos días, cuando acaba de producirse en Cataluña una parodia del drama del poeta granadino.

Una pareja de recién casados celebraba con un banquete en un hotel catalán, el comienzo de la nueva y dichosa vida. Los familiares de los contrayentes brindaban por los novios, en el clima feliz que suele distinguir a esta clase de festejos... ocultando, a veces, las procesiones internas. Agotado el menú, y al momento de abandonar el hotel, se armó un lío mayúsculo del que participaron -sin orden de aparición en el reparto... de trompadas- miembros de las dos familias, quienes de los gruesos insultos pasaron a la acción, arrojándose todo lo que tenían a mano.

Los empleados del hotel -asombrados testigos de aquel imprevisible desenlace de la fiesta gastronómica- telefonearon a los Mossos d`Esquadra para que acudieran de inmediato a poner punto final a la gresca. Esos representantes de la policía autonómica catalana acudieron sin demorar un minuto y se abocaron a apaciguar los ánimos, pero la novia echó a volar su delicado ramito de azahares para quedar con las manos libres, y así poder agarrar a un agente por el cuello, con el valor agregado de una soberbia bofetada.

Los compañeros del agredido redujeron a la agresora, y marcharon con ella a la comisaría de Terragona, donde quedó arrestada por un delito de atentado a la autoridad policial.

Pasó la noche nupcial en una celda, y al amanecer llegó el novio -ya su marido- para rescatarla. Fue la primera vez que una desposada pasó, en un instante, a sentir el rigor de las esposas.

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