HENRY SEGURA
Al Gore sabe cómo hacerlo. No necesitó demasiado tiempo para asociar su olfato empresarial a los entretelones de la farándula cinematográfica, de la cual hoy puede considerarse una estrella incipiente gracias a su película La verdad incómoda. Por lo menos, ya no dejará a Michael Moore sólo en esa línea de hacer documentales con la cámara que mayormente apunta a ellos.
¿Síndrome ego? Sin duda. Pero en el caso de Al Gore ese perfil al menos queda bastante suavizado detrás de su rostro con gestualidad mínima. A Moore se le nota cierta excitación mientras va haciendo sus conexiones (muy inteligentes, eso sí) aleccionadoras. Más aún cuando se pone como coprotagonista del drama bélico en el cual está envuelto su país.
Gore, en cambio, tiene una posición casi profesoral. En eso no se diferencia demasiado del perfil aburrido que mostraba cuando hizo la campaña a la presidencia de los Estados Unidos en 2000. Era casi amímico, muy poco vendible a las grandes masas para frustración de sus correligionarios demócratas.
Paradojalmente, La verdad incómoda termina por imponerlo como un docente que pese a dictarle sus lecciones a la cámara no aburre. Por el contrario, su discurso ambientalista está elaborado con sutileza, sin grandes efectos audiovisuales ni golpes bajos. Hay algo de rebelión sesentista en su decir.
Para el ex vicepresidente de Bill Clinton todo este asunto además no termina con el estreno mundial de su película. Ya la colocó entre las quince finalistas para el Oscar que se entregará el 25 de febrero en el rubro documental. La pulseada por imponerla entre las cinco finalistas (algo que recién se sabrá el 23 de enero) le significará desplegar otras artes entre los miembros de la Academia de Hollywood. Que entre a temblar Arnold Schwarzenegger.