Antonio Larreta
En una breve estadía, estrictamente privada, que pude hacer a Buenos Aires, robé unas horas a los disfrutes de la amistad y de los reencuentros, y vi dos películas que estuvieron arañando el Oscar y que bien pudieron figurar junto a los Capote, los Crash, los Secretos de la Montaña, la desterrada Munich, la críptica Syriana. Y esa otra discretísima admirable obra maestra que no se me va de la memoria: Buenas noches, buena suerte. Estas dos que se han de agregar a tan compacta lista, tienen un origen en cierto modo opuesto: una es una producción independiente, modesta, de un director desconocido, Noah Baumbach, y actores formidables pero sin renombre: Jeff Daniels, Laura Linney, y dos adolescentes prodigiosos; tiene un título cualquiera, de esos miles que terminan en "familia" y no individualizan nada, aunque la traducción del original inglés es nada menos que El calamar y la ballena.
La otra película, por el contrario es la obra de un famoso veterano, Woody Allen, Match Point, tiene un título inquietante, un protagonista gris e insípido (así se retrata el artista) y una espléndida Scarlett Johansson. Es lo mejor que ha hecho Allen desde la ignorada, enterrada Dulce y melancólico.
La película de Baumbach , confesémoslo, es una película sobre la familia, sobre una familia heterodoxa en que dos padres apenas cuarentones acuerdan divorciarse y comunicárselo a sus dos hijos, el mayor de quince años, el menor de nueve, y de acuerdo a los nuevos códigos informarles con crudeza absoluta las pequeñas traiciones y perversiones de su intimidad conyugal. Nada es terrible, todo es trivial.
Pero todo es terrible y nada es trivial para esos adolescentes expuestos bruscamente a aquella intimidad. Baumbach impone a sus cuatro actores un juego reservado, sin explosiones, al fin y al cabo sus personajes comparten una misma filosofía de vida, pero ésta se hace pedazos, se pulveriza ante el enfrentamiento súbito con la sordidez que se enmascara tras la aparente concordia doméstica. El resultado es, si bien sensible y exento de toda retórica, durísimo.
El camino de Woody Allen es en cambio abiertamente convencional, una comedia con sus toques de cine negro, llevada adelante con verdadera maestría, con una soltura envidiable, una verdadera obra de madurez del eterno inmaduro.