"Todos somos la muñeca"

Esta muñeca mide cinco metros de largo. Foto: Leo Carreño

Una mujer larga está recomendada para mayores de 16 años, pero hablar de títeres supone viajar a la niñez: “están muy vinculados al mundo infantil, entonces cuando hacés espectáculos para adultos, el público rememora esa infancia y hay una buena predisposición, después hay que sostenerlo”, dice Rodrigo Abelenda (R.A), uno de los seis titiriteros que harán que esta muñeca de 5 metros cobre vida en las tablas de la Hugo Balzo desde hoy hasta el 26 de abril (viernes y sábados a las 22:00 y domingos a las 20:30).

El primer paso para enfrentarse a esta mujer de cinco metros fue colgarla, observar su dimensión a distancia y realizar una manipulación cercana. “Había riesgo de que fuera un cabezudo y no queríamos ir por ese camino. Fueron horas de probar y experimentar: cómo hacemos para que hable, baile, piense”, dice Tamara Couto (T.C), directora de Una mujer larga.

—El grupo Aquinomás nació en 2009 y no ha parado de crear espectáculos con títeres, ¿qué les permite transmitir a nivel de comunicación?

—(T.C) Es una herramienta bien distinta al trabajo con actores. Partimos de la base de que no es humano, entonces permite metáforas y signos que un actor no podría: es una pavada pero el títere puede volar.

Poder decir las cosas menos naturalistas, menos literales, más poéticas. Si este espectáculo se hubiera hecho con una mujer de verdad, así fuera alta y quisiéramos simular que es larga, no podría ser porque transita otros caminos y el títere sí puede realizarlo.

—(R.A) Los actores son personas haciendo las veces de, en los títeres ya se sabe que es un muñeco inanimado, se genera una cosa de que tenés que creer que eso es así, entonces no tenés la barrera de esto es creíble o no: ya es increíble porque es un muñeco. Se genera un mundo diferente al de los actores clásicos.

—¿La simpleza es una cualidad al comunicar con títeres?

—(T.C) Sí, tener claro qué querés comunicar es súper necesario: no recargar, ser preciso, exacto, no hacer movimientos de más. En general, pasa lo contrario porque los títeres son muy atractivos y uno tiende a querer moverlos todo el tiempo.

—Una mujer larga está destinado a un público adulto, ¿qué tan distinto se aborda el espectáculo?

—(T.C) Creo que lo que cambia es la temática, la complejidad. Para los niños hay que ser más claros en algunas cosas. Tienden a asociarse los títeres para adultos con los títeres porno, que no es el caso; es una temática un poco más compleja, quizá un niño se aburriría pero lo podría ver perfectamente.

—El texto de Raquel Diana fue escrito específicamente para ser llevado a escena por títeres y no es algo frecuente...

—(T.C) En general, cuando se escribe teatro de actores todo está basado en lo que le pasa al personaje (lo que dice, hace). En este caso, ella describía emociones y situaciones de manera poética y nos permitió construir la imagen que se va a ver.

—(R.A) En general, se construye un espectáculo y después se escribe la dramaturgia en función de lo que se generó; acá fue al revés.

—El texto está cargado de poesía y múltiples interpretaciones, ¿cómo fue el proceso para bajar a tierra ese guión?

—(T.C) No lo bajamos nada a tierra, seguimos tratando de levantarlo. El texto es muy poético, hay metáforas, diferentes lecturas y cuando lo pusimos en escena, eso se mantuvo. La gente que ha visto pasadas nos dice cosas completamente distintas y todo es válido. Es divino cuando alguien te hace una lectura que nunca te imaginaste. Es la historia de la mujer larga pero si tuviéramos que relatar el hilo conductor como quien cuenta un cuentito sería difícil porque el cuentito es bastante propio. Eso no quiere decir que no se entienda, sino que no pasa por una construcción lineal, los lugares de entendimiento van por otro lado.

—¿Entonces no hay hilo conductor?

—(T.C) Es la historia de ella, se enfrenta a diferentes situaciones y termina tomando una decisión. Ese vendría a ser el hilo conductor: la manera en que se enfrenta a esas cosas.

—Un objeto, una imagen o incluso un material pueden disparar una historia. Acá no fue así, el texto llegó, ¿cuánto más complejo resultó hacerlo propio?

—(T.C): Fue incluso más fácil. Cuando leímos el texto nos pareció muy lindo. Lo vimos re contra posible, nunca sentimos que era imposible.

—(R.A) Estaba pensado y planteado así: una muñeca de 5 metros de altura, que quedara grande en el lugar donde estuviera. Y tuvimos que arrancar con eso: ¿qué vamos a hacer para desarrollar un títere de esas dimensiones?, ¿cómo lo podemos mover y levantar? Todo surgió alrededor de tener una muñeca de 5 metros.

—¿Por qué te interesa tanto que el manipulador y el títere estén siempre juntos en escena?

—(T.C) Me interesa la relación que se genera, el estado del manipulador, el títere como objeto manipulado, no solo como muñeco. Me gusta mucho cuando se interactúa con el títere, incluso el manipulador puede ser cuestionador del propio títere. Me interesa dejar en desnudo la maquinaria que está siempre, uno elige: va a ver un espectáculo y dice, yo al manipulador no lo miro porque quiero ver el títere.

—(R.A) Pero está presente, cuenta cosas; tiene que ver con la obra el hecho de que haya una muñeca que la estamos animando.

—En cada espectáculo exploran la relación títere titiritero y la llevan al límite, ¿cómo fue la búsqueda en Una mujer larga?

—(T.C) Tuvo que ver con que nosotros existimos para ella. El manipulador no tiene una intención servicial (te asisto para que te muevas) sino que es parte absoluta. En un punto, todo lo que pasa en esta obra es ella: los personajes que están alrededor, los manipuladores. Y éstos pueden no estar de acuerdo con lo que ella hace, pueden animarla en el sentido de impulsarla a que haga algo.

—(R.A) El trabajo es muy grupal, tiene que coincidir, todos tenemos que estar en un mismo canal. Todos manejamos la muñeca e incluso vamos rotando en las distintas partes de su manipulación. La cabeza pasa por las manos de todos. Eso también es conceptual: no es que uno maneja la cabeza o que uno es la muñeca, todos somos la muñeca.

—Les tocó enfrentarse a una mujer de 5 metros, ¿cómo fue el camino para acercarse a ella?

—(T.C) Fue complicado. Primero apareció ella, después la pudimos colgar, observar su dimensión a distancia. Teníamos la intención de no usar hilo, que la cabeza fuera manipulada agarrándola, que las manos fueran lo más cercanas posibles. Me parece que cuanto más cerca estás del títere, mayor expresión podés lograr. Había riesgo de que fuera un cabezudo y no queríamos ir por ese camino. Fueron horas y horas de probar cosas: cómo hacemos para que hable, baile, piense. Hubo mucho trabajo de experimentación.

—Carolina Erlich es una de las creadoras del Festival de Títeres y dijo que el títere mantiene romanticismo pero también su lado oscuro, trágico, melancólico, ¿comparten esa idea?

—(R.A) Tiene que ver con la vida y la muerte; en realidad son objetos inanimados: viven mientras dura la obra, todos sabemos que después van a quedar inertes y eso es un poco melancólico porque la muerte está ahí, cuando se termina, se termina la vida de los títeres.

—(T.C) Y es de lo más interesante que tiene el títere: podés matarlo todas las veces que quieras en escena. Hay títeres tan poderosos que pareciera que nunca están muertos. A mí me pasa con ella: tiene una presencia tal que matarla es un poco más difícil que a otros títeres.

¡Bingo!

Marcelo Patiño fue el artista responsable de diseñar y confeccionar los títeres de Una mujer larga. "Hizo un trabajo impresionante, es gran parte de lo que se ve en el espectáculo. Él desarrolló los títeres, la escenografía, los andamios y a ella (la mujer larga) también. Dar con una persona que tuviera la capacidad de entender el texto desde el mismo lugar que nosotros fue impresionante y estuvo buenísimo", asegura la directora Tamara Couto.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Esta muñeca mide cinco metros de largo. Foto: Leo Carreño

UNA MUJER LARGA

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