-¿Cómo se dieron tus comienzos en la comunicación y en concreto especializada en la información agropecuaria y el tradicionalismo?
-Soy nacida en Pan de Azúcar y luego me afinqué en Minas. Soy hija, nieta y espíritu santo, amén, del medio rural. Toda mi vida estuve vinculada al punto que yo digo que por mí no corre sangre de humanos, sino de caballo. Amo los caballos. Cuando surgió la posibilidad de la comunicación, a propuesta de don Carlos Falco Melognio, de Minas Cablevisión, tuve la posibilidad de dedicarme a otros rubros, pero nunca lo dudé: yo quería ser periodista agropecuaria y tradicionalista. Y así fue y sigue siendo en los últimos 15 años. Estoy en un programa que se llama Identidad agropecuaria y también soy corresponsal del programa De cada pueblo un paisano en Radio Rural.
-En los últimos años pero quizás con mayor intensidad en este 2023, se escuchan voces críticas con la práctica de las jineteadas. ¿cuál es tu posición?
-La sociedad uruguaya siempre ha estado compuesta por dos sectores: el urbano y el rural, cada uno con sus usos y costumbres que vienen, en el caso del medio rural, de tiempos inmemoriales. Tienen que ver con el folklore, con la vestimenta y con los deportes que practicamos. Nosotros hacemos deporte con lo que tenemos a mano, en este caso, con el caballo. Yo fui a la escuela rural: iba a caballo y jugaba carreras, como todos los niños en mi situación, del pasado y del presente. Yo aprendí a andar a caballo antes que a caminar porque siendo bebé mis padres y abuelos me llevaban a caballo. Pero más allá de mi historia personal, toda la historia patria está relacionada con lo equino: la independencia nacional se logró a caballo. Ahora lo que yo no entiendo es cómo, desde el desconocimiento de la ciudad, se critica y se discrimina a otro sector de la sociedad uruguaya como el sector rural.
-El argumento es que la jineteada implica un acto de violencia o maltrato hacia el animal…
-Yo no veo que la jineteada sea un hecho de violencia. Todo lo contrario. Vamos a hacer una comparación. Hay un evento deportivo que se debe asegurar con 1.000 o más policías y el público tiene que ingresar al estadio por puertas y calles distintas en función de la camiseta que llevan. No se puede entrar con termo ni mate, ni con radio a pila. Por otro lado, hay otro evento al que asisten miles de personas, muchas de ellas con cuchillo en la cintura por tradición, donde se ve a la familia y a los amigos reunidos y nunca se produce un problema. ¿Cuál es el deporte más violento? ¿El fútbol o las jineteadas?
-Este año en la criolla del Prado falleció un animal, lo que seguramente avivó los reclamos.
-Es verdad. Pero fue un lamentable y excepcional accidente. Han muerto pilotos de Fórmula 1, murieron lamentablemente hinchas de fútbol. ¿Alguien pidió prohibir estos deportes por eso? Yo lo que veo en las jineteadas son valores de familia que se reúne para ir a un ruedo. Las jineteadas no se dan una vez al año en el Prado, sino que hay decenas de ruedos con actividad todas las semanas en todo el país. Yo pregunto a toda esa gente que pide prohibir las jineteadas: ¿qué va a pasar con todo lo que mueven los ruedos? ¿Con los tropilleros, con los transportistas, con los jinetes, con los que ponen sus puestos para vender comida? ¿Qué hacemos con toda esa gente? ¿Qué hacemos con la ayuda que reciben las escuelas rurales u otras instituciones sociales de parte de colectas solidarias que se hacen en los ruedos? ¿Quién suplanta todo eso?
-¿Las heridas o muerte del caballo en la jineteada son excepción?
-Así es. Además, el caballo bellaco es una raza que solo se usa para la jineteada. Es un caballo genéticamente indomable, no se puede usar para trabajos en el campo. Entonces, ¿qué vamos a hacer con esos miles de caballos si se terminan las jineteadas? No va a tener otro destino que el frigorífico. ¿Eso es lo que quieren los animalistas?
-Los caballos son entrenados por los tropilleros, ¿en qué consiste esa preparación?
-Se los prepara para ir de campana a campana y para que se saquen de arriba al jinete lo antes posible. No hay nada de violencia en la preparación. Yo creo que esa gente que se manifiesta en El Prado no tiene otra finalidad que la de sobresalir para obtener luego un cargo político partidario. Hay otro grupo de activistas que nosotros valoramos y que tienen mi respeto que son aquellos que se acercan y nos ayudan a mejorar. Se interesan si hay algún animal lastimado y sugieren mejores prácticas. Ellos sí tienen un interés genuino por cuidar al animal. No es que nosotros necesitemos de ellos, pero su aporte es valedero.
-Hace unos días respondiste a Julio Ríos, quien aseguró que el concurrente a las jineteadas en El Prado, va a ver “sangre” y que a su juicio deberían prohibirse. ¿Por qué sentiste la necesidad de responderle?
-Porque habla desde el desconocimiento y de la discriminación del medio rural. Las jineteadas no son para “ver sangre”. Es una locura sostener eso.
-Él es de Minas. ¿Se conocen? ¿Lo has visto?
-Alguna vez lo vi en la Plaza Libertad de Minas, pero no tengo trato. Yo me doy más con la gente del medio rural que de la ciudad. Me nació responderle porque él hizo ese comentario desde una visión de la ciudad, sin mucho conocimiento. Es injusto y es discriminatorio: nosotros no atacamos los usos y costumbres de la zona urbanas, que hacen carnaval, por ejemplo. O se apasionan con el fútbol. Mi colega (Ríos) es periodista deportivo. Viendo que hay tanta violencia en el fútbol creo que él debe canalizar su esfuerzo en solucionar esas cosas y dejarnos a nosotros, los paisanos, que nos arreglamos. Al Prado vamos a juntarnos 40.000 o 50.000 personas por día para estar en la vuelta del caballo, para reencontrarnos con amigos, con familia. No hacemos mal a nadie. En la medida que pueda, cada uno debe incidir en su medio para tratar de construir una sociedad mejor y lo que está bien, no lo tocamos. Lo dejamos quietito que siga andando.
-¿Por qué hablás de discriminación?
-Porque más allá del ataque a las jineteadas, desde la ciudad se mira por arriba del hombro a lo rural. Uno se pone botas y una bombacha y lo miran como bicho raro. A mí me han dicho en la ciudad: “¿Pero por qué andas disfrazada?”. No, señor, no estoy disfrazada. Estoy vestida como es uso y costumbre del medio rural. Yo creo que eso sí es violencia.