Para la semióloga Hilia Moreira, lejos de África y sus creencias, la novela occidental también le otorga a la nariz un poder especial que altera la percepción temporal.
En la novela En busca del tiempo perdido, una de las más influyentes del siglo XX, Marcel Proust pone al olfato en el plano central. "Durante los ocho volúmenes en los que se despliega la novela el personaje principal, Marcel, un escritor fracasado, busca escribir una novela y vive con el tormento de tenerla en su interior", dice Moreira.
La novela se anunciará repetidas veces a través de los sentidos: el olor de una taza de té y unas magdalenas, el tacto de una baldosa floja en el suelo de Venecia. En esos momentos el pasado se instala en el presente: se produce una epifanía y el personaje percibe la eternidad.
En busca del tiempo perdido se compone de ocho tomos, en el último de ellos, El tiempo recobrado, Marcel, encuentra su novela. "A Marcel lo invitan a un concierto, pero llega tarde. Como ya empezó no lo dejan entrar y debe esperar en la biblioteca. Entonces ve en uno de los estantes una novela de George Sand que le leía su abuela cuando él era chiquito y que para ella era una gran novela. La abre, huele el olor del papel y de adentro del libro emerge toda la búsqueda del tiempo perdido: es su novela que había esperado tanto", cuenta Moreira. "La última epifanía es milagrosa porque aparece lo que Marcel tanto había buscado", explica la semióloga. "El olfato cierra la búsqueda porque es un sentido decisivo, está en la base de la vida, sin él los animales no podrían reproducirse, pero además, porque le poder del recuerdo está concentrado ahí."