Lucía Trentini

Ser muchas otras

La actriz, directora, cantante y compositora (exvocalista de La Tabaré) se va de gira por España junto al elenco de No daré hijos, daré versos (Marianella Morena). Es su tercer viaje a Europa en este 2015 por motivos artísticos y resulta la excusa ideal para descubrir a esta talentosa artista por vocación, una curiosa incansable. Una invitación a acercarse a la esencia de la histriónica Lucía Trentini a través de sus palabras y la de aquellos que mejor la conocen.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Foto: Marcelo Bonjour

Inquieta, charlatana y extrovertida. Lucía Trentini nunca se fue de la playa sin hacerse una amiguita. Su abuela Gladiz la recuerda “viva como un rayo”. Creativa e histriónica; siempre demandó más atención que sus tres hermanos (Giancarlo, Anasofía y Enrico). 

Desde que tuvo uso de razón repitió, ‘quiero ser cantante y estrella de cine’, aunque no hacía falta que expusiera su deseo para que el resto percibiera la artista innata que había en ella: “tenía una mirada más larga, volaba mucho, hacía preguntas que te descolocaban”, relata su tío Leo.

Daba la nota y no pedía permiso; tuvo novios que no convencían a sus padres, se hizo un tatuaje sin avisar (una lagartija que años después tapó con un dibujo mucho mejor) y su familia se enteró cuando se puso un bikini. “Era rebelde sin mucha causa. Hay cosas que pasan por cortarse el pelo, hacerse un piercing, aparecer un día y querer ser otro”, afirma Lucía Trentini.

Le divierte poner a prueba al resto: "te sale con cada cosa y cuando empezás a atar cabos pensás, ‘claro, me usó para ver qué reacción tenía’, su cabeza va por otro lado", comenta Giancarlo, su hermano mayor. Más de una vez trastabilló en sus chistes y tuvo que dar marcha atrás.

Cecilia, amiga de la infancia, fue testigo de uno de esos episodios el día que se conocieron. "Me invitó a jugar a su casa, teníamos 12 años y me hizo una broma de muy mal gusto. Me convidó con un jugo de uva, me dijo que si lo encontraba fuerte era porque su madre lo había preparado recién, me dio un vaso, me lo tomé de una y era detergente. Ella se río una semana entera y a mí me hizo lagrimear".

Llamar la atención es su especialidad. Zafaba de los rezongos de sus padres porque largaba un "llanto fantástico, puro melodrama, un chantaje", recuerda Enrico, su hermano menor. De adolescente protagonizaba las pijamadas, "todo el tiempo generaba situaciones graciosas para que nos riéramos de ella, siempre le gustó que la estén mirando. Ahora tiene un público pero ayer éramos nosotras, las amigas".

Ganó el Florencio Revelación por Música de fiambrería, un "policial verde" que escribió e interpretó dirigida por Diego Arbelo. Se desdobló en tres personajes: se valió de su voz, su gestualidad y los cambios de vestuario para lograr esa ductilidad. Cecilia asegura haber visto en el escenario a esa Lucía de 13 años que se hacía la rabona de liceo y se iba para la Plaza Sarandí en su Durazno natal.

El juego con la voz está integrado a su personalidad, habita en ella también como recurso para liberar sensaciones. "Ahora paré un poco, lo ensayo más en la intimidad pero antes hablaba a través de otros, cambiaba la voz, entraba en personajes para expresar algo que me costaba, entonces aparecía Marta y lo decía ella, no Lucía". Enrico vive con ella y la observa crear en el día a día, "no es que actúa y ensaya para una obra, está contigo, se mete en un personaje y arranca. Los personajes de Música de fiambrería los conocí en casa".

El arte la llevó de recorrida por el mundo en 2015. En marzo llegó a Barcelona por una única función de esta obra, la vio un productor y le ofreció hacer temporada por un mes. En julio armó la valija otra vez y se fue a curtir el verano europeo con su banda Los Mostachos (versionan canciones populares al jazz).

Retorna a Europa con No daré hijos, daré versos, ganadora del Florencio a Mejor Obra de Autor Nacional. Llevarán a la pieza que homenajea a Delmira Agustini al Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz y a Madrid. Antes de tomarse el avión, se presentan el 12 de octubre en la Zavala Muniz con dos únicas funciones (19:00 y 21:00 horas).

Vocación

La pose artística apareció apenas tuvo lucidez. Sus tías y abuelas (Popea y Gladiz) le guardaban cajas repletas de collares, ropa y maquillaje para que se transformara, "era mi juego, me perdía ahí". Hay fotos que la delatan. Un día encontró un vestido de novia, se lo puso, se paró en la puerta y observaba a todos con una mirada intensa. Ella juraba que era un fantasma endemoniado, procuraba generar miedo pero solo despertaba sonrisas.

Una vez su abuela pensó que tenía fiebre porque sus cachetes estaban rojos y en realidad era pintura. Bailaba y cantaba las canciones de María Elena Walsh junto a su madrina. Escuchó la murga Pa Delante con 16 años, le gustó el sonido del coro, pidió que la probaran de atrevida, la aceptaron y sus padres le tuvieron que un permiso para que pudiera cantar en el Carnaval de San José, ya que era menor de edad. 

No hubo una fiesta de fin de año escolar que no participara, "la buscaban porque tenía linda voz, un oído muy fino", según la abuela Gladiz. Tabaré Rivero también percibió esas cualidades: la eligió como cantante de La Tabaré y ahí permaneció seis años (2009-2014).

Sus padres trabajaban y dejaban a los cuatro hermanos al cuidado de María Venus, una tía abuela soltera. Ella era soprano, los estimulaba para que se volcaran hacia la música y Lucía fue la primera que se prendió, según su tío Leo. María Venus no se salvó de las diabluras de los Trentini: Lucía le quebró un dedo al cerrar la puerta de la heladera, pero jamás la delató. "Se subían al techo y le decían, parate ahí que te tiramos a Anasofía (la más chica). No, por favor, gritaba ella como loca", recuerda Gladiz entre risas.

Probó los primeros personajes en el galpón de su casa. Lucía y sus hermanos armaban obras de teatro y circos para todo el barrio. "Mi tío abuelo hacía títeres con papel maché y me enseñó a confeccionarlos; a Lucía le habían regalado una máquina para hacer pop, entonces hacíamos funciones y cobrábamos entrada", recuerda Giancarlo.

En el fondo de esa casa también funcionó una carpa del terror, "clavábamos cruces en el pasto, colgábamos muñecos en los árboles que simulaban estar ahorcados, yo me disfrazaba de mujer endemoniada, me ataba a la cama y asustaba a los que pasaban". Leo dice que "ya mostraba ese histrionismo en esos circos, salía disfrazada de una cosa, después de otra, hacía una rápida metamorfosis desde la imagen, el cuerpo y la voz".

Manifestó esta pasión desde que tuvo uso de razón y "nunca se cuestionó si ser actriz o no. No se le pasa por la cabeza trabajar en una oficina, lo de ella es solo creativo", confirma su amiga Cecilia. Jamás envió señales erradas, "lo tenía claro, no había otra opción. Era algo asumido, era lo que yo quería hacer con mi vida".

Acción.

Pidió para ir a clases de teatro y la llevaron al taller de Uruguay Marrero con 7 años. "Vi que era una niña diferente, demostraba inventiva, creatividad, armaba los juegos con mucho sentido", comenta su primer docente. En paralelo aprendía música, hacía cerámica, así que Uruguay habló con sus padres y les pidió que "no la atosigaran, que la dejaran correr".

Su primera obra fue Delirio a dúo. Tenía 14 años, la dirigía Elena Zuasti, hacía un papel breve y se encargaba de la utilería. "Los fines de semana agarrábamos la camioneta y nos íbamos de gira por los pueblos del interior, era muy pintoresco, hacíamos las funciones, compartíamos comida y conocíamos gente", recuerda.

A los 15 años construyó un personaje que dejó boquiabierto a su docente. Se llamaba Matilde, era costurera y tartamuda. "Lo hizo con una fuerza interior que parecía de una mujer de 45 años". Un par de años después acudió a Uruguay porque precisaba un monólogo dramático para presentar en la prueba de admisión de la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD).

Él recordó esa Matilde y le propuso Amanda Wingfield en El zoológico de cristal (Tennessee Williams). "Se necesitan unas condiciones bárbaras para hacerlo potable y esta gurisita de 17 años lo encarnó en el fondo de mi casa con una fragilidad y dulzura que me hicieron reafirmar que iba a lograr todo lo que se propusiera".

Era inteligente, nunca repitió, no tenía bajas; dispersaba al grupo en las clases de inglés pero salvaba los exámenes con la mejor nota. Su foco de atención estaba en el arte, no en el liceo. Las clases de historia con Oscar Padrón eran sus preferidas porque tenían una dinámica curiosa, "hacíamos excursiones por el pueblo para investigar".

Era la más chica de su generación y Claudio, compañero de la EMAD, recuerda que parecía mucho más grande, pero se delató sola, "entró a una clase teórica y preguntó si había que llevar cuaderno".

Exprimía al máximo los espacios de investigación, "tiene una gran capacidad gestual, una mirada importante, es muy lanzada, le dabas algo para improvisar y no paraba, de cualquier cosa te hacía un personaje. Guardo una imagen patente: teníamos que llevar un objeto y darle un uso no cotidiano, ella agarró una valija de cuero vieja que le había dado su abuela, se la puso en el lomo y voló como una mariposa por el salón durante media hora".

Motores.

En el cuarto de Lucía no cabe un alfiler: una cama, un piano, una pedalera, un escritorio hecho por ella, una mesita de luz, adornos, cajitas, una colección de lentes y un placard a punto de explotar. "Llega el fin de semana, le agarra la locura y cambia toda la casa de lugar", acota su hermano menor.

Es una máquina de acumular objetos, ropa, zapatos, libros; agarra todo y lo re utiliza. Recorre, busca y regatear en ferias y tiendas second hand para cada proceso creativo: Giancarlo llegó a encontrar una pajarera y miles de cachivaches cuando compartían el techo.

Lucía nunca compró un regalo para un cumpleaños, todos son caseros y abarcan desde tarjetas, cuadros con mensajes, almohadones, muebles, ropa. Hace seis años le regalaron una máquina de coser, aprendió a usarla por internet y sus amigas reciben un vestido colorido por año. Incluso desarrolló ese talento de forma profesional: trabajó junto a su amigo Iván Arroqui en el vestuario de infinidad de murgas y de paso se hacía unos pesos en la época de estudiante.

Sus abuelas tienen prohibido desprenderse de las cosas que ya no usan porque pueden ser materia prima para dar rienda suelta a la imaginación de su nieta. "Todo lo que me dan ellas es un tesoro, tienen cosas muy antiguas que arreglo, transformo, armo, desarmo".

Un par de zapatos puede ser un motor inspirador y despertar sus ganas de inventar. Caminando por una feria de Berlín se topó con un vestido rosado a cuadros con cuellito blanco que le inspiró un personaje. Terminó de configurarlo con otro vestido azul a lunares con estilo español que encontró tirado en Tristán Narvaja a 50 pesos y pensó, "hay que hacer algo con esas raíces latinas, el arrabal, el bolero".

De la simbiosis de esas dos prendas salió la mujer enamoradiza que interpreta en Tango, bolero y fruta, melodrama cantado que presentó en diversos bares este último mes.

Hurgar.

Acapara una cantidad de proyectos a la vez, le gusta conversar sobre aquellas ideas que aún no existen para planificar cómo las armaría. Su cabeza no para, siempre tiene algo entre manos. Esa actitud no es nueva: "de niña la observabas y de repente estaba con la mirada perdida y pensabas, ¿dónde estará? Seguramente muy lejos de donde estábamos nosotros. Esos ojos brillantes te iban hablando de un fuego particular que siempre estaba encendido", reflexiona el tío Leo.

Sus padres le regalaron una cámara de fotos cuando era chica y se obsesionó, "esperaba que las revelaran y las miraba antes de llegar a casa, no podía aguantarse". Hoy está enfocada en una autoficción junto a Miguel Presno, "una historia de cine experimental, queremos hacer un largo titulado Equilibrio pero estamos en proceso de búsqueda, todavía no sabemos bien hacia dónde vamos".

Hizo un seminario intensivo de dramaturgia y la incentivó a escribir un policial sobre ciertos temas que la apasionan como "el amor, los crímenes pasionales y la muerte". Así apareció Muñeca Rota, la presentó a los fondos y ganó. Pensó en actuar pero decidió correrse y solo dirigir "porque estar adentro no me iba a permitir verla con la nitidez que quería".

No daré hijos, daré versos apareció en el momento justo, "fue como caído del cielo, estaba saliendo de La Tabaré para meterse en el teatro que es lo que realmente le apasiona y le vino súper bien", opina Cecilia.

Creó a Delmira desde la revolucionaria: "si viviera hoy, ¿cómo se plantaría frente al mundo?, ¿cuál sería su lucha?" Para recapitular sobre su propia lucha retrocede hacia aquella rebeldía adolescente que pasaba por cortarse el pelo como un varón sin avisar y que sus amigas se enteraran en el cumpleaños de 15 de una de ellas o hacerse un piercing: todo con el objetivo de poder ser otra.

La actuación le permitió saciar esa sed de metamorfosis constante y el teatro le dio cobijo en un mundo mejor. "El otro día fui a ver Hyde, la niña que quería morir (Leonardo Martínez) y me conmoví. Me crucé con una amiga y ella también había conectado. Lo lindo es entrar, viajar y crecer. El teatro tiene ese viaje y la lucha para mí es crear, tratar de encontrarme y desde ahí hacer que otro se encuentre".

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