La historia de amor de Carmen Morán y Sergio Fernández Cabrera que inspira una obra de teatro y tango

La actriz y el músico estrenan el 10 de abril la obra “A media luz el corazón”, una propuesta que cuenta la historia de dos artistas unidos por el amor, con paralelismos a su noviazgo real, que lleva un año.

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Carmen Morán y Sergio Fernández Cabrera.
Foto: Alejandro Persichetti

Hay historias que parecen escritas antes de suceder. Esa predestinación o casualidad hizo de las suyas en la relación de pareja entre la actriz y cantante Carmen Morán (62 años) y el músico Sergio Fernández Cabrera (62), quienes luego de un año de noviazgo protagonizan A media luz el corazón, una obra que narra el vínculo entre dos artistas atravesados por el amor, el oficio y la intemperie de la vida itinerante. Y que, sin proponérselo, dialoga de forma íntima con la historia amorosa real que ambos escriben en el día a día.

La propuesta, definida como “tango teatro”, lleva la firma del dramaturgo y director Luis Vidal Giorgi y se presenta como un homenaje a aquellos artistas ambulantes que recorrían pueblos llevando su arte popular. En ese universo, una cantante y un guitarrista atraviesan encuentros, desencuentros, sueños y frustraciones, sostenidos por una certeza: el arte como salvación.

La obra no es un musical en sentido estricto, sino un espectáculo teatral atravesado por canciones. Incluye tangos clásicos y composiciones originales creadas especialmente por Fernández Cabrera, con letras del propio Vidal Giorgi. Las piezas, según el músico, dialogan con la tradición del tango romántico desde los años 40, sin perder una sensibilidad contemporánea.

Pero más allá de la ficción, hay un hilo invisible que une el escenario con la vida. “Cuenta una historia de amor que, sin saberlo, tiene paralelismos con la nuestra”, reconoce Morán. En la obra, los protagonistas se encuentran a partir de la música y construyen un dúo para sobrevivir en el circuito artístico. En la vida real, el camino fue inverso: primero llegó el amor y luego el proyecto compartido.

A media luz el corazón se estrena el viernes 10 de abril (20:30) y durante todo el mes hay funciones sábados y domingos en Espacio Teatro (Sala Cristina Morán). Las entradas están a la venta en RedTickets y boletería de la sala.

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Carmen Morán y Sergio Fernández Cabrera.

El origen de ese vínculo tiene algo de escena fundacional. Fue en una reunión de músicos, un encuentro informal, casi azaroso. Una guitarra que pasa de mano en mano, voces que se entrelazan, y una mirada que se detiene.

“Había mucha gente tocando, pero cuando escuché a Sergio pensé: ‘qué bien que toca’” más allá de me parecía atractivo", recuerda Morán. A partir de ahí, el acercamiento fue paulatino, sin urgencias ni estrategias. Un saludo, una invitación al teatro, algunos mensajes. Nada forzado. “Fue todo muy orgánico”, añade ella para usar un término de “moda”.

Fernández Cabrera no suele asistir y menos tocar en ese tipo de reuniones, pero aquella noche lo hizo. “Era como si tuviera que tocar cinco minutos para que ella me viera”, dice entre risas. Con el tiempo, ese gesto mínimo se transformaría en el primer acorde de una historia más profunda.

El vínculo creció sin prisa. No hubo declaraciones grandilocuentes ni planes inmediatos. Se fueron descubriendo en lo artístico, en las conversaciones, en una sensibilidad compartida. “Nos fuimos enamorando de lo que compartíamos”, resume él.

Uno de los momentos más simbólicos de ese comienzo tuvo como protagonista una guitarra. Una pieza antigua, heredada por Morán, que había permanecido años en silencio. Cuando Fernández Cabrera la vio en casa de Morán, entendió que no era un instrumento cualquiera. “Era una guitarra de concierto, con los sonidos que no te dan las guitarras modernas”, recuerda.

Hoy, ese mismo instrumento forma parte de la obra, como un personaje más, cargado de memoria y emoción.

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Carmen Morán y Sergio Fernández Cabrera.

A media luz el corazón se construye sobre esa idea: el arte como punto de encuentro, pero también como espacio de conflicto. Los personajes atraviesan las luces y sombras de la vida artística independiente: la ilusión de cada proyecto, las giras, la incertidumbre, los momentos de plenitud y también los de frustración.

“Mostramos algo que el público no siempre ve: lo que pasa antes de salir a escena”, explica Morán. Ese instante donde conviven el miedo, la inseguridad o los problemas personales. “El artista arriba del escenario brilla, pero abajo también es vulnerable”.

La obra evita caer en una narrativa lineal. Se presenta como una sucesión de momentos, de “flashes” que capturan situaciones reconocibles para cualquier músico o actor. No exige una lectura intelectual compleja: invita a dejarse llevar por las emociones, por los climas, por la música.

En ese recorrido, también hay lugar para una mirada sobre el rol de la mujer. Sin declararse feminista, la obra construye un personaje femenino fuerte, resiliente, que se enfrenta a la vida con determinación. “Es un homenaje a esa mujer que se la juega en todo”, señala Morán.

Fernández Cabrera coincide, aunque lo define de otra manera: “Es una obra finamente feminista”. Destaca que, a diferencia de ciertos tópicos clásicos del tango, aquí la mujer no es sujeto de traición al hombre.

“No convivimos y nos tomamos el amor a nuestro ritmo”, dicen sobre la relación

Lejos de los relatos románticos convencionales, la historia de Morán y Fernández Cabrera se inscribe en otra etapa de la vida. Ambos mayores de 60 llegan a este vínculo con experiencias previas, hijos grandes, nietos y una mirada más serena sobre el amor.

“No convivimos y nos tomamos el amor a nuestro ritmo”, explican. Esa decisión, lejos de ser una distancia, es parte del equilibrio. Les permite sostener espacios propios, valorar los encuentros y evitar la saturación.

“Es una relación muy rica, con libertad”, dice Morán. “Tenemos tiempo para nosotros, para el otro, para el trabajo”. Fernández Cabrera agrega que, más allá de la edad, comparten una energía vital muy fuerte. “Las etapas se desdibujan. Es como si nos hubiéramos encontrado desde otro lugar, más profundo”.

Esa complicidad se manifiesta en lo cotidiano: caminatas, risas, viajes, ensayos. También en la creación. Porque si algo define este vínculo es la posibilidad de construir juntos.

Trabajar en pareja, sin embargo, no está exento de desafíos. “Hay cortocircuitos”, admiten. Diferencias de enfoque, tensiones entre lo técnico y lo emocional. Pero también aprendizaje. “Hemos encontrado estrategias para transformar eso en algo positivo”, aseguran.

También docente universitario, Sergio Fernández Cabrera suele ser muy perfeccionista en las cuestiones musicales y artísticas. Ella es más pragmática. Para él, A media luz el corazón implica su estreno en la actuación, pero reconoce que tiene a una gran maestra.

El resultado es un equipo que se equilibra entre lo musical y lo actoral, con la guía de Vidal Giorgi. Y que ya proyecta nuevos caminos: un disco, giras, más escenarios.

En tiempos donde las relaciones parecen atravesadas por la inmediatez, la historia de Morán y Fernández Cabrera se planta desde otro lugar. Sin etiquetas, sin urgencias, con una apuesta por la permanencia.

“A veces creemos que todo es casualidad, pero hay algo más”, reflexiona él. Ella lo traduce en una imagen más simple: “Nos reímos mucho. Y eso también es amor”.

Quizás por eso, cuando caminan juntos, da la mano en la calle o en la feria, les han gritado : “¡Viva el amor!”. “Es curioso porque de repente gente joven se nos acerca para saludarnos y hablar de la energía que irradiamos”, dice Morán.

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