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Las ganas de actuar de Armand Ugón

Quiso subirse a un escenario después de ver a Roberto Jones en una obra de teatro cuyo nombre no recuerda. Tampoco logra recrear la trama o el argumento.Álvaro Armand Ugón recurre al teórico teatral inglés Peter Brook, para excusar su olvido. Él decía que el tiempo produce una mancha de ácido en las obras de arte y solo sobrevive lo esencial. El ganador del Florencio por Constelaciones guardó poco y nada de esa pieza en su memoria, pero recuerda lo importante: el trabajo de Jones y la magia del teatro conspiraron para que ese adolescente de 16 años decidiera su vocación desde una butaca.

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Foto: Francisco Flores

—Jaime, tu personaje en Viaje de un largo día hacía la noche, es actor, pero no tiene vocación, lo obligó su padre, ¿por qué sos actor vos?

A los 17 me anoté en el Circular, hacían una selección y quedaban 20 para la escuela. Me presenté y quedé eliminado a mitad de año. Fue bastante duro. Así arranqué.

—Actúas, tenés tu escuela de teatro, das clase, fuiste productor de Charly en el aire. Hiciste del arte el centro de tu vida.

—Sí y por suerte se me abrió la puerta del cine. Filmé dos thrillers: O silencio do ceu (Marco Dutra) con Leonardo Sbaraglia y el "Chino" Darín, que se estrena en el Festival de Gramado en setiembre, y El sereno (Oscar Estévez) con Gastón Pauls y César Troncoso. El cine te da una gran proyección internacional. Está buenísimo vivir de lo que a uno le gusta.

—¿Podrías haberte dedicado a otra cosa?

—Me gustaba la cocina y trabajé como chef. Después de quedar eliminado en el Circular entré en la Escuela del Actor, de la que egresé. Siempre sentí que iba a ser actor. Estaba predestinado.

—Has hecho cine, teatro, televisión. Lo que te motiva es actuar, no importa el medio…

—Creo que todos los medios tienen lo suyo y son un desafío. En el cine el actor es una herramienta más, en el teatro uno es el dueño del fenómeno.

—¿Extrañás si no actúas?

—Sí, igual desde que empecé no he estado mucho tiempo sin actuar. Me tomé un año un poco sabático hace tres años e hice solo una obra. Eso fue lo más sabático.

—¿Por qué?

—Quería parar, reflexionar un poquito. Cuando entrás en la rutina de meterte en una obra tras otra empezás a perder un poco el sentido y el amor por lo que estás haciendo. Después fui a estudiar a Estados Unidos y ahí recuperé la pasión, las ganas, y volví con mucha más fuerza.

Junto a Jones en
Junto a Jones en "Viaje de un largo día hacia la noche". Foto: María Fernández. 

—No crees en el azar: los personajes están vinculados a la energía que uno tiene, ¿qué pasa con Roland (Constelaciones) y Jaime (Viaje...)?

—Son dos energías bien opuestas: Roland es muy luminoso y Jaime es sumamente oscuro, vibra con una energía muy densa. Después de que estrenamos Viaje..., Jorge Denevi, que dirige ambas obras, fue a ver Constelaciones y me dijo que se sentía rarísimo porque me veía y pensaba, "está muy blandito, ¿qué le pasa?" Se había acostumbrado a ver a Jaime, que es fuerte, denso.

—¿Te atraen más los personajes oscuros?

—No sé si me atraen más, pero es más fácil encontrarles el gusto, el lucimiento. Siempre me costaron más los personajes luminosos, así que es un desafío agarrar un rol como el que hago en Constelaciones.

—Cuando te plantearon Qué Tupé tu primera pregunta fue, "¿qué pasa con el duelo?" Te inquietaba cómo se resolvería esa escena, ¿le das mucha vuelta a los guiones en las primeras lecturas?

—Sí, a mis alumnos siempre les digo que la primera lectura es sagrada; no la podés hacer a las apuradas, tiene que generarse un clima y te tiene que producir algo que va más allá de lo que puedas racionalizar: te tiene que pegar en algún lugar. Constelaciones tiene una estructura compleja: se plantea la misma situación contada de muchas maneras diferentes. Al mismo tiempo hay una escena que atraviesa la obra, que se relata de atrás para delante, entonces cuando la leí por primera vez me inquietó muchísimo pero no entendí nada. La volví a leer varias veces y ahí sí. Viaje... era volver a laburar con Denevi, estar con Jones, Nidia Telles, Seba (Serantes), la obra, el personaje. No podía decir que no.

—¿Qué pasa con lo que el guión no dice de los personajes?, ¿es material para vos?

—Sí, claro. Soy muy laburador en la previa a empezar a ensayar. Me gusta tener el libreto con tiempo e investigar mucho al personaje; encontrar motivaciones en mí y resortes internos para las circunstancias que plantea el libreto. Me obsesiono bastante cuando me llega un laburo; me da vueltas en la cabeza y estoy todo el tiempo escribiendo, asociando, anotando imágenes. Y creo que eso da resultado porque termina generando un trabajo orgánico: la comprensión va más allá de lo intelectual, es algo que resuena en vos.

—¿Se potencia tu sensibilidad cuando te llega un personaje?

—No creo en ese mito de que el actor queda preso del personaje, pero sí empezás a orbitar en los temas que plantea la obra y dan vuelta en tu universo. Es inevitable. No es que te transformes, sino que comenzás a buscar cómo vibras vos en ese universo que plantea la obra.

—¿Hay algo que no puede faltarte durante el proceso creativo?

—Hay una técnica de la que habla Uta Hagen (teórica de origen alemán) que tiene que ver con las transferencias. Es decir, qué cosas análogas a las que le pasan al personaje has vivido vos para apropiarte. No tienen que ser exactamente iguales, pero deben generar en vos lo mismo que generan en los personajes. Y también la búsqueda del objetivo del personaje en cada escena y de las acciones que realiza para conseguirlo.

—Tenés dos obras en cartel, ¿en qué te centraste para cada rol?

—En Constelaciones me centré en encontrar la inocencia del personaje. Jaime es todo lo contrario, es el tipo más desconfiado del mundo, y vicioso. ONeill marca el deterioro que produce el alcohol en su mente, en sus vínculos, en su cuerpo, en su manera de pensar, de sentir y en su alma. La búsqueda fue por ahí.

Yo trato de no trabajar las emociones del personaje. No me preocupo de lo que siente sino de lo que quiere: lo que siente es la consecuencia de si obtiene o no lo que desea. Cuando actuás o remarcás la emoción se transforma en algo falso porque lo estás forzando.

—¿Te ayudó crear a Jaime desde los vínculos?

—La familia es determinante para este personaje. El padre es una imagen muy fuerte que lo condiciona mucho, incluso en la elección de su profesión. Su madre es una mujer con una debilidad similar a la de él, en la que se ve reflejado y no lo puede soportar. Todos proyectan sus miserias en el otro, se reprochan, se recriminan y al mismo tiempo se aman. Creo que la potencia de esta obra es que muestra una familia como la de cualquiera de nosotros.

—Los primeros libros que Victoria Rodríguez tuvo sobre actuación se los pasaste vos, y también material de estudio…

—Soy muy estudioso de teoría teatral y me parece fundamental la formación del actor. Victoria estaba empezando de forma muy intuitiva y le regalé un par de libros de Stanislavski.

—¿Te acordás cuál fue el primer libro que leíste?

—Un actor se prepara de Stanislavski. Tendría 17 años. Me gusta muchísimo investigar sobre teoría y metodología.

—¿Tu método como actor ha mutado en función de las lecturas?

—Sí, trato de cambiar el método según la obra. Hay roles que son más cercanos a uno y existen ciertas técnicas para trabajarlos y hay otros más distantes que requieren buscar otra forma. A mis alumnos les doy todo lo que puedo de marco teórico, pero después uno elige y arma su propio método.

—¿La docencia agudizó tu búsqueda e investigación como actor?

—Lo traía de antes pero me hizo ir más por ahí. Dar clase es una experiencia increíble para un actor. Precisás tenerlo clarísimo para poder transmitirlo, tenés que estar estudiando siempre, no te podés quedar.

Me pone más nervioso que vayan mis alumnos a verme al teatro que un director importante o un colega que respeto, porque estoy obligado a predicar con el ejemplo. Vos enseñás lo que sos, no lo que decís. El alumno viene a absorber lo que vos sos, esa energía.

—En 2006 interpretaste a un preso político en el unipersonal Resiliencia, que dirigía Marianella Morena. Fuiste a un festival en Caracas, hiciste giras por el interior, pero no volviste al unipersonal.

—No, y tengo ganas de volver a hacerlo en algún momento. Es otra historia bien diferente, requiere otras técnicas, otros caminos. Me gustaría repetirlo.

—¿Te sentís más cómodo en la comedia o en el drama?

—Tragedia y drama. Pero a la comedia le he ido encontrando el gusto también. Constelaciones tiene mucho de comedia. El hecho de ser actor dramático, que te asocien con ese género, te hace tener un prejuicio de uno mismo sobre la comedia. Por otro lado, en general uno siempre quiere lo que no tiene: cuando sos actor dramático o trágico te gustaría más ser comediante. Pero últimamente me he amigado con ser un actor dramático, tener ese perfil y darle por ahí.

—¿Cómo te llevas con tu sentido del humor?

—Me he amigado un poco con eso. La comedia o el drama es una consecuencia de la circunstancia de la obra: la actuación, en realidad, es la misma, pero son distintas energías. Constelaciones tiene más de sesenta escenas en una hora diez. Pasás de la comedia al drama, de la risa al llanto y es un ejercicio bárbaro porque es el mismo personaje en una sintonía diferente para cada situación.

—En 2010 decías que la serie Charly en el aire era un formato que podía llegar a tener hasta 10 temporadas, ¿por qué no siguió?

—Porque era una iniciativa muy a pulmón con mi socio Nacho Mendy y no nos estaba redituando económicamente. Probamos un año, otro y aparte cambió el gerente de programación en Canal 4 y el nuevo nos puso en un horario que nos mató. De haber sido un éxito, al año siguiente no lo fue. Podríamos haber seguido pero decidimos que ya había cumplido su ciclo.

—En esa ficción te animaste a producir, ¿qué pasó con 222 Films?

—La productora no la trabajamos más. Es muy difícil y desgastante la producción.

—Participaste en otras tantas ficciones (Constructores, A cara o cruz, El año del dragón), ¿qué te seduce de ese lenguaje?

—La televisión es una escuela brutal para el audiovisual. Lo que más me gusta es esa gimnasia constante de agarrar un guión en una escena, buscarle la vuelta, resolver, grabar, se terminó y pasar a otra escena. Esa dinámica te da un entrenamiento muy importante para el cine.

—¿Volverías a hacer ficción?

—Sí, claro, pero no produciría.

—Estuviste en Argentina filmando Dulce amor, ¿qué te dejó esa experiencia?

—Fueron picoteos los que tuve. Hubo un par de ficciones que se filmaron acá (Historias de diván y Dance!), pero Argentina es otro mundo. El nivel de producción está buenísimo, pero es difícil entrar y aparte tenés que instalarte allá. Y yo a esta altura iría solo con trabajo, porque ya estoy grande para ir a buscar, hacer castings y todo eso. Las dos películas que filmé y la posibilidad de rodar alguna otra son una linda alternativa.

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