En la ruta del cine

Tres días junto a Efecto Cine en la gira que los llevó a Rivera y a Bella Unión. Cómo se vivió la llegada de las pantallas en el norte del país.

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Por: Mariángel Solomita

Qué valor tiene el hábito de ir al cine en la identidad de un pueblo? ¿Qué lugar ocupan las películas en esas vidas cotidianas? ¿Cuáles son las historias que quieren ver? Sábado Show se integró a la gira de Efecto Cine y acompañó a su equipo a las funciones que se realizaron en la ciudad de Rivera y en Bella Unión. De las horas de ruta, la convivencia y las charlas con sus pobladores surge esta crónica.

Partimos de Montevideo un martes a las 7 de la mañana con lluvia, imparable hasta la noche en Rivera, poco antes de comenzar la exhibición. La camioneta tiene 5 asientos y capacidad para trasladar la pantalla chica, la grande, trípodes, el proyector, parlantes, sillas plegables y todo tipo de cables, cintas y zapatillas que luego de cada función se guardan en perfecto orden. Viajan Martín Gaviglio, Diego Roche, Ricardo Figueredo y Diego Parodi, el productor; en esta tercera gira de la plataforma llevan recorridos más de 4 mil kilómetros. Nos detenemos en una estación de servicio de Río Negro en busca de café. "No sé si hay otro trabajo que sea siempre el mismo pero tan versátil", intenta explicar Martín, pero como deja entrever este tipo de actividades sólo pueden describirse observándolas de cerca, las preguntas son inútiles.

El primer viaje, de 8 horas y 600 km hasta el otro extremo del país, fue más rápido de lo esperado. La coordinación en cada departamento se realiza con los centros MEC y las intendencias departamentales. Estas instituciones se hacen cargo del alojamiento, las comidas, y de servicios útiles a las proyecciones como la presencia de un electricista que se encargue de suspender parte del alumbrado del lugar de exhibición, la bajada de electricidad, el corte de calles y el préstamo de sillas, una necesidad que no es menor y que, según comentaron, no se cumple habitualmente. También deben contribuir a la difusión del evento: este es el punto débil. En las dos ciudades la gran mayoría de los entrevistados desconocía la propuesta, y esto es fundamental para prever una buena convocatoria de espectadores en localidades donde intervenciones de este tipo no son habituales. En palabras de Jean Cruz, actor riverense, "el que no venga tanta gente como debería también es fruto de la costumbre de ver DVD y de la falta de programación cultural. Estas propuestas son eventuales porque aquí no hay rubro, es un rescate de las identidades culturales, porque Rivera tenía 8 cines y se proyectaba en las plazas. Que ahora se haga turismo cultural con buenas películas, buena calidad de imagen, buen sonido, buena estética, es imperdible. Para mí hoy fue un encuentro vital con Vinicius de Moraes (la película proyectada) y con la cultura."

Sin gusto a sala. La plaza Flores está rodeada de puestos ambulantes de comida rápida donde a diario cenan más de mil personas. Paola atiende uno de ellos, no permite que se graben sus comentarios, le alcanza con decir que la única sala de cine que hay en Rivera está en la línea, y que aunque está a 6 cuadras del centro no quiere ir hasta ahí.

El armado de la pantalla demora una hora. La primera proyección, el cortometraje Ataque de pánico, está prevista para las 21.30. Eloy, de 16 años, se acerca a saludar y consultar la programación: su padre le avisó que hoy pasan cine, y el quiere ser actor. "Voy a empezar de a poco, ya hablé con algunos amigos y voy a entrar a una iglesia evangelista para trabajar en su canal de televisión haciendo un programa juvenil." Asegura que ir al cine es una actividad recurrente entre los jóvenes, pero tanto como pasear por el centro o salir a comer, "se va en la semana con los amigos, el fin de semana con la familia." Nunca vio un filme uruguayo, "me comentaron de El baño del Papa, que es muy buena, llegué a escuchar sobre Fede Álvarez, hasta vi el cortometraje y me parece interesantísimo, es que no está tan difundido entre los uruguayos el tema del cine nacional, es más reconocido internacionalmente."

La preferencia por las producciones nacionales fue una generalidad entre los espectadores de Rivera y Bella Unión. La mitad confirmó haber visto algún filme filmado en el país, los tres mencionados: El viaje hacia el mar, El baño del Papa, La sociedad de la nieve.

Junto a cada función Efecto Cine distribuye un cuestionario formulado por el CLAEH con el fin de conocer y analizar al público objetivo, entre los que lo devuelven completo se sortea una película. Comparar las respuestas escritas con las orales es sorprendente: las películas preferidas son las de acción, les gustaría ver más cine si tuvieran la posibilidad, y uruguayo antes que extranjero. Cuando se consulta qué película nacional recuerda aparecen respuestas como Tom y Jerry, Los tres chiflados, la Coca Sarli. Y querrían volver a ver filmes como Ben Hur, Lo que el viento se llevó y las películas de Cantinflas.

Ni la piratería. Sin el acento brasileño típico de los riverenses -que rindió para que el equipo hablara en ese tono dos días continuos- Wilder Corner, funcionario de la División Cultura de la Intendencia de Rivera explica que fue la piratería la que terminó con el cine, "es increíble, una ciudad enorme sin sala desde hace años." Otro punto de encuentro entre ambas ciudades es la conciencia de la piratería. "Es inevitable, aquí un CD que te sale $180 lo conseguís en la línea por $20. El último cine que cerró ahora es un free shop. El público está ávido de buenas películas, de ver algo formal, no comprado en Libramento."

En Rivera además del corto de Álvarez se exhibe La velocidad de los ceibos (Pablo Aguirrezábal) y Vinicius (Miguel Faría Jr.), largometraje de tono documental. Fue esta cinta la responsable de generar un ambiente de goce entre la población, que de a poco ocupó algunas de las gradas circulares y se arrimó con sillas plegables. Se desarma la pantalla y varios de los presentes se acercan a agradecer y despedir al equipo. Es inevitable sentir que esas visitas no son suficientes. Los resultados de estas experiencias se pueden analizar desde dos puntas. Por un lado como medio de formación de público cumple su función, pero cuánto deberá esperar -y cómo podrá- ese público afectado para acceder a este tipo de cine. En el caso de Rivera esta inquietud fue incorporada por las instituciones públicas, y por particulares: un periodista riverense realizará una recorrida por los barrios proyectando películas, repitiendo una experiencia anterior en la que se exhibieron en la plaza Internacional filmes cedidos por el Sodre, entre ellos algunos de Charles Chaplin. Termina la jornada. "Llega un punto en que estás automatizado", dice Martín, tratando de equilibrar la satisfacción de una buena función con el cansancio.

DesDe el agua. Sólo tres horas hasta Bella Unión, el tiempo sobra. Por la carretera pasan peones arriando ganado, algunos perros y ciclistas. En medio del camino un hombre hace señas y avisa que el arroyo Cuarón se desbordó, la ruta está inundada a lo largo de 3 cuadras. Opciones: ir a comprobarlo o dar marcha atrás y tomar el camino por Salto, 300 interminables kilómetros más de ruta con calor, hambre, sin una estación de servicio visible. Nada más que tereré, un mate helado con menta y limón que Ricardo -de nacionalidad paraguaya- tuvo la oportuna idea de preparar. Un árbol con medio tronco tapado de agua confirma que no se puede seguir. Con el mapa extendido y observando el cronograma se empiezan a revisar las posibilidades, ¿adelantar la función de Salto? ¿Suspender la de Bella Unión? ¿Tomar una ruta-en mal estado- alternativa? Hacer el camino largo y llegar a tiempo para la función.

Son más de las cinco de la tarde y al fin hay señales de un poblado. En un almacén de la desierta Villa Constitución improvisamos un almuerzo y terminamos los últimos ciento y pico de kilómetros hasta Bella Unión.

Ojos nuevos. Los niños quietos en primera fila se desperdigaron. De repente toda obediencia de no sentarse más allá de esa línea, de apretarse uno contra el otro y mover las cabezas para que todos pudieran ver, se desparramó en roces de ruedas de bicicletas que pasan entre cables, en una coreografía atolondrada para esa pantalla invasora que no saben qué va a mostrar.

En la plaza de Bella Unión los niños son mayoría. Hablan español, están bien vestidos y dicen palabras como fantasía y magia para describir cómo es ir al cine. Preguntan: la carpa es una huevera, la película no tiene colores, hasta cuánto hay que contar para que empiece. Están juntos en esto. Saben que si corren, si se alejan, si se ensucian, un grito los va a alejar de eso que aún no empieza, pero los estremece como si de esa mole de plástico salieran unos dedos finos con ganas de hacerles cosquillas.

A la espera de que comience la función tienen un nuevo juego: cazar los murciélagos que vuelan entre los árboles, pero las bicicletas no llegan tan alto y desisten. La única sala de cine está a media cuadra, en la puerta de vidrio hay colgados afiches de Avatar. Martín, de 8 años, habla con suficiencia, entrecerrando los ojos "voy al cine todas las semanas." A su lado, la madre confiesa un poco avergonzada que la última película que vio fue Tiburón (1975). Chabeli, de 6 años, observa cómo se infla la pantalla y cuando queda pronta mira a la tía y le dice "¿No te dije yo que era más grande que la estatua?" La tía afirma que el cine cambió la vida en Bella Unión, "yo me crié en el cine, ella no me cree cuando le cuento que íbamos los domingos a ver tres películas seguidas." Literalmente creció entre proyectores, el cine pertenecía a su familia. Luego de años de estar cerrado, el Cine Norte reabrió hace un par de años-tras un convenio entre los dueños, la Intendencia y el Ministerio de Cultura-, reacondicionado y con un escenario que también le permite cumplir como teatro. "Es una forma de llegar a mucha gente que por otros medios no podés acceder, tiene magia. Nos falta lo nacional, es como que tienen miedo de traernos lo nuestro, inclusive pasa con el cable, llegan muy pocos canales de Montevideo. Estamos bombardeados por contenidos brasileños y argentinos. No es fácil integrar a la ciudad algo que está tan lejos, porque al estar en la frontera no tenemos difusión de lo nuestro, en Artigas es peor, es Brasil."

POR LOS SENTIDOS. Bella Unión, es sabido, vive en función de Alur. Diego, de 21 años, es productor de caña de azúcar como su padre. Hace unos meses fue junto a su novia por primera vez al cine: "Vimos Arrástrame al infierno, de terror y fue emocionante. No sabíamos que el clima era tan riesgoso, los ruidos...¡hasta temblaba el piso!" Según cuenta, hay 15 video clubes en la ciudad, todos copian las películas. "Ir al cine sale $60 por persona por mes, y vas a ver todas las funciones-sólo hay funciones viernes, sábados y domingos-. O $150 si es familiar, hasta 5 personas. Antes del estreno tenés la película en DVD, los mismos policías van y compran las películas piratas. Si alquilás te sale $20, pero comprarla $30, ó $50 si es estreno. Hay un sólo video que es legal y está prácticamente en quiebra."

En la plaza hay bancos de hormigón descoloridos y enfrentados. Las personas no se deciden a quedarse, pararse, sentarse, inmóviles en esa actitud inconclusa. Algunos eligen el cordón de espaldas a todo, mirando hacia la calle con ruidos a chicharras, alarmas y motos. Una señora se sienta en un banco: ve el perfil de la imagen y no quiere moverse. Tomando mate, María dice que ella sólo ve películas cristianas. Su amiga, de 63 años, trabajaba en el cine, nunca quiso ver una película. "Lo mejor que hay es ir a la Iglesia y aceptar a Dios, es el único camino." La cuestión religiosa no es menor. Así como estas señoras no presenciaron la función, otra espectadora comentó que hay gente que no asistió pensando que se trataba de una proyección de la Iglesia Pentecostal, que sería al día siguiente.

En la pantalla los robots destruyen Montevideo. Una niña se aprieta las manos, mira a su lado y abraza a otro niño más chico que ella. "Me da miedo porque en Montevideo viven mis parientes, cerca de ese edificio con aleta de tiburón". Comienza El hombre muerto (Julián Goyoaga). Aplausos por el apoyo de ALUR, aplausos cuando en los créditos aparece el nombre de Raúl Sendic. Sigue Mutum (Sandra Kogut): dos niños brasileños juegan, viven en el campo rodeados de animales; no son como los que hay aquí. Es tarde y de la fila de niños sólo queda uno -no tiene más de 5 años- sentado a lo indio. Descruza las piernas y camina decidido, mirando fijo. Se acerca firme, su nariz casi pegada al plástico negro y sin cerrar los ojos que subió hasta los rostros distorsionados de grandes estiró la mano con la palma bien abierta para sentir la pantalla, y volver caminando sereno a su lugar.

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