Comenzó a tatuar cuando tenía 15 años gracias a un amigo que le trajo una máquina. Hoy, con 41, Nacho Debia, conocido como “el tatuador de los famosos”, cuenta sobre su vida, hace un repaso por los distintos momentos del tatuaje, y cuenta cómo llegó a convertirse en uno de los artistas más reconocidos en su ámbito. También dice por qué no le gusta el título mediático que se le adjudica, y revela que cada tatuaje tiene una historia: “Es la forma en la que trabajo”.
“Arranqué en el barrio hace 25 años, cuando el tatuaje no estaba tan bien visto como hoy. Empecé con unas máquinas caseras que me trajo un amigo y desde ese día no paré”, dice Nacho Debia, que entonces tenía 15 y hoy, con 41 años, es uno de los tatuadores más reconocidos del ambiente nacional.
Todo comenzó como un hobby: le gustaba tatuar, y esperaba que llegaran los fines de semana para poder practicar porque, dice, nunca lo vio como un trabajo.
De a poco se fue transformando en un modo de vida, y dice que siempre contó con el apoyo de sus padres, que veían su pasión igual que la veía él: como dibujos en la piel.
“No como la mayoría de la gente, que creía que era algo de presos o de drogadictos”, dice Debia, que entiende que entonces no era normal que alguien con tatuajes caminara libremente. “Te miraban de costado si tenías un escorpión en el brazo o unas letras. Era impensado entrar a trabajar en un comercio con un tatuaje a la vista. Todavía queda algún lugar así”.
Llegó un momento en el que Debia tuvo que decidir si seguía trabajando en la empresa donde cumplía funciones o se tiraba al agua con los tatuajes. “Y con nada puse mi local, entonces no tenía ni una mesa para poner el catálogo porque, en ese momento, se trabajaba así, y había gente que daba vueltas, pasaba por ahí y elegía un tatuaje como si eligieras una prenda”, relata.
Hoy, su trabajo lo define como personalizado. “Adopté un modo que me caracteriza y me permite respetar un poco mi nombre y la manera con la que me manejo en general. Me buscan por eso, porque es la manera que tengo de tratar a las personas. Vienen, me cuentan su historia, no hacemos un tatuaje vacío, no es un tatuaje solo porque te gustó el dibujo”.
—No se trata de elegir un tatuaje como en un supermercado. ¿Detrás de cada tatuaje hay una historia?
—Claro. Ni bien abrí el local empecé a ir a convenciones, a participar, he ganado varios premios en el medio del tatuaje. Tengo más de 40 reconocimientos a nivel nacional e internacional. He organizado las dos primeras convenciones que se hicieron en Kibón, trajimos gente muy grosa de afuera y (los eventos) fueron declarados de interés turístico y nacional. Fue un estrés muy grande porque no era solo convocar y juntar la gente, es la responsabilidad, el que salga todo bien.
—¿Cuándo empezás a notar que tenés cierto nombre en el ambiente?
—La verdad, nunca me pasa de sentir que tengo tanto nombre. Sí me pasa de tener situaciones donde la gente viene y me lo dice, pero yo vivo otra realidad. No caigo mucho en decir que soy tal cosa. Al contrario, me pasa que me escriben personas que fueron recomendadas y cuando entran al estudio, los que no me conocen no saben ni mi nombre. También tenés otros que casi te hacen una reverencia, y para mí no es por ahí. Yo soy un agradecido de poder trabajar de lo que me gusta, por eso para mí no es trabajo: es hacer las cosas con ganas sin importar la plata, ni nada.
—Imagino que también te tiene que gustar a vos el tatuaje que vas a hacer, porque vas a estar varias horas en eso...
—Sí, sin dudas. Yo no hago algo que no quiera hacer. Esa es una virtud que tengo. “Tal cosa no es para mí, tal vez te conviene preguntarle a Fulanito que sé que se va a colgar más haciéndolo”, y doy un paso al costado. Trato de hacer algo que cuando lo muestres, te sientas cómodo al tenerlo, y yo al hacerlo.
—Y si bien el título de “tatuador de los famosos” no te gusta mucho, tenés entre tus clientes a Kairo Herrera y a varios jugadores de fútbol.
—Sí, me pasó que siempre quise trabajar del tatuaje, pero a veces iba a las convenciones y sacaba tres primeros premios pero se enteraban las 200 personas que iban a la convención, y a veces le hacía un tatuaje a Claudia Fernández y se enteraba medio país. Y no es lo mismo. Una convención requiere que alquiles un stand, que estés tres días sin trabajar porque estás cien por ciento abocado al estrés de la competencia, y si es en Argentina o Brasil, es lo que requiere ir y quedarse allá. Sin embargo, los logros que tenés ahí son de aprendizaje; ir a una convención es más como una escuela que la publicidad que te da. Y el hacerle un tatuaje a Claudia, o a Kairo y Jéssica Zunino, te da una repercusión impresionante. Lo que me pasó con la gente conocida fue que empecé a tatuar a un jugador de fútbol, y como en todos los rubros, al compañero le gustó el tatuaje, pidió el contacto y así se fue dando. Eso me pasó con los jugadores y con la gente famosa de los medios. Le hacía un tatuaje a alguien de un canal y me iban recomendando.
—Hay tatuadores que se especializan en el blanco y negro, otros en colores... ¿Cuál es tu estilo y cómo se subdivide el mundo del tatuaje?
—El estilo que manejo es realismo, es lo que más me gusta hacer. Pero dentro del realismo, me gusta mucho el blanco y negro. Trabajo el color y es lo que más llama la atención, pero no es lo que me encanta. Me gusta trabajar a mano alzada, como dibujar encima de la piel con marcadores, porque eso es lo que te caracteriza en el estilo. La industria del tatuaje ha crecido un montón porque hay tatuadores que tatúan lo que imprimen, y es como una copiadora. A mí me gusta mover un poco más la muñeca y darle otro sentido que a la larga se termina convirtiendo en tu estilo.
—¿La gente te va a ver por ese estilo de tatuar?
—Sí, lo que piden es que quede parecido a, o más o menos lo que tengan visto. Mi estilo también ha mutado en estos años. Por ejemplo, en el blanco y negro antes hacía determinados firuletes que ahora no. (...) A veces viene gente muy mareada, llena de tatuajes en la cabeza y de cosas que quiere hacerse, y el tatuaje es el fiel reflejo de lo que tenés dentro de tu corazón. Lo que llevás en tu corazón y no lo querés olvidar, así sea tu madre, tu abuela, un cuadro de fútbol, una banda, lo que ames y quieras tener reflejado. Así se transforma un tatuaje, del corazón a la piel. Es como lo siento yo.