MÚSICA

Entre el caos y las canciones

Editó uno de los mejores discos del año a nivel nacional y, mientras recibe críticas positivas, procura hacer de su carrera musical algo redituable. Papina De Palma puso todo sobre la mesa, sus historias de perdedora incluidas, para elaborar un repertorio de amor romántico del que a veces trata de salirse, pero que a la vez le queda cómodo.

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Foto: Darwin Borrelli.

Ahora, sin guitarra propia y cada vez más consciente de lo prolífica que la vuelve el caos, le toca salir a mostrar las canciones de Instantes decisivos y afirmar su lugar en el panorama de cantautores rioplatenses, que siempre está en constante crecimiento.

Papina De Palma sigue aclarando que ese es su nombre real, sigue tratando de escribir canciones que no sean de amor, sigue sin tener una guitarra propia (fue una de las tantas cosas que vendió para grabar su disco) y se sigue sorprendiendo cuando la comparan con Julieta Venegas, cuando la realidad es que no tiene demasiados puntos de contacto con la mexicana.

Y sigue feliz con su primer disco, Instantes decisivos, que editó Bizarro hace cuestión de semanas y que ha tenido muy buena repercusión. Esa felicidad la ha venido manifestando desde que arrancó este proceso, hace más de un año; pero seguramente la arrastra de mucho más atrás, de cuando era adolescente, vivía en Colombia y empezaba a hacer canciones que ahora le causan un poco de gracia.

"Para mí grabar un disco era un deseo muy anterior a la grabación. Hace mucho tiempo que lo deseaba", dice. "Probé con algunos productores de acá y después llegué a Juanito El Cantor, que es argentino y quiero grabar todos mis discos con él. Me acuerdo pila del día que llegué a Buenos Aires a hacer la preproducción del disco, que él me fue a buscar y cuando subí al auto nos dimos un abrazo y me dijo: "ay, estás acá". Y para mí eso fue el mundo", dice. Lo cuenta mientras se acuerda que aquel día fue a la Facultad de Agronomía bonaerense, que comió —como le dicen allá— un sandwich de bondiola, y se le eriza la piel.

Para llegar a este presente que es casi todo color de rosa, a Papina De Palma le tocó tener una banda en suelo colombiano, volverse sola a Montevideo para empezar una carrera que al final no era lo suyo, pedirle a sus amigas que le dieran la espalda para poder mostrarles sus canciones, y empezar a golpear puertas con la intención de, en algún día, grabar todo ese material que se le estaba acumulando.

Y cuando una puerta se abrió tuvo que hacer una campaña de crowfunding para recaudar algo de fondos, vender sus pertenencias (la guitarra incluida), instalarse en Buenos Aires un año y medio y volver después. Hoy, con 25 años, esta integrante de Coralinas con prometedora carrera solista, dedica su día a la música: a componer, a autogestionarse, a tratar de vender su producto y a tratar, también, de no frustrarse.

"Cuando recién me vine de nuevo para Montevideo, que mi papá me dijo que me ayudaba económicamente, pensé que tenía que conseguir algo fijo urgente porque eso es lo que hace todo el mundo", dice. "Pero después pensé que tenía una oportunidad de dedicarme full time a la música mientras me ayudan, entonces la quiero aprovechar. Tengo una deuda que me quedó del disco, con prestamistas amigos, que no sé cómo la voy a pagar, pero estoy tratando que todo esto sea redituable", comenta.

"Todo lo que hice para el disco siempre terminó sorprendiéndome, porque fue mucho mejor de lo que podía esperar", dice convencida.

—¿Y ya tenés la necesidad de hacer otro?

—Total, porque cuando uno saca su primer disco siempre está desfasado. Ahora saqué este y para casi todos los demás las canciones son nuevas, pero para mí no. Una particularidad que tiene este disco, por ser el primero, es que tiene canciones de todas las épocas: "Vuela, vuela", que es la primera, la hice cuando tenía 15 años, y "432" es la más reciente. Pero ahora tengo que explotar este porque se lo merece.

—Cuando hiciste la campaña de crowfunding estabas muy entusiasmada con todo. ¿Tuvo momentos malos el proceso?

—No. Sobre el final sí me pareció que no se terminaba nunca. Corregíamos la mezcla, y la corregíamos otra vez, y otra vez, y revisábamos el master, y había que esperar que el que lo hacía tuviera tiempo, y pensaba que nunca íbamos a terminar. Al final se volvió angustiante en cierto sentido.

—En muchas de las canciones de este disco tu postura es la de la perdedora.

—Es que muchas veces lo soy. La situación de gustar de alguien que al final era un nabo o no me daba bola me era una situación muy común, y hasta hace un tiempo así eran la mayoría de las composiciones. Pero como me resulta muy fácil escribir de ese tema, creo que en un punto yo me gestionaba mis propias situaciones bizarras para tener sobre qué escribir. Espero que inconscientemente (se ríe). Pero ahora empecé a darme cuenta que todo el tiempo estoy buscando el caos; no es sólo en el romance sino en todo que el caos me vuelve más prolífica. Lo provoco todo el tiempo, es un motorcito para mí. Estas canciones son de amor romántico, medio tristes.

—Pero vos no sos así.

—No, es que se ve que canalizo todo por ahí y después quedo contenta. Igual estoy contenta cuando vengo a las notas, pero también a veces estoy triste, tengo grises salados como todos. Tengo mis grises poderosos.

—Hacés letras extensas. ¿Cómo sabés que están terminadas?

—Normalmente, cuando las muestro. De repente se la muestro a alguien o la tiro en vivo y digo: "ya es una canción". Ahora estoy imponiéndome ejercicios de escritura para cambiar un poco las temáticas, porque está bueno. A mí me gustan las canciones de amor, porque además es como que estuviste triste pero no fue al pedo. Ahora está en mi casa Juliana Celle, que es poeta de La Plata, entonces nos ponemos las dos la misma consigna, ella para hacer poemas y yo para hacer canciones. Estamos eligiendo objetos inanimados para escribir de eso desde cualquier punto de vista. Al final es lo mismo, sólo que limitando la creatividad.

—¿Y cómo te lleva?

—Me encanta. Hice una de una cámara de fotos, tengo una de un tren. Y todos los objetos soy yo; el único punto de vista que conozco es el mío entonces los convierto en mí.

—¿La melodía la construís alrededor de eso?

—Sí. La guitarra es lo que más me cuesta; no sé tocar muy bien. Me acompaña y no me da vergüenza, pero me estresa y preferiría no hacerlo.

—¿Qué querés generar con tus canciones? ¿Qué querés decir?

—No sé. Me parezco soberbia de solo pensar que quiero decir algo, no siento que tenga ese poder todavía. Quiero que la gente escuche mis canciones, que les gusten, que sean canciones compañeras. No pienso en algo concreto que yo quiera decir.

—¿Qué música te acompaña?

—Ahora escucho a varias colegas uruguayas, escucho La Nube Mágica que es la banda de Juanito. El único disco en inglés que tengo en el celular ahora es el de Dirty Projectors, con unos arreglos de voces rarísimos.

—¿Se impuso la sensibilidad femenina en la música uruguaya?

—Puede ser. A veces me parece forzosa la división entre femenino y masculino, no es necesaria. Y lo que yo siento que me une a otras colegas mujeres por ahí no tiene nada que ver a nuestro útero, puede ser lo mismo que me une a un colega hombre.

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