Taylor, que junto al guitarrista Buddy Guy tenía uno de los dos nombres más prestigiosos del blues de Chicago, hubiera merecido otra despedida.
Por: Elbio Rodríguez Barilari
Esta música, nacida en el siglo XIX en el delta del Mississippi, llevado a la ciudades, transferido al piano, a los vientos y luego a la guitarra eléctrica, es la madre de casi toda la música popular de este país.
Uno de sus mascarones de proa, la cantante Koko Taylor, acaba a de morir en esta ciudad de Chicago, a los 80 años. El parte medico dice que de complicaciones tras una operación gastrointestinal.
La estrella del blues, universalmente reconocida por grabaciones como Wang Dang Doodle o I am a woman, vivió en Chicago durante más de cincuenta anos.
Había nacido en 1928, en una granja cerca Memphis, Tennessee, y su verdadero nombre era Cora Walton. Su infancia fue de una extrema pobreza. Ella y sus tres hermanos dormían en catres, en un ranchito sin electricidad ni agua corriente.
A los once años quedo huérfana y sobrevivió recogiendo algodón en las plantaciones por un salario escuálido. A comienzos de los anos 50, se mudó a Chicago con su primer marido Pops Taylor. En esta ciudad se ganó la vida como empleada doméstica.
Su relación con la música se estableció a través de los tradicionales coros gospel de las iglesias evangélicas negras. Ya en Chicago, los fines de semana frecuentaba clubes de blues, un género que en ese entonces vivía su época de oro.
Acá estaba la sede de Chess Records y acá vivían y grababan referentes como Muddy Waters, Howlin` Wolf, Willie Dixon y toda otra pleyade blusera.
Justamente fue Willie Dixon quien le propuso, en 1965, que grabara su tema Wang Dang Doodle.
En la voz acerada y rugiente de Koko Taylor este tema se convirtió en un éxito inmediato, abriéndole las puertas a una carrera como pocas.
Fue una de las primeras mujeres en ser líder de su propia banda de blues, marcando el camino a muchas otras, desde la formidable Big Time Sarah hasta la más contemporánea Shemekia Copeland.
Fue justamente a mediados de los Sesentas que el interés de músicos británicos, como los Rolling Stones, John Mayall, Cream, etc. descubrió para los Estados Unidos blancos, y para el resto del mundo, los tesoros de esta música afroamericana.
De golpe, bluseros como Muddy Waters, Howlin` Wolf, B.B. King, John Lee Hooker y tantos otros, comenzaron extensas giras incluyendo Europa y Japón, alcanzaron nuevos récords en las ventas de sus discos y también un mayor respeto en su propio país. Y con este movimiento creció también el prestigio de Koko Taylor.
Con la ventaja de que Koko Taylor ni bebía, ni consumía drogas, ni practicaba la bohemia típica del género. Lo cual le permitió una larguísima e intensa carrera.
Por el año 99 o 2000 se abrió en la zona del agite chicaguense de la avenida División un club de Koko Taylor. Ahí me tocó apreciar como le tiraba la bronca a un bajista que no estaba tocando bien del todo. Y con ese vozarrón, imaginate. ¡Que carácter! Pero como cantaba…
Lamentablemente, ahora es todo hip-hop. Los negros no van ni a los pocos clubes de blues que todavía quedan en sus barrios. Los blancos locales van muy poco. Así que el público son puros turistas.
En Chicago, un músico de blues gana 70 dólares por tocar de las 9 de la noche hasta las cuatro de la mañana. Y tiene trabajo dos o tres días por semana, como mucho.
Glorias como Magic Slim o John Primer me han comentado que tocan acá para mantener la banda en rodaje, pero que sus verdaderas fuentes de trabajo están en Europa y Japón, donde además los respetan como artistas.
Ahora, el fallecimiento de Koko Taylor es como otro adiós a lo que nos quedaba de esos años dorados del blues. Y en esta despedida no puedo menos que mandarle un abrazo mental a los bluseros de siempre, Daniel Bertolone, el Flaco Barral, Jorge Graf, Andrea Curbelo, Jorge Nasser, Erika Herrera, Juan Faccini, Roy Berocay, Gato Eduardo, y los integrantes de nuestra vieja y querida Planeta Blues, Gonzalo Gutiérrez, el Wacky Méndez, Gonzalo Gravina, Tato Moraes, Martín Muguerza, Leo Anselmi, Alfredo Monetti. Y al Flaco Pérez, claro.
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