Vampiros pobres pero sinceros

| Un grupo de amigos fanáticos del comic y las películas se vuelve productora de cine amateur en sus ratos libres. Vampirismo, suspenso y terror asolan Montevideo en la máxima expresión del "todo por dos pesos". Cuanto peor la película, tanto mejor.

 que pasa 20060812 200x155

VICTORIA MELIAN

Cuando Zorrilla de San Martín definió a Gonzalo de Orgaz, en Tabaré, como un joven "bizarro" quería decir que el caballero era "valiente"; así dicta la Real Academia Española. Pero que László Erdélyi, el señor que con traje impecable y mirada de primera comunión anuncia los titulares del diario El País en la tele, actúe en una película de vampiros es, además, bizarro en el otro sentido que se da al término, adquirido del francés bizarre: "raro".

Erdélyi, confundido frecuentemente con un actor por los televidentes, es sin embargo un periodista cultural de larga trayectoria cuya familia proviene de Transilvania. Serio, atildado y de modales suaves, interpreta el pequeño papel de un húngaro experto en vampirismo en el filme La Balada de Vlad Tepes, una realización de presupuesto casi nulo que comenzó a filmarse en Montevideo, sin plan de rodaje, catering, dirección de arte ni vestuario, y que podría estar finalizada igualmente dentro de tres meses o dentro de un año. El reparto no es para nada intrascendente: incluye actores prestigiosos, personajes mediáticos, coleccionistas irredimibles, familiares y periodistas de extenso currículum.

Así trabaja Guzmán Vila, un fanático del cine de terror que durante el día cumple horario en la sección de antigüedades de un remate de la Ciudad Vieja y cuando puede hace películas con una camarita mini DV, un frasco de ketchup, bombitas de 20 pesos y unos amigos de fierro. Entre ellos Carli (Carlos Lugli), colaborador intachable cuya cámara, la segunda, es cedida con generosidad; Vila jamás olvida mencionar a los suyos.

En estos días el equipo comenzó a filmar La balada de Vlad Tepes, secuela de Sangre en La Mondiola, primer largometraje de Vila en el que un corrupto policía vampiro y su compañero, un negro llamado Negreira, perseguían a un asesino en serie por Montevideo. Suspenso, asesinatos, humor pesado y actuaciones amateur en un guión disparatado refuerzan el estilo Clase B de la película.

Las casas de los personajes son las mismas en las que viven los improvisados actores y los autos que manejan son los que conducen a diario. "Tratamos de ser lo más políticamente incorrectos", dice Vila de una producción que incluye en sus diálogos frases como: "La única iglesia que ilumina es la que arde". Que los muertos de la primera parte vuelvan a la vida en la secuela o que un actor reaparezca interpretando al hermano gemelo de un personaje asesinado no se ven como incongruencias, sino -además de una necesaria economía de recursos- como comprometido homenaje a una intensa afición que los participantes comparten en la vida cotidiana: el cine fantástico.

Entre focos y actores

-Me tengo que ir antes hoy, Pepe.

-Bueno. ¿Qué tenés que hacer?

-Mire la página de espectáculos del diario.

Vila dejó Bavastro a las seis de la tarde, apenas un poco antes de su horario habitual en el remate donde es empleado desde hace 16 años, que es la mitad de su vida. Ese día la prensa anunciaba el inicio de su nuevo emprendimiento. Es a través del remate que consigue objetos y contactos fundamentales, como la clienta que prestó su camioneta para trasladar material necesario para la filmación a una casa cedida por un amigo, también conocido a través de Bavastro.

Walter Reyno -"un maestro", según Vila- llegó puntualmente al primer día de rodaje, su única jornada en la película. "Flaco, tengo estos lentes" mostró, "pero traje estos otros, más cajetilla, que capaz que te sirven", ofreció. En el bolsillo traía una corbata que no fue necesaria. Hasta ahí llega el rubro vestuario.

Reyno es un actor conocido por dar su apoyo a emprendimientos en donde el dinero no es precisamente la principal motivación, como los trabajos de estudiantes de cine. Se prestó amablemente a participar incluso sin haber visto el antecedente de la película. La conexión la proveyó Matías Castro -joven periodista y organizador del ciclo de convenciones Montevideo Comics, además de uno de los protagonistas de Sangre en la Mondiola- que tenía el contacto porque lo había conocido en un casamiento.

Modesta pero prolija, la locación estaba montada desde temprano para la escena, en la que dos periodistas visitan al dueño de la casa, que se supone embrujada, para pedirle una nota. Aunque el dueño no confirma los supuestos espíritus que rondan el lugar, esto no es obstáculo para uno de los periodistas, bastante inescrupuloso como quedará claro más adelante, que trabaja para un programa de televisión de nombre sugestivo: "Escoria humana". Gustavo Escanlar llegó con atraso pero cumplió con la cita acordada, para interpretar la versión ficticia de su persona; Vila y sus compañeros tuvieron oportunidad de constatar que es mucho más serio de lo que parece por la tele y un tipo "re bien".

Un foco de origen chino, el más barato de plaza, ya había agotado para entonces sus cortas horas de vida útil y se quemó. "El armazón sale 350 mangos y 20 pesos las halógenas. Antes usábamos las Philips que eran más caras, ahora vinieron las chinas. La onda de esas lámparas es que cuando las vas a mover las tenés que apagar, pero nunca pasa, las movemos todas prendidas" es la concreta explicación del director, que agrega que parte de la gracia radica en una serie de "errores involuntarios que quedan bien".

Diego Varela, el único profesional del equipo de técnicos, estimaba que habría sido bueno utilizar un foco de 1.000 watts -no de 500, como el quemado- en la fotografía de la escena de la escalera. El percance favoreció a Varela: el repuesto disponible resultó ser de 1.000 watts por una provechosa jugada del azar.

Vila estaba nervioso. Era la primera vez que dirigía un actor de prestigio y la cuestión de los rodajes lo pone maniático. También estrenaba la figura de un director de fotografía con el que tenía que debatir opiniones sobre la ubicación e intensidad de la luz, una máquina de humo y un foco en la puerta que era fácil presa de cualquiera que pasara esa noche por la calle Buenos Aires. Su esposa -y co-montajista- hizo el papel de la periodista "buena". Había unos candelabros que además de escenografía aportaban iluminación, un paquete de papas fritas y unos atriles acondicionados con ingenio para sostener las luces en alto. Se filma con lo que hay, entre el "justo había" de las cosas y el "justo faltó" de las personas. Ese día justo llegó Amaral García, camarógrafo de TV Ciudad, a dar una mano y no dijo ni pío cuando su celular se hizo pedazos en caída libre por el hueco de la escalera.

Sangre en La Mondiola se estrenó en Montevideo Comics, el festival anual de los cultores del género de historietas, que incluye proyecciones cinematográficas. También se exhibió en la muestra de cine Montevideo Fantástico. La distribución corrió de mano en mano. No hay muchas oportunidades de acceder a las copias de la película, aunque próximamente se editará en DVD y estará disponible en la librería especializada El rincón del coleccionista, en la librería de Cinemateca Pocitos y en el quiosco Palace, bajo el Palacio Salvo. La pretensión inicial, como declara Vila, era que los que trabajaron en la película se quedaran contentos. Sin embargo, muchas personas fueron entusiastas con el emprendimiento y eso animó a jugarse a otra aventura.

El periodista cultural y experto en temática fantástica Elvio Gandolfo interpreta a un cura cinéfilo y aprovecha su actuación en Sangre en La Mondiola para dejar en claro su desprecio por Kill Bill vol. II, opinión guionada por él mismo, con la que discrepa la totalidad del equipo. "Son viejos amigos todos. La película es fluida, entretenida, se mete con cosas que no se ven generalmente. Me escribí el papelito y mi participación fue ir un día, filmar y listo" dice de un divertimento que nadie se toma en broma.

Erdélyi, descendiente de húngaros, está aprendiendo el idioma de su padre para decir su parlamento el día que le toque, una fecha por el momento incierta. Aceptó participar por las características del proyecto: "Parodian de manera seria todo el fenómeno. Tienen la voluntad y la entereza para marcar en su vida una opción que permite, más allá de sus obligaciones laborales, tomar por un camino lúdico para disfrutar de un género, en este caso el terror". Agrega otro adjetivo fundamental, dice que es una actividad "sana".

Desde los inicios del género, a principios del siglo XX, hombres lobo, criaturas deformes, monstruos, muertos vivientes, psicópatas, vampiros y extraterrestres han desfilado ante las cámaras para generar una emoción irresistible para millones de personas. La irrupción de lo irracional en la vida cotidiana, con la muerte como amenaza constante, conoce infinidad de variantes entre las cuales el gore, el subgénero más sangriento con un argumento no más elaborado que un destripadero con pedazos de encéfalo estrellándose contra las paredes, fue utilizado con frecuencia en los inicios de directores que con el tiempo adquirieron sólido prestigio en otra clase de cinematografía. Peter Jackson, el director de la saga El Señor de los anillos, se inició con Mal gusto, una comedia de terror sobre una invasión alienígena a un pequeño pueblo neocelandés cuyo objetivo era hacer de los humanos hamburguesas. La historia de un loco armado con un hacha descuartizando gente en una mansión, titulada Demencia 13, precedió a El padrino y al Drácula con presupuesto de grandes estudios de Francis Ford Coppola. Fue después de iniciarse en el mundo del cine con camioneros psicópatas que perseguían automovilistas que Steven Spielberg se convirtió en el dueño de Hollywood.

No es el caso de John Carpenter. Aunque ganó el premio de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood por un cortometraje realizado a los 22 años, nunca será definido como "el ganador del Oscar" antes de su nombre. Sus oscuras películas de bajo presupuesto incluyen hasta el día de hoy muchos muertos sin escenas de sangre indiscriminada, personajes de personalidad poco definida y moral ambigua, guiños constantes, referencias al western y el sobreimpreso "John Carpenter`s" antes del título. Es el adorado director inspirador de Guzmán Vila que en homenaje agrega un apóstrofe y una "s" a su nombre antes del de sus realizaciones.

Vila se rapa a cero, tiene amplios tatuajes bajo la ropa -la cara de Carpenter incluida- y se inició hace años en la música en el grupo Los amables donantes, cuyo nombre podría relacionarse con el vampirismo equivocadamente; sólo delata su afición al humor de los juegos de palabras. Nunca podría describirse como una persona oscura, aunque sí como alguien tenaz. Sabe que en el equipo de cineastas es una pieza clave para llevar las ideas a imágenes desde que se presentaron a Video Relámpago en 2004, con mucho entusiasmo y dos frascos de sangre comprados en La casa de los chascos. Sabe que es el director. "Aunque Homero Alsina Thevenet decía que una película donde trabajan 200 tipos no puede ser de una sola persona, alguien la tiene que dirigir", sostiene. El resto del equipo lo reivindica en el puesto y le cede el sitio de relevancia aunque las realizaciones demandan un esfuerzo físico, intelectual y logístico aportado en cuotas equivalentes.

Por un puñado de dólares

La producción de Sangre en La Mondiola no superó los 250 dólares de presupuesto total. La secuela tal vez cueste un poco más, unos 300, que salen con cuentagotas del bolsillo del director con la ocasional colaboración de alguno de sus incondicionales. Se gastan en casetes, locomoción y algún alimento y no incluyen el equipamiento técnico, las cámaras y los tachos de luces de los que ya disponían. Los únicos micrófonos que se usan son los de las cámaras; después hay que doblar los diálogos. El hecho de ir dos días antes a conocer a Diego Varela, el director de fotografía, y acondicionar el lugar, representa un avance en la profesionalización del equipo.

La balada de Vlad Tepes mostrará un par de escenas de acción, más complicadas que las de Sangre en La Mondiola, pero realizables, y una escena en Piriápolis. En la primera jornada de rodaje una falla de origen de los casetes determinó que algunos planos presentaran problemas en la imagen, lo que reduce la edición a los planos que se conservan. El presupuesto no prevé la repetición de escenas.

Si le dieran 300.000 dólares Vila seguiría haciendo lo mismo, tal vez un policial negro, una película más "tarantinesca", de suspenso más efectivo, con la misma estética pero mayor presupuesto para focos, porque odia el granulado de la imagen: "De día, con la cámara y un trípode, le ponés menos exposición para que no se quemen las caras y ya está. La luz del sol es lo mejor que hay. Pero nosotros, haciendo películas de vampiros… con la noche es difícil filmar acá. No estás en Las Vegas que hay neón por todos lados. De repente hay un foco en la calle cada dos cuadras".

El verdadero Tepes

Nadie se habría embarcado en La balada de Vlad Tepes de no haber sido por Silvio Galizzi, que es el autor de la mayor parte del guión de la película y lo más parecido a un productor. Con una actitud más sobria que la del director, evalúa las posibilidades de la realización y se encarga de las relaciones públicas para llevarla adelante. Consiguió que su antigua compañera de escuela Mirella Pascual aceptara interpretar a una cajera de supermercado después de ver Sangre en La Mondiola y aportar su crítica a las actuaciones.

La vinculación de Galizzi con Vila se remonta a la adolescencia del devenido director. En el corto que realizaron en cinco horas para su debut cinematográfico en Video Relámpago el argumento giraba en torno a un barrendero asesinado por una pandilla de vampiros que tomaba posesión de su hijo. El papel del barrendero lo interpretó Herardo Trápani, que podría definirse como el actor fetiche del grupo: es Negreira en la saga de Tepes y un pae umbandista en Pesadilla color, un corto rodado en dos días en un balneario de la costa de Canelones en el que Galizzi encarna a un asesino. Galizzi es también abogado de la sección jurídica del Banco de Seguros del Estado y se encarga del papel protagónico de las dos películas -Vlad Tepes el vampiro- sin ninguna vergüenza. Cuando era niño ya leía Barranca abajo en la clase con actitud y entonación de escenario.

"Queremos hacer algo de género, no gore berreta. Dentro de lo absurdo, que sea creíble" dice, partidario de prescindir de las escenas imposibles para apostar a la acción, el suspenso y el terror. Una de las reglas básicas de la credibilidad en el bajo presupuesto empieza en el guión: el personaje tiene que parecerse lo máximo posible a quien lo va a interpretar.

Vestuario completamente negro -camisa, corbata y traje-, el pelo recogido en una cola de caballo, barba y un leve bigote conforman el identikit de Galizzi. Tiene mandíbulas fuertes, espalda ancha y una cara recia que le va muy bien al personaje. Algunos de sus compañeros de la oficina pública vieron Sangre en La Mondiola y dicen que les gustó. Otros ni siquiera saben que algunas noches es vampiro para las cámaras.

Eros y Tanatos, la esencia del mal, la vida en las tinieblas, sensualidad e inmortalidad, la sensibilidad al ajo y las cruces, todos los elementos que componen el mito del vampiro, atrajeron su interés desde chico. Galizzi recuerda la primera película de terror que vio: Las novias de Drácula, en un cine de Salto durante unas vacaciones familiares a los 12 años. No durmió por dos semanas y quedó prendido del cine de género, todo tipo de género. Las películas de la Hammer, clásica productora inglesa de bajo presupuesto que vivió su esplendor entre los años 50 y 70, se convirtieron con el tiempo en sus favoritas junto con los western, sin caer en el fundamentalismo. Le gustó Los puentes de Madison y no soporta los grititos histéricos de la niña prodigio claustrofóbica Dakota Fanning en La guerra de los mundos. Se compra todos los DVD originales de las películas que le interesan; además colecciona comics.

Un día Cristina, su esposa, con quien comparte varias aficiones, le disputó con determinación una revista en la librería Ruben a un tipo enorme, con aspecto de leñador y una increíble cara de bueno, que no aflojaba en el tironeo. "Vos tenés que conocer a mi marido", le dijo Cristina, y le pasó el teléfono.

A partir de ese encuentro Galizzi fue invitado permanente a las tertulias sabatinas en la casa de Daniel Guridi, donde se reúnen adictos a lo fantástico de todas las edades desde hace 25 años. Guridi, claro, también actúa en las producciones de Vila.

La peña de Guridi

En los inicios las reuniones permitían al dueño de casa escapar de dos horrores: el fútbol y la dictadura; con el correr del tiempo se formó una peña literaria de características sin par que se mantiene hasta hoy, aunque no con la asistencia intachable de otras épocas, como señala el anfitrión. Amigos y conocidos fueron acercando cabezas enriquecedoras para la polémica y el intercambio de revistas, desde distintas perspectivas generacionales y preferencias variadas en cuanto a subgéneros y autores. "Elvio Gandolfo ha traído gente -cuenta el anfitrión-. Escanlar, Álvaro Buela o Manuel Esmoris fueron invitados que llegaron con Elvio alguna vez. Es una tertulia cultural, pero ha pasado gente de todo tipo y profesión; menos fútbol, cualquier cosa. La mayoría somos varones, las parejas van, pero menos".

Guridi, que es señalado por todos como un referente, es extremadamente modesto al hablar de sus intereses y no se incluye en el cuadro de los expertos aunque sí en el de los fuertes aficionados. Define su género favorito de manera irrevocable levantando las cejas: "Yo nací con el Sputnik, no me vas a vender un cowboy. Tampoco soy tanto del terror". Lo suyo es la ciencia ficción. De cualquier modo, tira cables, carga, se engrasa y se trepa por donde puede en la actividad de los rodajes, que para él "es Disneylandia". Después se pone una camisa de lana a cuadros y encarna su personaje.

Guzmán Vila accedió a los encuentros de los sábados como premio de su tío por haberle conseguido una revista cuando era todavía un chiquilín y le prometió: "Si me la traés te llevo a lo de un loco que tiene todo de Moebius".

Ahora, el día siguiente al rodaje, el chiquilín se toma un Jack Daniels en su casa de prolijidad impecable, frente a una picada que incluye productos sin sal para Guridi, que acaba de bajarse de la bicicleta, su medio de transporte, y no parece enterarse del frío reinante.

En la conversación su amabilidad no interfiere con el modo directo de dejar claro lo que le gusta y lo que no, tanto en el cine como en la vida. "Ante una dificultad en un rodaje prefiero siempre la solución más práctica, yo no soy tan artístico", sostiene Guridi, el pragmático.

En la conversación le da entrada a Vila, que cuenta sus planes: "Quiero hacer algo como La hora del vampiro (1979, miniserie basada en una novela de Stephen King) que tiene cinco o seis escenas que funcionan ahora. Con una máquina de humo. Y si podemos meter unos ventiladores, mejor. Es esa en la que la loca se mueve, aparece un humo por atrás y delante de la cámara se levanta una persona hasta que tapa toda la pantalla".

-¡Ah! Eso queda bueno- se entusiasma Guridi.

Área 4, productora cooperativa de cine bizarro

El ataque de las muzzarellas

Hay que ver todo", dicen. Y hacer de todo. Y hacen Redrat, un corto protagonizado por una rata sin piel que, atada con tanza de las patas, se mueve frenética mientras los autos pasan raudos por la avenida y quiere seducir a una chica que habla en español de doblaje mexicano. Hay que hacer Una de kung fu, Otra de kung fu y Otra más de kung fu, con peleas de un tipo que se pone una camiseta en la cabeza para convertirse en ninja. Hay que hacer Romeo contra la muzzarella lisérgica asesina, donde un pibe que juega con un Nintendo es atacado por una pizza que le muerde una mano; saca un arma y le abre tremendo agujero. Chorrea sangre y sigue en la lucha infernal hasta que llega el toronjero, que como su nombre indica es un tipo que trae un montón de toronjas para pelar. Hay que hacer un largo de zombies que se llame Achuras, monstruos, robots y muñecos vivientes.

Se llaman Área 4; dos son egresados de la Escuela de Cine del Uruguay; otros dos, estudiantes que vinieron de Maldonado. Todos son directores y ya están hartos de hacer cortos. Prefieren a sus amigos actuando, a los que les pueden decir "Mirá para allá y quedate quieto", antes que a un actor que va a poner cara de mirar para allá. Están estudiando las posibilidades lumínicas de los cuarzos de jardín y aprendieron por ensayo y error que si el monstruo está mal hecho hay que mostrarlo poco y que es importante convocar a los actores necesarios cada fecha de rodaje (no 14 el día que necesitan cinco, y tres el día que necesitan ocho). También que si hacen cinco cortos en dos fines de semana, no quiere decir que en dos meses tengan un largo pronto. Todo lo demás les sale bárbaro. Hay ideas bien armadas sosteniendo sus planos.

Guillermo Kloetzer, Maximiliano Contenti, Manuel Facal y Pablo Praino adoptaron el sistema de cooperativa para producir inaugurado por 25 watts. En sus películas los protagonistas leen historietas, comen snacks y no usan otros championes que Converse All Star. Tres de ellos nacieron promediando los 80, Kloetzer un poco antes. La estética ochentosa forma el mundo en el que crecieron y el que les gusta filmar. Spielberg, no Kaurismaki. Acción, no días vacíos.

El cuarteto empezó su actividad cinematográfica en el dormitorio de Contenti haciendo cortos de cinco minutos con edición en cámara incluida. La productividad descontrolada les permitió conocer qué carencias del rodaje se pueden solucionar con la edición y tener idea de qué escenas son delirantes y cuáles realizables. Entre todos juntaron 1.000 dólares para comprarse la computadora en la que editan. Redrat, de Kloetzer, fue seleccionado en Clermont-Ferrand, festival conocido como "el Cannes de los cortos".

Praino y Facal trabajan frecuentemente juntos. Facal tiene un rostro cinematográfico envidiable, se lo ve como actor en trabajos de los otros y es el autor del corto de la muzzarela protagonizado por Praino.

Contenti filmaba desde chico su domingo de clase media en familia y pequeñas historias con su hermano como actor principal y la frecuente aparición de su perro. Aprendió rápido que quería lograr terror verdadero, pero le salía cualquier cosa. Es muy prolijo y el menos artificioso de los cuatro. Si se puede decir que un kiwi es "expresivo", Contenti lo logra en un videominuto llamado Les escaliers fruitiers, protagonizado básicamente por el contenido de una bolsa de fruta a la vuelta de la feria. Ahora está en plan de rodar El muñeco viviente. Entre el guión y la lista del supermercado no parece haber mayor diferencia pero igualmente oculta con celo el contenido de sus apuntes.

Ganar un premio en Uruguay con un proyecto de película de terror no parece una alternativa en el horizonte. Mientras esta concepción no cambie seguirán ganando el apoyo de los fondos nacionales al desarrollo del cine los realizadores que presenten un tipo de propuesta más serio, avalado con una trayectoria de la que carecen los veinteañeros que, sin embargo, se consideran con mayores posibilidades de construir una carrera profesional que un director que realiza su primer largometraje a los 40. Entonces: "¡Dennos la plata a nosotros!" gritan sin decirlo los realizadores de Área 4.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar