Uruguay era vanguardia

Con Intimidad, divorcio y nueva moral en el Uruguay del Novecientos, el historiador José Pedro Barrán vuelve a centrarse en cómo éramos y qué hacíamos a niveles más íntimos que esa gran historia de fechas y acontecimientos.

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ADELA DUBRA

Desde mediados de la década de 1980 José Pedro Barrán investiga la historia de la sensibilidad y la vida privada marcando un norte para gran parte de sus colegas. En los últimos años publicó varios títulos que acrecentaron su prestigio y dieron a conocer al público uruguayo una corriente historiográfica que está en boga en el mundo. Ahora, a los 74 años, acaba de presentar Intimidad, divorcio y nueva moral en el Uruguay del Novecientos (editado por Banda Oriental), donde recurre a piezas literarias, debates parlamentarios, testimonios y casos policiales para presentar su tesis, retratar la época e interrogar el presente.

-En su investigación incluye los asesinatos del Hotel del Prado de diciembre de 1904 que involucraron a la pareja de Celia Rodríguez Arteaga y Adolfo Latorre (el marido y asesino) así como al abogado Teófilo Díaz y al entonces joven Luis Alberto de Herrera, amante de Celia. El hecho ocurrió en un Uruguay donde no existía el divorcio. ¿Qué mojones estableció el caso?

-Fue emblemático y escandaloso porque implicó a tres miembros de las clases altas y a un político prominente. La prensa le dio un enorme relieve. Se lo vio como ejemplo de la subordinación absoluta de la mujer al matrimonio indisoluble, lo que le impedía respirar fuera de él. Los batllistas radicales, sobre todo, lo veían como una cadena que la Iglesia Católica mantenía sobre la individualidad y libertad absoluta de los sujetos, idea que venía de la Revolución Francesa. El hecho de que Herrera era el amante de Celia era un secreto a voces, pero unos años después Batlle lo insinuó claramente, lo que hizo que Herrera lo considerara poco caballeresco -lo que, en efecto, dadas las normas de la época, era- y lo retara a duelo.

-Incluye decenas de discursos de la clase política entre 1905 y 1913 donde el dilema se planteaba entre la pasión y el deber, el individuo y la sociedad, debate que culminó en establecer una moral laica. ¿Cómo marcó eso al Uruguay?

-Mucho, incluso como nación, como sociedad. Y hoy nos diferencia -sobre todo nos diferenciaba-, del resto de América Latina y nos hizo extremadamente originales en el Novecientos. Nuestra ley de divorcio de 1907 terminó con el adulterio como delito. Una mujer hasta ese momento podía ser condenada a 45 meses de prisión; el esposo lo denunciaba. Era una espada de Damocles que existía sobre las mujeres. Esto fue la culminación del proceso de secularización: la Iglesia como tribunal de alzada de la moral es negada y el interés, el amor y la personalidad individual se convirtieron en el tribunal. Esto vino no solo de los batllistas: el primero en referirse a ello fue un blanco, Eduardo de Salterain y Herrera.

-¿Esa reforma moral fue la más radical que hizo el batllismo?

-De las más, sobre todo por la manera un poco extrema en que la quiso implementar. El proyecto que presentaron en 1912 era el divorcio más radical que había en el mundo, no había antecedente: era por la sola voluntad de cualquiera de los dos cónyuges. Era asombroso. Ojo que ese proyecto no salió, salió por la sola voluntad de la mujer, que también era original. En pocos países existe por la sola voluntad de la mujer. Durante años fue una originalidad uruguaya. Pero la mayor originalidad fue tener una sociedad descatolizada, secularizada. La educación pública, por ejemplo, dejó de estar al servicio de la fe cristiana desde 1909, algo asombrosamente temprano. El divorcio lo tenemos hace más de un siglo, mientras Chile lo tiene hace dos o tres años nomás.

-El batllismo dejó de lado a la Iglesia y depositó en el Estado cantidad de funciones, lo que creó un Estado enorme. ¿Qué reminiscencias quedan? En la presentación de su libro, Gerardo Caetano opinó que las actuales restricciones sobre el tabaco y el alcohol vienen de ahí…

-Puede ser. Hoy hay un Estado que interviene en conductas privadas. Que el batllismo hoy estaría acorde con esta filosofía moral sacada de la medicina, yo no tengo la menor duda. El saber médico vertebró en gran parte la nueva moral batllista. Batlle predicaba la sumisión a las virtudes republicanas con normas éticas muy similares a las católicas: la solidaridad con los pobres, por ejemplo, viene de la solidaridad cristiana, del amor al semejante. Es evidente. La entrega a la República, a la función pública, son valores que vienen del cristianismo.

-Batlle y Ordóñez, pudiendo haberse casado por Iglesia, no lo hizo y sus dos primeros hijos fueron naturales. ¿Cuánto incidió en la ley de divorcio?

-Bastante, dado que el presidente tenía mucho poder. La sociedad igual lo juzgó: cuando pudo lo hizo por civil, pero por la Iglesia se negó terminantemente. Un núcleo de señoras fue a verlo porque les parecía escandaloso que el presidente no estuviera casado por la Iglesia. Pero ningún batllista debía hacerlo; para Batlle la Iglesia era el enemigo, la causante de todos los males, incluso de la explotación del proletariado.

-El testimonio de un íntimo amigo de Batlle señala que él veía todo lo que viniera de afuera como una intromisión. Conversaba poco, aún con los suyos, no le gustaban las visitas, al comer "temía (…) a las impurezas del manoseo" y "nunca permitió que nadie le diera la mano". ¿Cómo observa su idea de la intimidad?

-¡Qué diferencia con los actuales! Hay que tener en mente que el concepto de intimidad y de individuo recién se estaba forjando. Ese líder es el reflejo de una política que era todavía de elites. Se podía estar más lejos de la gente porque el voto popular no era el único origen del poder.

-La forma en la que discutimos y resolvimos estos temas hace 100 años, ¿cuánto influye en que hoy tengamos la tasa de divorcio más alta de América Latina?

-Claro que tiene que ver. Aquel cambio moral ha triunfado por completo y es el origen del actual. El control de natalidad es de los más altos del mundo, supera el de Francia que fue nuestra maestra. No digo que sea bueno que ahora tengamos una población que no crece y que probablemente disminuya en un país que se desangra. Es un problema. Lo que se consideró símbolo y signo de la modernidad en aquel momento ahora es un problema. Eso pasa en la historia.

-Algunos parlamentarios tienen una postura sobre un tema y en su vida privada practican lo contrario. ¿Intuye que tenían doble discurso aquellos legisladores cuando se ocupaban de la prostitución o el adulterio?

-Había cierto acuerdo entre lo que se decía y lo que se hacía. Porque en ese momento los políticos no estaban tan controlados por la opinión pública como hoy. Dependían infinitamente menos del voto: necesitaban el apoyo del presidente. Hablaban del amor, de la pareja, con una forma marcada por la novela y la ópera, que es propia de la época. Uno de los textos más citados por estos batllistas es Casa de muñecas de Ibsen con esa Nora que es capaz de abandonar a su marido y a su familia. Esa Nora se las trae -estamos hablando de 1879- y ella deja a sus hijos diciendo: "Quiero vivir mi vida y tengo derecho a eso". Es un postulado fuerte, incluso para hoy.

-El machismo está presente en los debates del Novecientos, ¿cuánto diría que queda hoy en la clase política?

-De boca para afuera sospecho que muy poco.

-Pero ¿reparó en ciertos discursos cuando se discutió la cuota femenina en el Parlamento este año?

-Ese puede ser un ejemplo que queda. ¡Claro que hay patriarcalismo! El desprecio a menudo es temor. En el Novecientos se las veía como competidoras y hoy también. Claramente se las ve como que les van a sacar el trabajo. Además, a la mujer se le paga menos.

-En su investigación se ocupa de los militantes de izquierda de las décadas de 1960 y 1970 con su grado de entrega y sacrificio personal en pos de una causa mayor y los emparenta con el Novecientos.

-Sacrificaron sus vidas personales a una idea que los trascendía. No hay nada más parecido a un militante de izquierda que la entrega de un santo. Sacrificaron sus intereses económicos, su familia, hasta la vida. Por un ideal que te subyuga. Hablás con ellos y te das cuenta: sacrificaron sus vidas. ¿En pos de un ideal equivocado? Juzgará cada uno. Pero que sacrificaron sus vidas, sus futuros, sus familias, a menudo la relación con sus hijos. Algunos hijos sintieron el abandono y pudieron terminar juzgándolos. ¿Lo hizo por el hijo? No, lo hizo por la sociedad. Ante el amor concreto prefirió el amor a la humanidad. Y este puede ser muy duro. Estos jóvenes no dejaban de ser individualistas porque la causa había sido creada dentro de ellos. No eran revolucionarios que se basaran en las condiciones objetivas de la sociedad como lo haría un marxista. Veían la revolución como una posibilidad de su voluntad, de sus deseos. Te lo dicen: basta quererla para hacerla. Eso, con el marxismo, no tiene nada que ver. Y en ese sentido son tan individualistas y están tan poseídos por el individualismo, al considerar el adentro como fuente del conocimiento y de la acción. Caramba, son el colmo del individualismo. Eso no desmedra en absoluto su sacrificio: se sacrificaron igual. Ninguno pensaba que la revolución era fruto de las condiciones de la sociedad: querían hacer algo. Las condiciones objetivas vendrán después. Por eso le daban tanta importancia a la acción: "En la acción nos vamos a unir y vamos a triunfar y no hay necesidad de tanta teoría". Eso es típico de los tupamaros.

-También afirma que este nivel de entrega tan fuerte a las causas políticas es propio del Uruguay, más que de otros países como Argentina.

-Me parece que sí. En el siglo XIX eso es muy claro, con los blancos y los colorados. Y en la década de 1960. Esa cosa de una militancia política tan sentida y tan exigente de sacrificios de la vida del militante. u

Historiador y su obra

José Pedro Barrán (Fray Bentos, 1934) es uno de los más notables historiadores del país. Destacado docente, es doctor honoris causa de la Universidad de la República y miembro de la Academia Nacional de la Historia en Argentina. Recibió varios premios, como el Clarence Haring, en Estados Unidos. Con Benjamín Nahum publicó Historia rural del Uruguay moderno y Batlle, los estancieros y el Imperio Británico. Luego se interesó por la vida cotidiana y privada: Historia de la sensibilidad en el Uruguay, Medicina y sociedad en el Uruguay del Novecientos.

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