ALEJANDRO PÉREZ
En el frente de la casa hay un graffiti que dice: "La Coque y la lata: un solo corason" (sic). Una cortina de tela gruesa, que alguna vez fue roja, hace de puerta. El olor es lo primero que choca. Es realmente nauseabundo. Huele a basura y a químico.
Es de noche y estoy por entrar en una "boca" de pasta base.
La casa está en uno de los cantegriles más antiguos de Montevideo, La Cantera de los Presos, a pocas cuadras de Avenida Italia y Comercio. Llegar hasta acá requirió de muchas negociaciones previas con José, mi guía.
"Te dije que no vinieras de camisa. No que te disfrazaras de rolinga", me recrimina José cuando nos encontramos en 18 de Julio y Bulevar Artigas. Llevo un canguro negro con capucha y una mochila con el logo de los Rolling Stones. Es lo que encontré para camuflarme.
José está ansioso. Sus ojos, inquietos, buscan el cartel rojo que dice "Libre" entre los taxis que circulan. Tomamos uno y en menos de diez minutos ya llegamos al cruce de Avenida Italia y Comercio.
Caminamos un poco más y llegamos al cantegril. Suenan, estruendosas, las cumbias.
El ambiente contagia, intoxica. A la característica cadencia rítmica de la cumbia se le suman gritos, carcajadas y puteadas. El olor a guisos o tucos se confunde con el aroma que sale de las sartenes que producen tortas fritas.
Una de las casas, conocida como "La coqueiro", es nuestra meta. Ahí se comercializa y fuma pasta base de cocaína, con absoluta tranquilidad y confianza. Abandonamos la calle de cemento para adentrarnos en uno de los "pasajes". De inmediato, como si la necesidad de hacerlo fuera cada vez más grande cuanto más cerca estamos del destino, José saca un objeto metálico y reluciente y me lo enseña: es su "escopeta", lo que se usa para fumar. Es una pequeña pipa de metal cromada, que reluce esplendorosa gracias a la luz de las lamparitas que, desperdigadas, cuelgan por los vericuetos y pasajes del "cante".
Con la frente perlada de sudor, me aclara que no él no es un "plancha" como para andar fumando pasta base en un inhalador de asma, barato y de plástico. Y que tampoco es un adicto. Que, como ya me había dicho, sólo va a comprar cuatro "chasquis", las dosis de 50 pesos de pasta base. Agrega que uno se lo va a fumar en lo de "El Pescadito", el dealer: "Para que junes y escribas, periodista." Los tres restantes, explica, se los va a fumar en casa, tranquilo, mirando unas películas en DVD que le prestaron. A continuación, me tranquiliza. Me dice que si no quiero pitar, no hay problema. Todos van a estar demasiado ocupados con sus propias pipas como para preocuparse de lo que yo haga o deje de hacer.
ESCOPETAS Y CUCHILLOS. Finalmente llegamos a una casa de base cuadrada y techo a cuatro aguas. La sala es espaciosa. El escaso mobiliario está tan destartalado que ya no tiene valor de cambio. La habitación está muy mal iluminada: solo hay una bombita de luz pelada y de bajo voltaje.
Una abertura en una de las paredes, que ya no tiene puerta, da a un cuarto. No se ve nada, pero desde la oscuridad salen voces. La cocina luce desnuda. Solo hay unos platos de loza viejos, un sartén herrumbrado y un par de paquetes con restos de fideos y otro, con sal, descansan sobre una repisa.
Al fondo, a la derecha de la sala principal o comedor, hay cuatro o cinco sillones descompuestos en torno a una mesa ovalada de cármica. Ahí está sentado"El pescadito", dueño de casa y proveedor de la droga. Esmirriado, se incorpora y recibe a José con un beso en la mejilla. Luego me tiende una mano blanda y sudorosa: "Amistá… estás en tu casa".
El trueque entre José y El Pescadito, dinero por pasta base, es un trámite rápido. José, ya con los "chasquis" en su poder, me señala un sofá sucio y sin almohadones, todo picoteado por quemaduras. Nos sentamos y a nuestro costado hay una pareja de jóvenes -no deben tener más de 18 años- en el suelo.
Él está limpiando su "escopeta" con un cuchillo de punta afiladísima. Junta, como tesoros, los restos que, luego de raspar la pipa con el cuchillo, caen sobre su mano. Ella parece mirarlo, pero en realidad está idiotizada por el efecto de la pasta base.
Al día siguiente, José explica que cada tanto, los adictos limpian meticulosamente su pipa casera y vuelven a fumar la raspada que, aseguran, tiene aún mayor efecto. A nuestra izquierda, al otro lado de la puerta, hay más gente. Cuatro o cinco muchachos por lo menos. Están hincados contra la pared. Segundo a segundo, la llama de un encendedor se prende. Enseguida, una nube de humo hediondo.
Mi compañero, tras codearme un par de veces sin éxito para que fume, también ha calado algunas bocanadas en su metálica y coqueta pipa. También él enmudece, como casi todos ahí dentro. Unos sentados en sillas viejas, otros en sillones destartalados y algunos simplemente en el piso. Todos atendiendo solamente su propio vicio, en silencio.
Del cuarto del que solo salían voces, aparecen dos muchachas. Son jóvenes, están muy flacas y desprolijas. Una lleva una calza gris y buzo al ombligo. Con apenas unos kilos más que la otra, pasa frente a nosotros. Se detiene, mira a mi compañero a los ojos, lo toma del mentón y le dice: "Gordito lindo, siempre bien perfumado vos. Si querés por un uno y dos ceros...hablamos ya". "¿Tenés plata vos?" me pregunta José con los ojos duros y desorbitados. Quiere aprovechar la oferta de sexo oral por 100 pesos. Le contesto -le miento, en realidad- que ya no me queda dinero, que le presté los últimos 50 pesos. Ahora me voy a tener que ir caminando, agrego. "Esperá entonces. Le pregunto al Pescadito si me fía uno y te acompaño unas cuadras".
Son cerca de las 11 de la noche del viernes 25 de julio. Salgo del La Coque y las cumbias ya no resuenan en el "cante". Lo que se escucha ahora es la voz de Tinelli en Bailando por un sueño. Me descubro la capucha y empiezo a caminar apurado. Recién con el cemento bajo mis pies siento que ya no tengo que caminar tan rápido. u
Vivir al lado de los cantegriles
Vivir cerca de un cantegril nunca fue fácil. Pero hoy es aún más complicado. Los vecinos deben enfrentar a un ejército devorador de todo lo que encuentra a su paso y pueda ser transformado o cambiado por uno, dos, tres o más dosis de pasta base de cocaína (PBC). Nada se salva. Canarios en sus jaulas, perros de raza, plantas, faroles, contadores de OSE, cables del tendido eléctrico o teléfono son solo algunas de las cosas que se roban para obtener una nueva dosis. Cercas perimetrales, perros, patrullaje, guardia privados, alarmas, todo parece insuficiente a la hora de detener esas verdaderas jaurías de yonquis de pasta base que entran a consumir y salen del cante a procurar nuevamente dinero que les permita acceder a nuevas dosis.
Los bastiones de los "narcos"
Por su difusa y confusa geografía; por la cercanía entre sus habitantes y un severo código de convivencia, los cantegriles, se han convertido en bastiones de los narcotraficantes. Más de 200.000 personas vive en cantegriles. "Yonquis" de todas partes arriban día a día a los principales cantegriles buscando sus dosis de pasta base. Ya sea porque se "corre la bola" de que en "tal o cual cante, están sirviendo mejor" (más calidad), los adictos van tras una demanda que fluctúa a diario.
En estas zonas, la represión policial es estéril. Es imposible realizar vigilancias discretas. "Te huelen antes de llegar. Una vez íbamos con un compañero, barbudos ambos, sin bañarnos y con los pelos todos revueltos. Era diciembre y nosotros estábamos quemados por el sol a la altura de la mangas únicamente. Nos gritaron : "tan blancos los ratis". Hubo que levantar el operativo" recordó un sargento que prefirió no ser identificado.