Un gran descampado, con el pasto largo y bolsas de basura esparcidas por ahí, rodea al Centro de Investigaciones Nucleares (CIN), en Malvín Norte. Desde afuera el edificio luce antiguo y algo descuidado, al menos si se lo compara con el vecino Institut Pasteur. Pero allí dentro, en el CIN, hay una zona de máxima seguridad y acceso restringido.
Es el área donde se guardan los residuos radiactivos. El costo de la estricta seguridad lo financia el Departamento de Energía de Estados Unidos desde hace unos cinco años. El depósito, separado del edificio central del CIN, está en un predio con portón eléctrico y rejas, concertinas de púas de esas que se usan en las cárceles, alarma con respuesta (Estados Unidos paga mes a mes el contrato con una firma de seguridad), además de cámaras e iluminación especial.
Todo para mantener la seguridad física del lugar. "Este material que tenemos guardado puede ser blanco de mala utilización por parte del terrorismo", dice Daniel Blanco, docente de la Unidad de Radioprotección del CIN, segundos antes de digitar una clave que abre la puerta del depósito. ¿Y cómo se podría mal utilizar estos residuos? "Nos pueden robar una fuente radiactiva e intentar fabricar lo que llamamos una bomba sucia", responde el técnico.
Parece de ficción que un grupo terrorista pueda atacar el CIN, allí en Malvín Norte. Pero Blanco no cree que esa sea una opción descabellada. Al parecer, Estados Unidos tampoco lo cree. Tras los atentados del 11-S, el tema de las bombas "sucias" o "radiológicas", es decir artefactos explosivos que diseminan elementos radiactivos, ha cobrado relevancia ya que se consideran armas baratas de fabricar. Pero no son armas de destrucción masiva: en teoría no producen gran cantidad de muertes.
A nivel internacional se han acentuado el control de las fuentes radiactivas. Argentina y Brasil, por ejemplo, almacenen estos desechos en unidades militares. En Uruguay se valoró esa posibilidad, pero el personal capacitado estaba en el CIN y además hay pocos desechos en relación a otros países.
Dentro del depósito, todo lo que se gasta en la seguridad radiológica está financiado por proyectos internacionales, sobre todo por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de Naciones Unidas. Ese organismo promovió en la década de 1990 la creación en Montevideo del sistema de almacenamiento centralizado para desechos radiactivos, ya sea de equipos médicos, industriales o académicos en desuso. Lo más común es que entren cápsulas de equipos de radioterapia contra el cáncer, que tienen cobalto, cesio o radio.
Ahora en el depósito hay solo dos cápsulas de equipos de radioterapia porque en 2010 se llevaron 14 a Estados Unidos. La OIEA pagó 700.000 dólares para contratar a una firma sudafricana que instaló un "búnker" blindado con doble pared de acero en el mismo predio. En el medio había arena, para absorber la radiación y hacer de blindaje protector. "Se colocaron los cabezales en esa celda y se trabajó con telepinzas", dice Blanco. A cada cápsula le sacaron una "pastilla" cilíndrica de dos centímetros de diámetro (la parte radiactiva), que se llevó a Estados Unidos.
Dentro de algunos años, cuando se llegue a otro cantidad considerable de fuentes radiactivas, se repetirá el procedimiento. Mientras, el CIN se encarga de la seguridad. Blanco tiene un aparato que mide la radiación y este chilla cada vez más a medida que lo acerca a algunos desechos.
Estar un rato dentro del depósito no tiene mayores perjuicios para la salud, es como ir a sacarse una placa de rayos X. Siempre y cuando uno no se quede allí ocho horas diarias. (SEBASTIÁN CABRERA)
Devuelven ovejas radiactivas
En los alrededores del Centro de Investigaciones Nucleares (CIN) hay asentamientos. No es una de las zonas más seguras de Montevideo, está claro. El CIN ha sido robado muchas veces, pero hace un par de años que eso no pasa, dice el director Justo Laíz. Una vez se llevaron ovejas que se usaban para experimentos. Pero luego devolvieron dos de ellas cuando la prensa informó que eran "ovejas radiactivas".