Jorge Burel
De José Luis Chilavert, el arquero paraguayo que llegó a mitad de año a Peñarol y terminó siendo campeón uruguayo como él mismo lo había anunciado con don profético, se han dicho muchas cosas: que es un ganador, que su personalidad compensa con creces sus limitaciones físicas, que es uno de los grandes del fútbol y que su profesionalismo luce tanto dentro como fuera de la cancha. Lo que no se ha dicho es que, al mejor estilo de un sicario como los que aparecen en el centro de algunos thrillers cinematográficos (desde El día del Chacal en adelante), desembarcó en Uruguay para realizar un trabajo: matar al adversario de todas las horas, según reza la manida metáfora, cuando éste amenazaba con quedar a las puertas de un temido segundo quinquenio.
Los sicarios (asesinos a sueldo, según los define el diccionario) brindan un servicio, cobran su dinero y se van, etapas sucesivas que, como es notorio, el corpulento meta guaraní ha cumplido. Son serios, profesionales, meticulosos, obsesivos, solitarios (recuérdese su singular vuelta Olímpica sin compañía). Dominan su arte hasta la perfección: son capaces de poner una certera bala entre ceja y ceja, o fusilar a un arquero desde los 11 pasos reglamentarios sin pestañear. En condiciones más difíciles pueden incluso perforar una barrera.
Como los sicarios, que son siempre aves de paso, Chilavert vivió en un hotel, lo que desnudó desde un primer momento lo provisional de su estada; vino a prestar un servicio, no a convertirse en prosélito de una religión de la que uno no puede ya apartarse.
A diferencia de los sicarios, que actúan en las sombras y enmascaran sus intenciones, no preservó su anonimato (es demasiado conocido) ni ocultó sus objetivos ("vengo a ser campeón", dijo apenas desembarcó en Uruguay, que es como decir: "vengo a ejecutarte").
Los sicarios abren el attaché y encuentran un fusil de mira telescópica pronto para armar, una caja de proyectiles y un par de guantes. Chilavert también tenía en su maletín un par de guantes, pero el fusil lo llevaba ya ensamblado en su temible y poderosa pierna izquierda, capaz de lanzar proyectiles fulmíneos, en cualquier cancha, en cualquier circunstancia.
Los sicarios brindan un servicio, pero no se confunden nunca con el cliente; es más, podrían servir a aquellos a quienes combaten, si las condiciones se dieran. Las medias blancas, esas que generaron tanto comentario, fueron señal inequívoca de su carácter ajeno. Cuando afirmó, empleando una metáfora desafortunada, que venir a Peñarol era como ingresar en la Casa Blanca desnudó esa misma distancia: ese color, emparentado con la blusa alba, no debió mentarse, porque está asociado al enemigo al que debía eliminar, según rezaba un contrato tácito.
Chilavert trabajó durante meses para conseguir su objetivo sin apartarse un milímetro del plan trazado: entrenó, contagió su espíritu ganador, sostuvo al entrenador en momentos difíciles, convirtió goles cuando no lo hacían los delanteros y cargó sobre sus poderosas espaldas con un equipo tambaleante que por momentos no creía en sus flacas fuerzas. Hasta que llegó el día de la ejecución. En el minuto 48 del primer tiempo de la final el sicario pudo, finalmente, tener al objetivo en la mira. Apuntó, disparó, pero algo no funcionó. El tiro, lo sabemos, se desvió un milímetro, suficiente para dejar a la víctima con un hilo de vida. Después, es historia conocida, un tal Joe la remató. La misión estaba cumplida. Sólo faltó que Chilavert soplara el caño humeante del que salió la bala que malhirió al quinquenio y propició su muerte, como ocurre en las malas películas de espías.
Días después recibió su paga, fue al hotel, guardó sus pocas cosas en el maletín y partió. Así son los profesionales.