Salud Mental

Psicofármacos, hipnosis y otras terapias para enfrentar angustia y  miedo a salir de casa por COVID

Uno de cada tres uruguayos es propenso a desarrollar un problema de salud mental, según estudio del Observatorio Socioeconómico y Comportamental. Muchos adquirieron patologías y se agudizaron viejas. 

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Para algunas personas, el paulatino retorno a las actividades de la "vieja normalidad", representa un agobio. Foto: Leo Mainé

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Está ahí, todo el tiempo. Belén —llamémosle así— dejó de ver informativos y de leer los diarios, pero ni siquiera así logra zafar de las noticias en torno al COVID-19, ese virus que la tiene desde el 13 de marzo de 2020 encerrada en su hogar. Vive sola. “¿Qué es lo que tengo? No puedo ponerle nombre a lo que siento. Creo que no es una fobia porque acá hay un componente real. Lo mío es puramente miedo a contagiarme”, dice. Únicamente sale para sacar la basura. Y rápido. La comida y todo lo que necesita le llega por delivery. “Todo lo del exterior viene hacia mí. Yo no salgo”.

El temor a infectarse la lleva a ver poco a su familia y con sus amigos usa el chat; muy de vez en cuando acepta hacer alguna videollamada pero con la cámara apagada. “Prefiero que conserven la imagen que tenían de mí”, justifica.

A la única persona que le habla de lo que le está pasando es a su terapeuta. Las consultas son telefónicas. “No quiero hablarlo con nadie más porque siento que no me van a entender. Van a pensar ‘se enloqueció’, y eso me da vergüenza”, dice.

Películas, series, libros, cursos online y trabajo. “Nunca en todo este tiempo sentí aburrimiento”, asegura. El trabajo remoto lo pudo llevar bien durante varios meses, hasta que el daño del encierro prolongado y la ausencia de relacionamiento con otras personas se impuso. “Mi mente necesitaba salir de acá, escaparse de este aislamiento. Empecé a distraerme. Me olvidaba de lo que tenía que hacer, cometía errores, no podía cumplir y no supe cómo transmitírselo a mis jefes. Pensé en pedir que me certificaran pero no lo hice porque temía que se lo tomaran como una señal negativa, como darme por perdida”.

La despidieron.

¿Y ahora? “Tengo que ver qué hago. No me siento preparada para salir a buscar trabajo, ni para ir a una oficina de forma presencial. Desde que empezó esto yo siempre me puse metas. Primero era ‘cuando bajen los casos salgo’; sucedió el año pasado y no pude. Veía a mis amigos por redes sociales cómo se reunían, cómo volvían a salir y para mí era imposible. Después fue, ‘cuando me vacune salgo’. Ya tengo las dos dosis, pero el virus sigue estando ahí, bloqueándome. Ahora es ‘me tomo un mes y salgo a buscar trabajo’”.

De a poco, en las últimas semanas, logró dar algunos pasos. Visitó a un amigo —“vacunado”, aclara— y luego, varios días después, fue a un parque con un familiar. “Fueron dos hitos para mí. Lo hice porque sé que necesito empezar a salir. Pero cuando llegué a ese parque, vi a la gente a mi alrededor y lo único que pensaba era cómo nadie más siente terror a que en este momento se puedan estar contagiando. Mi relación con el otro cambió. Lo siento como una amenaza”.

Belén ya no piensa en “superar” lo que le pasa. Algún día la pandemia será historia y todo volverá a algo parecido a la normalidad, se dice. “Aunque no creo que vuelva a ser exactamente la misma. Lo que me ayuda es saber que no soy la única. Mi psicólogo siempre me lo repite. Estoy pasando por un momento malo, es cierto. Pero también estamos en medio de una situación excepcional: hay una pandemia que paralizó al mundo, ¿qué puede ser más real que esto?”.

La tormenta perfecta.

Se sabe, ya se ha advertido mil veces: el COVID-19 marcó un antes y un después en la salud mental. Los expertos locales están atentos a los resultados que surgen de investigaciones internacionales, pero también están generando estudios propios que arrojan señales contundentes del impacto que el estrés generalizado está provocando y qué tan grave será a futuro.

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Se incrementó el volumen y la frecuencia del uso de sustancias. Foto: Leo Mainé

Algunos, enfocados en adultos, se realizaron durante la primera etapa, en 2020. En ese entonces eran pocos los contagios, los ingresos al CTI y las muertes, pero alto el freno de la movilidad, el encierro y el aislamiento. “Vimos porcentajes muy altos de dos tipos de síntomas: depresión y ansiedad”, dice el doctor en Psicología Clínica y de la Salud Hugo Selma, coordinador de una investigación de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República que se basó en datos recogidos entre junio y octubre del año pasado.

De la muestra total, 37,5% tenía síntomas de depresión; 7,2% graves. En cuanto a la ansiedad, los síntomas rondaban el 16%, pero la ansiedad fóbica trepó al 25%. “Es muy alto. Corresponde al miedo a salir a la calle, estar en lugares con mucha gente, miedo al contagio, a la contaminación. Son miedos que normalmente no tenemos, pero que en este contexto se han vuelto razonables”, plantea.

A este miedo personal se le suma el de contagiar a un ser querido, la incertidumbre por la situación laboral y la economía del país. “Aumentaron los estresores y por otro lado tenés menos recursos para enfrentar al estrés porque las actividades que solíamos hacer para apaciguarlo están menguadas”, dice Selma y concluye: “Es la tormenta perfecta”.

El lado B de este panorama lo aportó otra investigación que analizó cómo varió el consumo de sustancias. El psicólogo, docente e investigador de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación Paul Ruiz expone que, en mayo de 2020, de una muestra de 1.916 personas, una de cada tres reconoció haber aumentado el volumen de consumo de la principal droga que usaban y la frecuencia (18%). El alcohol, el tabaco, la marihuana y los psicofármacos están en el podio.

Un mes atrás, Ruiz repitió la investigación. Aunque está en pleno procesamiento de datos, adelanta a El País una cifra que lo tiene asombrado: el 11,5% volvió a consumir una sustancia tras haberla abandonado. “Esto implicaría que el sistema de salud tendrá una demanda mayor y tendrá que ver cómo reorganizarse para responder”, plantea.

También advierte un crecimiento de la automedicación “como una forma de sobrevivir a la pandemia”. Psicólogos y psiquiatras consultados confirman que en todas las franjas etarias la indicación de psicofármacos se incrementó.

Además, se dan situaciones por fuera de la regulación médica: personas que al no conseguir consulta con el especialista deciden volver a retirar medicamentos, o se “prestan” pastillas, o las adquieren en el mercado negro que cada vez es más grande en las ferias barriales. Si el fármaco está vencido, o fue expuesto al sol, o a cierto tipo de luz, a un ambiente húmedo, el efecto puede ser muy nocivo.

Futuro manchado.

Era una tarde más en la oficina. Hacía tres días que Ana se había reintegrado de la última cuarentena, tras tener algunos síntomas sospechosos que resultaron no ser COVID-19. Antes, ya había tenido que encerrarse tres veces por contactos cercanos que habían dado positivo. “Aquella tarde estaba trabajando en mi escritorio y empecé a sentir taquicardia. Yo había tenido ataques de pánico tiempo atrás y en los últimos días había sufrido algunas crisis pequeñas, pero sentí que esta iba a ser grande y me fui a mi casa”, cuenta.

estado de tedio

¿Qué es la languidez pandémica y a quién afecta?

No tiene síntomas clínicos como para ser diagnosticada como una enfermedad, pero la languidez va ganando terreno. “El concepto tiene unos 20 años, aunque ahora lo vemos crecer asociado a la pandemia. Atraviesa todas las edades y se está viendo mucho en adolescentes”, explica la psicóloga Fani Alzugaray, integrante del Comité de Adolescencia de la Sociedad Uruguaya de Pediatría. Desmotivación, falta de placer, desinterés vital, tedio. “Esto influye en el abandono educativo y eventualmente en su vida laboral, por eso hay que trabajar mucho para que no se desvinculen de los centros de estudios”, dice la experta. “A los adolescentes les cuesta verbalizar lo que les pasa y pedir ayuda: hay que mirarlos de cerca”, aconseja.

Todavía no se había aislado por completo, porque en su trabajo le tocaba una semana presencial y una de forma remota, pero el miedo a contagiar a sus padres se convirtió en una obsesión que se acentuó cuando empezaron a fallecer personas allegadas. “Primero corté las salidas. Era del trabajo a casa. Luego, cuando empecé con síntomas, me convencí de que me iba a morir: solo podía pensar en el resultado positivo. No pasó, pero cuando volví al trabajo el contraste fue muy grande. Después de aquel ataque de pánico pasé 10 días con certificación psiquiátrica. Estaba sola en mi casa, tuve varias crisis. Por la noche, creía que si cerraba los ojos me iba a morir: durante una semana no me animé a dormir”, relata Ana (su nombre ha sido modificado para preservar su identidad).

Entonces retomó la terapia de la que años atrás le habían dado de alta y comenzó a tomar psicofármacos. “Ya estoy bien. Eso me parece importante de comunicar a los que estén pasando por algo similar: se puede salir, pero hay que pedir ayuda”, insiste.

A medida que la pandemia se prolonga, relatos como el de Ana son figurita repetida en los consultorios de salud mental. La pandemia y los multifactores asociados a ella provocaron un incremento de trastornos —incluso a edades cada vez más tempranas—, una agudización de las patologías preexistentes y la recaída de pacientes que habían sido dados de alta.

Alejandra Sención
Alejandra Sención, pediatra con especialidad en hipnosis como terapia para trastornos psiquiátricos (entre otra patologías). Foto: Leo Mainé

“Vemos un miedo que empieza siendo racional pero luego va generando otras ramificaciones. La ansiedad y todo su espectro es el que por lejos se lleva el primer premio. Repercute entre otras cosas en el sueño; recibimos muchísimas consultas por insomnio. También influye en las adicciones. Luego, tenemos que pensar en los que sobrevivieron al COVID-19, muchos tienen sintomatologías que se extienden por meses. Y están los otros, los familiares de los sobrevivientes pero también de los fallecidos. Vemos a personas que han perdido a dos o tres parientes de buenas a primeras; eso impacta en el ánimo de cualquiera. Y esto recién empieza. Vamos a tener que estudiar la prevalencia de estos trastornos cuando pase la pandemia”, dice el psiquiatra Freedy Pagnussat, encargado de la internación psiquiátrica de Médica Uruguaya.

Un vistazo hacia ese futuro podría anticiparse en el Primer screening sobre salud mental poblacional en contexto de COVID-19 que realizó el pediatra y psicoanalista Nicolás Bagattini, integrante del Observatorio Socioeconómico y Comportamental. La investigación consideró el impacto multidimensional generado por la pandemia, desde las consecuencias del encierro y el aislamiento; la repercusión en los pacientes infectados con el virus; el efecto en el personal de la salud y la injerencia de la situación económica.

Según información a la que accedió El País, el resultado indicó que el 35% de los uruguayos es propenso a desarrollar problemas de salud mental, como efecto de la pandemia. De acuerdo a la investigación, la población con mayor potencialidad estaría concentrada en Montevideo y en la franja de 18 a 34 años. Bagattini ampliará la investigación a una medición más específica de la patología mental. La intención no solo es de índole científica, sino que pretende comunicar a la población recomendaciones generales.

Volver a la cancha.

El rastro de las personas que han desarrollado trastornos relacionados al COVID, o que agudizaron patologías más severas empieza a hacerse notar por estos días en que el avance de la vacunación y una relativa reducción en el conteo diario de víctimas y contagios están dando lugar a un paulatino retorno a alguna especie de normalidad. La vuelta a clases y al trabajo presencial puede ser una etapa añorada para todos, pero también agobiante para muchos.

“Hay ambivalencia. Conozco unos cuantos casos de personas que han cursado el COVID, o tienen algún factor de riesgo, que me trasladan el temor a reintegrarse. Tienen miedo de realizar las que eran sus actividades habituales a veces por ser contagiados, o por los cuidados que puedan llegar a tener sus compañeros; otras veces temen no poder cumplir con lo que se espera de ellos”, cuenta el psiquiatra Pagnussat.

A veces, la desesperación los lleva a poner la esperanza en la certificación médica. “El que viene con la expectativa de que el psiquiatra lo certifique espera que ocurra y cuando se le dice que no, se va muy enojado. Es muy complejo. Si uno piensa en el volumen de certificaciones es un daño para la economía del país pero también tenemos que pensar en la economía doméstica del paciente”, plantea el médico.

Claudia López, gerenta de capital humano de la consultora de recursos humanos Advice, informa que varias empresas tienen trabajadores que no quieren retornar a su trabajo de forma presencial: “Sienten ansiedad, incertidumbre y estrés de exponerse a espacios compartidos a los que vivencian como poco seguros frente al riesgo del contagio”. ¿Cómo recomiendan responder a estos casos? La experta opina que se necesitan “acuerdos flexibles” que contemplen las diferentes experiencias personales y familiares en torno al COVID. Aconseja contar con una estrategia de prevención psicológica para los empleados, y aceptar que será necesario “un tiempo de adaptación”.

En el ámbito laboral habrá que escribir un nuevo contrato social de reglas compartidas. También en las escuelas —y eventualmente en los liceos— los expertos están teniendo que organizar una readecuación curricular para los niños que no están pudiendo volver.

Psicólogos y psiquiatras infantiles consultados coinciden en que entre quienes tenían patologías preexistentes, las recaídas “se incendiaron”.

“Los cuadros con ansiedad, pánico, falta de regulación emocional, desmotivación académica se agravaron y aparecieron nuevos trastornos. Entre los comportamientos problemáticos que más vi en las nuevas consultas están la baja tolerancia a la frustración, la no aceptación de la realidad y un mal manejo del impulso”, describe la psiquiatra Andrea Constant, del Instituto de Psiquiatría y Psicología de Montevideo.

En conclusión, dice, “la gran mayoría quiere volver a la vida normal, para volver al juego y reencontrarse con sus pares, con sus rutinas, pero aquellos que se vieron beneficiados por la virtualidad —los que tienen problemas vinculares, de timidez, de desregulación de la vergüenza— no quieren. Muchos no quieren y no pueden. Hemos tenido que organizar la manera en que vuelvan de a poco o, en algunos casos, de que no vuelvan. Si eso pasa, lo mejor es la comprensión y la validación de lo que siente el niño o el adolescente. Eso, es la clave primera y muchas veces la única necesaria para salir de esta situación con éxito”.

Boom de terapias breves.

Para salir de la urgencia, los casos más extremos buscan combinar terapias tradicionales y tratamientos con psicofármacos con otras técnicas más novedosas. O directamente se vuelcan a experimentar con estas terapias breves, que prometen resultados rápidos y efectivos.

Silvana Giachero
La psicóloga Silvana Giachero, especialista en EMDR.

Según un relevamiento que realizó El País, la técnica del EMDR, la hipnosis y la terapia cognitivo conductual de tercera ola son las más requeridas.

La agenda de Silvana Giachero, terapeuta especializada en brainspotting y EMDR, está desbordada. Tiene una lista de espera de pacientes dispuestos a que esta técnica joven (en nuestro país) e indicada para revertir el estrés postraumático, los salve. Se basa en el reprocesamiento de experiencias traumáticas a través del movimiento de ojos bilateral, música bilateral y toques en las rodillas; “logra que el cerebro procese artificialmente lo que no pudo hacer naturalmente”, explica Giachero.

terapia de relajación

Aplican técnicas de Shiatsu para desestresar al personal de la salud en CTI COVID

Por un lado, la preocupación está en los pacientes que atraviesan experiencias graves. “Estudios en Inglaterra indican que, entre otras secuelas, hay una inhibición de la sustancia gris del cerebro. Esto puede generar trastornos cognitivos y cambios en el ánimo. Desde el punto de vista psicológico, persiste un cansancio, como un aplanamiento afectivo”, indica el psiquiatra Alexander Lyford Pike. ¿Pero quién cuida a los que cuidan? El terapeuta Diego Sánchez y su equipo visitan semanalmente al personal de la salud que trabaja en el Centro Covid ubicado en el INOT. De forma honoraria, en pausas de 10 minutos, aplican la técnica de relajación Shiatsu para mitigar “el estrés empático” y la ”fatiga de la compasión”, y así mejorar su relación con el paciente. ” Nos reciben desesperados”, dice. "El personal que trabaja en CTI COVID, cuando vuelve a su casa o cuando está en su entorno social es un factor de riesgo. Ellos se retraen al contacto por si pudieran llegar a contagiar a alguien, entonces planteamos la intervención por ese lado; un contacto físico relajante, revitalizante. Trabajamos con un masaje holístico —no buscamos contracturas—, hacemos algo diferente para cada persona. Por lo general, se sientan, les ponés la mano en la espalda y se ponen a llorar. El otro día una enfermera me dijo que después de nuestra intervención había podido trabajar cinco horas más que siempre, en ningún momento se sintió agobiada; llegó a su casa y durmió como hacía tiempo no lo hacía", relata Sánchez.

“Esto cura y rápido”, sentencia con determinación. Tanto cree en la técnica que le planteó al presidente Luis Lacalle Pou aplicarla en los centros COVID y los beneficios que traería incluirla entre la oferta del sistema de salud público y privado.

Entre sus pacientes tiene a personas que han retornado al trabajo con tanto temor que llevan consigo un saturómetro. Otros la consultan porque no consiguen dar el paso. “Atiendo a adolescentes con depresión por el encierro o chicos que sufrían bullying que no quieren retornar a clases. A personas que estuvieron con COVID en el CTI y pasaron por una vivencia de muerte. Esto provoca un estrés similar a haber sobrevivido a una catástrofe, e incluso en personal de la salud se le puede agregar el síndrome del quemado, que es un estado de alerta permanente. No pueden retomar sus actividades porque temen volver a contagiarse, temen morir, a sufrir un paro cardíaco o no poder recuperar habilidades que perdieron”.

También trabaja con pacientes que tuvieron el virus, no llegaron a estar internados pero la experiencia les generó trastornos de ansiedad, trastornos paranoides, conspiranoicos e incluso de tipo obsesivo compulsivo.

Gabriela Martínez Castro es una terapeuta uruguaya radicada en Argentina, desde donde dirige el Centro de Estudios Especializados en Trastornos de Ansiedad, que desembarcó en Montevideo y durante la pandemia tuvo un crecimiento insospechado, tanto en nuestro país como en otras partes del mundo. Ofrece terapia cognitivo conductual de tercera ola, un método que está “en la vereda de enfrente del psicoanálisis”.

“Es ideal para salidas rápidas. Se trabaja en un cambio desde afuera hacia adentro. El terapeuta puede compartir su vida personal con el paciente y está a su disposición. Le da indicaciones muy precisas de qué hacer y qué no hacer. Tenemos protocolos y pasos para cada trastorno”, describe la experta.

Diego Sánchez
El terapeuta Diego Sánchez aplicando Shiatsu en personal de un CTI COVID. Foto: gentileza ASSE

Trastornos por ansiedad generalizada, crisis de pánico, fobia social y el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) son los que más ha tratado en pacientes de distintas edades en Uruguay. El caso que la marcó fue el de una mujer que desarrolló un terror tan grande a contraer el virus que pasaba 12 horas debajo de la ducha desinfectándose. “El resto del día se encerraba en su habitación porque cada cosa que iba a hacer le venía un pensamiento obsesivo de que contraería el virus y contagiaría a su familia”, cuenta. Sin embargo, dice la psicóloga, tras un año de terapia logró ser dada de alta.

Otra de las técnicas solicitadas para lidiar con los trastornos exacerbados por el COVID es la hipnosis. La pediatra Alejandra Sención es una de las integrantes del Centro de Hipnosis, una clínica conformada por médicos —“alejada del esoterismo”, insiste— que trabaja en la adicción al tabaquismo (de altísima demanda actualmente), hasta la ansiedad, la depresión, el estrés y las fobias.

Sención aclara que “no hay chasquido mágico”, ni se pierde el control, ni se entra en un estado de ensoñación. “Es un neuroentrenamiento que se aplica a pacientes de todas las edades. Mediante un estado de hipnosis, logramos vencer las resistencias propias de la mente, y el paciente experimenta de forma teórica y práctica técnicas de autoregulación para recuperar las habilidades que ya tenía y le permitía hacer las actividades que ahora siente que no puede. Es un cambio de perspectiva frente al problema: buscamos las herramientas que la persona posee para enfrentar el trastorno”, explica.

Es una forma de dar la batalla contra ese “y si” constante, que se preocupa por el futuro incierto, que tantas veces genera lo que los expertos llaman “una rumiación” insoportable en nuestra mente y deriva en ansiedad. Una de las palabras que, si no se ataca a tiempo, más vamos a escuchar en los próximos años.

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