Gustavo Giménez
El nigeriano Tommy Daria es un inmigrante atípico para Uruguay. Llegó como polizón en un barco mercante y se escapó en el puerto de Montevideo, junto a otros dos compañeros, a pesar de la férrea resistencia de la tripulación y de los efectivos de Armada Nacional. Hoy reside en la Casa del Inmigrante, en la Ciudad Vieja y sueña con quedarse en Uruguay y formar una familia. A sus 19 años, tiene mucho para contar.
Nació el 22 de mayo de 1984 en Delta, Nigeria. Hijo único de un empleado de la petrolera estatal y una maestra de escuela, tuvo en su infancia una buena educación y un nivel de vida de clase media. Cuando tenía seis años, su padre murió en circunstancias poco claras en un accidente de trabajo. La petrolera negó toda responsabilidad y nunca pagó el seguro. Desde entonces, su madre afrontó sola su crianza.
Víctima de una profunda depresión y de un progresivo derrumbe económico, la madre de Daria fue dada de baja en el 2000 del colegio donde había trabajado por 18 años, y el 7 de noviembre de 2002 falleció de un paro cardíaco.
Para entonces, su hijo llevaba cinco meses estudiando ingeniería de sistemas en la Universidad. El joven de 18 años quedó absolutamente solo en un medio hostil, donde las perspectivas laborales eran muy escasas, sobre todo para alguien de su edad.
Frustrado por tener que dejar la Universidad a causa de la extrema pobreza, ya con hambre y muy deprimido, decidió emigrar. En diciembre llegó a Costa de Marfil, país limítrofe con Nigeria, viajando por tierra en camiones o colado en trenes repletos de gente, aves de corral, cajas de latas de cerveza y electrodomésticos de Taiwan. Muchas veces robó para subsistir.
La ciudad puerto de Abidjan lo recibió en medio de una guerra civil. Las perspectivas eran oscuras en Costa de Marfil. A causa del conflicto, tuvo que esconderse varios días, sin nada que comer. "Ellos combatiendo y yo escondido, día tras día", recordó.
Daria vivía en la calle, en los arrabales portuarios. Entraba y salía de los buques, de los que robaba lo que podía para vender: discos compactos, televisores, equipos de audio, ropa.
La realidad lo fue encerrando en la depresión. "Sin comida, sin ropa, sin familia, sin amigos, sin esperanza, mal, muy mal", relató. "Por eso decidí abordar el buque. Es algo común en mi tierra esconderse en los barcos para viajar. Es cultural, es nuestra forma de vida".
"Aunque pudiera, jamás pagaría un pasaje", bromeó Daria. De hecho, el que lo trajo a Uruguay no fue su primer viaje gratuito. "A los 15 años fui deportado de Italia. Había llegado como polizón al puerto de Nápoles. Fue muy divertido. Me mandaron a Nigeria en avión. Muy divertido".
Al abordaje
Es la una de la mañana del 30 de diciembre de 2003. El buque mercante Wickling Hamburg, con bandera de Antigua y Barbuda, está amarrado en el muelle 16 A del puerto de Abdijan. Agazapado entre contenedores y montacargas que van y vienen, Daria espera el momento del abordaje, mientras estudia el movimiento de los tripulantes filipinos.
Veintisiete horas después, a las 4 de la mañana del 31 de diciembre de 2003, escala por uno de los cabos que amarran el barco y aborda el Wicking Hamburg. Se desliza furtivo por cubierta y se esconde tras un contenedor. En la mochila lleva su agenda y sus documentos. De ropa, lo puesto: bermudas, championes, una remera y su amuleto, una gorra del equipo de básquetbol estadounidense Utah Jazz.
Daria está escondido. El buque zarpa. "Yo no sabía a dónde íbamos, pero esperaba llegar a Europa o Estados Unidos. Estuve dos días escondido y fueron dos siglos. Viajé por toda mi existencia. Reviví cada minuto de mi vida a una velocidad fantástica. Al tercer día no tenía hambre pero sí frío y mucha sed. Intenté llegar a la cocina pero me descubrió el capataz de cubierta, hizo sonar el silbato y pronto una horda de filipinos se abatió sobre mí. Me golpearon con varas y me llevaron al puente a ver al capitán", relató.
El capitán era un alemán duro y frío. "Que lo encierren con los otros", ordenó en inglés. Mientras lo conducían por pasadizos y escalerillas, entre patadas y amenazas, Daria trazaba en su mente un mapa minucioso de aquel laberinto. Finalmente lo encerraron en un camarote con otros seis nigerianos que habían sido descubiertos antes que él.
"Nunca los había visto pero hicimos buena amistad en los once días de travesía. Yo me convertí en el líder. Todos eran gente de muy bajo nivel. Yo era quien hablaba con el capitán y con los filipinos. Tal vez por eso fui el más castigado", afirmó. "Nos amenazaban permanentemente con tirarnos al mar. Hasta el capitán lo hizo. Fue terrible. Brutal. Nunca podré olvidar. El alemán era muy mal hombre. Me quitó mi agenda y mis documentos. Nunca podré recuperarlos".
Recluidos en su celda, los polizones eran bien alimentados, dos veces al día, a cambio de lo cual se les exigía que realizaran tareas pesadas. El 9 de enero de 2004, a las cuatro y media de la tarde, el Wickling Hamburg echó amarras en el puerto de Buenos Aires. Los polizones estaban en perfecto estado de salud, de acuerdo al resultado de los controles realizados por los médicos porteños.
Las autoridades migratorias argentinas no dieron su visto bueno: los huéspedes del Wickling Hamburg no eran bienvenidos. El barco continuó su viaje hacia Montevideo y el sábado 10 de enero a las 6:45 arribó a puerto.
Los nigerianos temían por su destino. Desconocían en qué punto del globo se encontraban. Rezaban mucho. A las seis y media de la tarde, una delegación de migraciones entrevistó a los intrusos. "Le teníamos miedo al capitán del barco pero las preguntas de los oficiales uruguayos no nos tranquilizaban. Las preguntas no eran las que un oficial de migración debe hacer. Ellos también me amenazaron", relató Daria. "Temíamos al capitán y a migraciones. Les dije a mis compañeros que tal vez nos devolvieran a África y decidimos escapar, aún sin saber dónde estábamos. Cualquier lugar es mejor que el infierno de África".
Corre, Tommy, corre
A las 21:30 del 10 de enero, Daria, sirviéndose de un extinguidor, destroza la tranca de la puerta de la celda. Los siete polizones irrumpen en uno de los pasillos, donde la Armada Nacional uruguaya monta guardia. Se da una lucha cuerpo a cuerpo. La tripulación acude en ayuda de los oficiales.
Daria, Jules Henry y Kaleef Folarin logran llegar a cubierta y otra vez escalan los cabos de amarre. Tocan tierra. Se separan y huyen. Tommy salta una primera valla, después la segunda y gana la calle.
Una barra de amigos toma en la esquina, como siempre. No esperan que un moreno de un metro noventa, esbelto y desesperado, doble la esquina corriendo y pida ayuda en inglés, como en las películas. El idioma de la tribu callejera es universal.
De inmediato el nigeriano está en el zaguán de un conventillo. Pide ropa a cambio de un billete de veinte dólares, que escapó de la voracidad de la tripulación filipina. Los muchachos —asegura su relato—le dan un pantalón, una campera de jean y diez pesos, más un mapa de Montevideo. Un eco de botas retumba en el caserón antiguo. Una partida pasa corriendo por la vereda. "Ahora, dale ahora", le avisa uno. Daria corre, sin rumbo.
"Sólo quería alejarme de la zona portuaria. Sabía que estaban rastrillando la zona y corría en sentido contrario al puerto", contó. "Noté que estaba en Sudamérica, por el tipo de gente, aunque al principio creía que era España, por los carteles. Vi un hospital y entré".
Daria corre por los pasillos del hospital Maciel, ante el estupor de pacientes y personal. Se detiene frente a una enfermera que lo mira con preocupación. "Me miró como mi madre solía hacerlo. Estaba enteramente vestida de blanco. No sé si era enfermera o doctora. Nos quedamos mirándonos. Yo le pedí agua y ella me invitó a pasar a un consultorio. Hablaba en inglés, afortunadamente. Me dio agua, me tomó la presión y me condujo a una puerta lateral, porque mis perseguidores ya estaban en el hospital".
Tommy vuelve a correr. Así llega a la rambla Sur y se detiene a descansar en el muelle de la calle Paraguay. Al amanecer del 11 de enero retoma la marcha sin rumbo y camina durante dos días.
Nostalgia abstracta
Una patrulla lo atrapó al caer la tarde del lunes 12 de enero. Daria, esta vez, no opuso resistencia. Esa noche durmió en una celda de la Policía de Migraciones en el puerto. La Policía pasó el caso a la Justicia y el magistrado a cargo se puso en contacto con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, representado en Uruguay por el Servicio Ecuménico para la Dignidad Humana (SEDHU).
En presencia del abogado del SEDHU, el juez dejó en libertad a Daria, por entender que no había cometido ningún delito. A través de la organización, este consiguió alojamiento en la Casa del Inmigrante César Vallejo, un caserón de dos plantas y veinte habitaciones en la Ciudad Vieja, donde viven 64 personas de siete nacionalidades. Se trata, en su mayoría, de marineros peruanos que esperan su oportunidad de embarcarse.
Daria llegó a su nuevo hogar el 13 de enero y al otro día un empleado de la agencia marítima Repremar, para la cual trabaja el Wickling Hamburg, se presentó en la Casa del Inmigrante y le comunicó que uno de sus dos compañeros fugitivos, Kaleef, había sido encontrado muerto en la bahía. El otro, de 14 años, fue internado en una dependencia del Iname donde se encuentra hasta la actualidad. Los otros cuatro polizones fueron deportados.
Daria estaba llorando cuando llegaron las cámaras de televisión. La noticia conmovió a la apacible Montevideo. ¿Cómo murió ese polizón nigeriano? ¿Fue un accidente? Las incógnitas persisten. La agencia marítima prefiere olvidar el tema. Daria, por su parte, está convencido de que alguien lo asesinó. "Tenía 22 años. No sabíamos en qué puerto estábamos pero él me dijo que si lograba escapar se iba a nacionalizar para jugar en la selección".
Los medios de prensa no se hicieron esperar. Todos querían conocer a Daria. Al anochecer, el nigeriano se encerró en su cuarto a rezar y anunció que no concedería más entrevistas hasta el día siguiente.
Hoy, Daria ya dejó de ser noticia, pero sigue recibiendo visitas, le regalan ropa, lo llevan a conocer lugares de Montevideo y también las playas del este. Está entusiasmado con el candombe y con la ciudad en general. Dice que le gusta la gente: "Lovely people. Me han brindado todo".
En lo inmediato, Tommy está ansioso por obtener sus documentos y tal vez un status de refugiado que le permita recibir un poco de dinero. Mientras tanto se reúne todas las tardes con otros africanos que habitan la Casa del Inmigrante y algunas pensiones de la Ciudad Vieja. Son también polizones, aunque menos famosos. Se juntan en la batería del Cubo del Sur y observan los barcos. Es un ejercicio de nostalgia abstracto porque en realidad su plan es conseguir un trabajo, seguir estudiando y formar una familia en Uruguay.