"Ontario es realmente impresionante", se entusiasma Sir Michael Barber, ex jefe de educación global en McKinsey. La provincia canadiense tiene una alta proporción de inmigrantes, muchos que no hablan el inglés como primera lengua e igual posee uno de los sistemas escolares con mejores resultados del mundo, después de lo que uno de sus arquitectos definió como "reforma sin rencor".
Cuando Dalton McGuinty fue elegido premier de Ontario en 2003, se abocó en una "reforma total del sistema". En lugar de dirigir reformas desde el centro, el gobierno alentó a las escuelas a que fijen sus propias metas y enviaron equipos especializados para que los ayuden a alcanzarlas. Las escuelas con muchos alumnos inmigrantes podían reclamar ayuda especial, y podían elegir entre extender el horario escolar, o trabajar más con los alumnos más lentos.
Los reformadores de Ontario pusieron especial ahínco en hacerse de un apoyo total de la sociedad. Cada escuela, incluso las más remotas, deberían mejorar por las reformas y debería mostrar en inspecciones regulares que estaban progresando. Esos esfuerzos no fueron baratos: desde 2004 el presupuesto total de la educación creció 30%. Y su éxito es objeto de debate. Pero Ontario se ha vuelto una palabra clave para una reforma descentralizada y popular.
600
mil estudiantes tiene el sistema de enseñanza finlandés.
17
libros por año, en promedio, retiran anualmente los finlandeses de las bibliotecas públicas.
96%
de los maestros finlandeses está afiliado al sindicato. En 2008 ganaban 29 mil dólares al año.