SOFTWARE

Ofrecen salarios altos, días libres y masajes, pero no encuentran empleados

La industria del software volvió a generar un récord de ganancias, pero sus empresarios advierten que el desarrollo del talento no crece a la par. Algunas empresas no toman proyectos porque les falta personal. El sector invierte en generar más mentes brillantes pero, ¿les da resultado?

Alumnos del bachillerato tecnológico Ánima cursando una clase de sistema de base de datos. Foto: Fernando Ponzetto
Alumnos del bachillerato tecnológico Ánima cursando una clase de sistema de base de datos. Ellos estudian y trabajan. Foto: Fernando Ponzetto

¿Quién necesita humildad cuando los números anuncian que el software está haciendo que los bits uruguayos sean tan populares como sus vacas? Los empresarios de esta industria dicen que sus problemas son positivos. Ninguno se queja de los impuestos, ni del tamaño del mercado, ni habla de desempleo. El universo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC o IT) es un oasis en medio de economías en aprietos. Quienes se sumergen en él, aseguran que cosas buenas están pasando y que no hay señales de que dejen de suceder: “El mercado es infinito, este es un terreno de oportunidades”, dice Martín Alcalá Rubí, cofundador de MonkeyLearn y director de Tryolabs, empresa especializada en software de inteligencia artificial con foco en el mercado de Silicon Valley.

Uruguay no habrá tenido carbón, ni petróleo, pero sí tiene unas 470 empresas detrás de las computadoras que baten récords de ganancia. El tamaño de su éxito representa el 2,5% del Producto Interno Bruto, es decir la mitad del aporte que realizan los negocios agropecuarios. Según la última encuesta que realizó la Cámara Uruguaya de Tecnologías de la Información (CUTI), en 2017 sus socios facturaron US$ 1.489 millones, 26% más que el año anterior: la cifra más alta en la corta vida del rubro.

“Por ser un país chico y lejano nos quedamos afuera de muchas industrias, pero de esta no, porque supimos generar un conocimiento que es fácil de exportar al resto del mundo”, opina Alcalá. Las exportaciones de servicios y productos a más de 30 países fueron de US$ 675 millones, un 65% más respecto al año anterior. Más de la mitad se vendió a Estados Unidos, y el 16% de las firmas facturaron por encima de los US$ 5 millones.

No hay lugar para falsas modestias.

Andrés Levin, ejecutivo principal de tecnología de Overactive, plantea: “En cualquier lugar del mundo vos hablás de un ingeniero uruguayo e impone respeto, la conversación de costos ya pasa a un segundo plano”. La empresa en la que trabaja multiplicó cuatro veces su tamaño en los últimos dos años. En 2018 tenía 250 empleados, en lo que va de 2019 contrató a más de 100, y tiene una demanda insatisfecha de otra centena.

Se propone llegar a diciembre con una plantilla de 500, pero no sabe si será posible, por eso no tiene otra salida que empezar a buscar talentos afuera del país, y abrir oficinas en otras ciudades. “Hay un boom de necesidad de talentos en esta industria. En todo el mundo faltan programadores y desarrolladores de todos los niveles, sobre todo en las potencias económicas, y eso generó una muy buena oportunidad para empresas como la nuestra, que puede ofrecer talento desde acá. Se da mucho que nos contraten para agrandar los equipos que tienen los clientes en el primer mundo. Pero también nos está faltando gente acá. Hay recursos buenos, pero en pocas cantidades”, explica Pablo Brenner, director de innovación de Overactive.

Y aquí está el desafío que preocupa a todos estos empresarios felices. El sector emplea a unas 25.000 personas. Únicamente en 2017, las empresas socias de la CUTI (son 380) generaron 12.128 puestos de trabajo, pero aunque no les gusta hablar de “problemas”, saben que la cantidad y calidad de los recursos humanos no está acompañando el crecimiento. “Es un tema muy complejo, hay proyectos que empresas no están tomando porque no tienen la gente para llevarlos adelante”, dice Leonardo Loureiro, presidente de la CUTI y gerente de Quanam.

El desarrollo del talento está anudado a los otros retos de esta industria: cambiar su matriz productiva para pasar de ser principalmente prestadores de servicios a creadores de propiedad intelectual, y responder al mensaje que le envió el gobierno al sector cuando el año pasado amplió la exoneración del IRAE de las exportaciones al comercio local, con la condición de que generara empleos en el país.

El problema está sobre la mesa. Ahora, estos científicos convertidos en empresarios están abocados a buscar una solución. Pero, ¿cómo se fomenta la creación de mentes brillantes?

Sebastián González, Martín Alcalá Rubí y Ernesto Rodríguez en Tryolabs. Foto: Francisco Flores
Sebastián González, Martín Alcalá Rubí y Ernesto Rodríguez en Tryolabs. Foto: Francisco Flores

Trabajo soñado

Si el mercado es infinito, si se trabaja para empresas cuya economía crece más que la de nuestro país, entonces no hay necesidad de competir entre sí. “Como consecuencia, hay veces que para llegar a una cuenta más grande tiene sentido sumar a un colega”, explica Brenner.

En el mundo de las TIC, una empresa suele contratar a la otra. Los roces no existen, salvo cuando se trata de conseguir talentos: de “robárselos” entre sí. Este punto está incluido dentro de un código de ética de la CUTI bajo riesgo de recibir sanciones, aunque hasta ahora no se aplicó porque, ¿se puede sancionar la libertad de un trabajador de cambiar de empleo?

Es en este punto que algunos empresarios identifican un posible cuello de botella para esta industria de bonanza. “El mercado está muy recalentado y es cierto que nos sacamos talentos unos a otros”, reconoce Alcalá. Pablo Casal, fundador y director de Netlabs, cuenta que un tiempo atrás, cuando eran un equipo de 30, perdió a seis especialistas en un mes. “Esto hace que los sueldos suban muchísimo porque tengo que pagarte más que mi competidor. Y si otro te quiere, más tengo que pagarte todavía. Esta presión choca con otra fuerza de presión, que es la viabilidad de los negocios, porque nosotros competimos contra el mundo y el mundo ya no paga tanto la hora como para que yo soporte esos sueldos”.

De acuerdo al laudo, los puestos junior cobran entre $ 19.902 y $ 34.713 pero, en los hechos, los senior pueden oscilar entre $ 100.000 y $ 200.000. Eso no es todo: para atraer y retener a los empleados, esta industria les brinda beneficios no monetarios como la posibilidad de trabajar de forma remota, adelantar el fin de semana, no trabajar los feriados laborables, ni el 24 ni el 31 de diciembre. Les dan desayuno, almuerzo, frutas y bebidas. Suelen tener acceso a gimnasio, masajes, club y reuniones en pubs luego del trabajo, con todo pago. Además, seguro de vida personal y seguro médico para toda la familia.

Aun así, los recursos no alcanzan. Y las mujeres son las que menos se acercan a las carreras tecnológicas. Solían ser el 30% del alumnado de la Facultad de Ingeniería y ahora apenas llegan al 15%. “Esto es una catástrofe nacional. Las primeras programadoras del mundo eran mujeres”, dice Héctor Cancela, exdecano de esta facultad y director del Instituto de Computación de la misma.

Pero, si hoy existen decenas de plataformas que ofrecen mano de obra freelance, especializada, en cualquier parte del mundo y con diversas tarifas, ¿por qué esta no es una opción? Casal lo plantea así: “En esta industria vos tenés tres negocios. Está el indio, donde no te podés meter porque trabajan por entre US$ 5 y US$ 15 la hora, es terrible. Tenés el ruso, que paga entre US$ 50 y 70, pero tienen demasiados recursos para sus proyectos. Y tenés el yankee, que paga parecido a los rusos, pero le falta gente especializada porque los mejores están trabajando para empresas multimillonarias: ahí nos metemos nosotros. Pero llegamos con un hándicap, porque contratar a una empresa uruguaya puede sonar tan raro como decir que te vas a hacer una casa con un arquitecto que vive en Polonia. Por eso vos tenés que ofrecerle un servicio mejor del que va a encontrar en algunas zonas de su país. Tenés que responder más rápido, con más solvencia técnica y con una excelente atención, porque los yankees suelen ser distantes y para nosotros todos los clientes son especiales”, dice cerrando la frase con un guiño.

El uruguayo vende que “sabe jugar en todas las canchas”, que “sabe interpretar una conjunción de factores”, que “entiende tanto la parte técnica como el negocio”, que “tiene vocación de servicio”, dice Alcalá. Y así se firma contrato tras contrato. El valor agregado que vendemos, concluye Brenner, “es la calidad de los equipos especializados uruguayos y para eso lo mejor es que el trabajador sea empleado de tu empresa”. Por eso el 80% está contratado en relación de dependencia.

En esta ecuación hay poco lugar para freelancers. La solución al problema tiene una respuesta conocida: retroalimentar la relación con el sistema educativo.

Parte del equipo que trabaja en Arbusta. Foto: El País
Parte del equipo que trabaja en Arbusta. Foto: El País

Desde la primera PC

En la CUTI aseguran que son el sector de la economía que mayor injerencia tiene en la educación. Para demostrarlo hay que remontarse a 1968, cuando la Universidad de la República detectó que la computación era una gran oportunidad de desarrollo e invirtió varios millones de dólares en la compra de una computadora IBM S/360.

La máquina era una de las únicas que había en el país, y se usaba tanto para la enseñanza como para gestiones del sistema de salud o de la UTE; además, registró un censo y la aprovechó el Casmu para liquidar sus sueldos.

Udelar contrató a especialistas extranjeros y creó, en la órbita de la Facultad de Ingeniería, el Instituto de Computación: Uruguay fue uno de los primeros países de la región en tener una carrera específica. Así surgieron los primeros programadores. Luego, en 1974, lanzó la carrera en Sistemas de la Comunicación, que pronto se convirtió en la elección predilecta de los matriculados debido a que las empresas habían comenzado a adquirir estas máquinas y solicitaban técnicos.

Así comenzó la historia del éxito de esta industria (ver recuadro). Ahora, en la segunda ola de empresas IT, dos tercios de ellas se dedican a la prestación de servicios, que se cotizan en horas de talento. Y el otro tercio se dedica a generar propiedad intelectual, desde software hasta metodologías y nuevos modelos de negocios, como el caso de Pedidos ya.

Para Loureiro, el director de la CUTI, con la generación de más propiedad intelectual, “la velocidad de crecimiento y la necesidad de talento serían distintas”. En ese sentido, el principal aliado es la Agencia Nacional de Investigación e Innovación. De hecho, aunque el 50% de los socios de la cámara dijeron tener un departamento de I+D, Loureiro cree que esta práctica debería estar más incorporada para mejorar la productividad del sector.

Con el fin de resolver la necesidad de recursos, la CUTI y las empresas “están invirtiendo muchísimo” para atraer a más estudiantes a la tecnología, y para reconvertir a trabajadores de otras áreas. En Netlabs toman estudiantes de primer año de facultad y los entrenan para que adquieran los valores de la empresa y la idea del negocio. “Es como si estuviéramos criando a esa persona, porque a mí por uno o dos años no me va a dar ninguna ganancia, es una inversión a largo plazo que hago”, dice Casal.

También se flexibilizó la exigencia de títulos: “A mí me importa qué puede hacer, no qué estudio”, sostiene Brenner. Otros colegas suyos dicen que les basta percibir que tienen el potencial para convertirse en buenos técnicos, y los toman.

En esta misión, la CUTI se asoció con el Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (Inefop). “En este período hemos querido construir una alianza estratégica con estos actores”, dice Eduardo Pereyra, director de Empleo. Entregó 1.000 becas de formación y financió la iniciativa Jóvenes a Programar, que llevan adelante Plan Ceibal y esta cámara.
Pereyra considera que este ámbito puede generar inclusión. Y así es: las historias de superación, en los equipos de tecnología, abundan.

Romper el mito

Lejos de quedarse de brazos cruzados, en los últimos 15 años la oferta de formación se especializó y se diversificó. En 2004, en plena crisis económica, la Facultad de Ingeniería y la CUTI crearon el Centro de Ensayos de Software. “Se estaba intentando generar productos que fueran sostenibles en el futuro”, dice el ingeniero Gustavo Guimerans, y agrega: “Un país chico tiene que apostar a la calidad, así que generamos una forma de testear software para vender productos sin defectos”.

Este servicio se volvió autosustentable y, ante la demanda de capacitaciones, el centro creó cursos y en 2011 lanzó una carrera de testing con una duración de tres años. Las personas becadas por Inefop van a parar a estas aulas, y al menos un 32% accedió a empleos IT gracias a la carrera, y el 21% ascendió en la empresa donde ya trabajaba. ¿Qué pasa con el resto? Algunos deciden retomar sus estudios terciarios, y otros abandonan.

Cancela, el director del Instituto de Computación, sabe que aunque el número de alumnos que llegan a estas carreras en la Facultad de Ingeniería aumenta año tras año, y se crean más opciones de formación para atraerlos, hay un mito que genera que no crezcan las matriculas tanto como le gustaría a él y necesita la industria. “Está la idea de que hay que ser brillante, cuando son carreras que están al alcance de todos. Para eso creamos una diversidad de oferta con distinta duración, perfil y requisitos, porque esta industria no necesita únicamente a ingenieros que programen, necesita que se cubran distintas especialidades”.

Existe un mito, pero es verdad que estas son tareas que exigen una tolerancia a la monotonía. Ese es uno de los criterios que se evalúan en la prueba de admisión al programa Jóvenes a Programar, de Plan Ceibal, que funciona desde 2016. Focalizado en personas de 18 a 30 años con tercero de educación media aprobado, ya capacitó a 1.000 por generación, y está presente en 14 departamentos a través de una red de videoconferencias. En esta cuarta edición, para equilibrar la cantidad de mujeres que ingresa al sector, las inscripciones se limitaron al género femenino. De las 500 chicas que cursan, 96 son madres. “Tomamos esta decisión porque en los años anteriores fuimos perdiendo a las mujeres. Las razones que daban eran motivos de trabajo, estudio o problemas personales, pero estamos analizando qué es bien lo que las hace desertar”, dice su directora, Carina Bálsamo.

Algunos de los jóvenes que aprendieron testing, inglés y competencias transversales en este programa, y otros que se forman en la Fundación Forge -que este año está formando a 80 jóvenes en orientaciones tecnológicas y realiza un seguimiento de otros 69 que están en proceso de tutorías e inserción laboral-, forman parte del primer equipo de Arbusta.

La oficina de Arbusta es amplísima y sólo una de sus habitaciones está ocupada. Por ahora. Esta empresa, creada en 2013 en Argentina con el propósito de articular la existencia de más de 20 millones de jóvenes latinoamericanos que no estudian ni trabajan, con una demanda insatisfecha de 296.000 puestos de trabajo en la industria IT en la región, desembarcó en febrero pasado en Montevideo. Beatriz Ponce de León, su manager, explica que brindan servicios de testing, control de calidad de aplicación web o celular, manejo de datos y otros servicios de interacción digital. Los equipos están formados por jóvenes que son captados en contextos vulnerables -es requisito tener primaria completa- y capacitados para prestar un servicio de buena calidad, con el nivel de exigencia del mercado. Hasta el momento, un equipo de 10 (seis son mujeres) fue empleado por Mercado Libre, pero Ponce de León está en plena búsqueda de clientes.

Otra innovación es Ánima, un bachillerato tecnológico que combina el estudio con la experiencia laboral. Estos estudiantes realizan prácticas pagas 12 horas a la semana en algunas de las 21 empresas que participan del proyecto. El 62% de los alumnos de la primera generación que ya egresó fueron contratados por empresas del sector, cuenta Ximena Sommer, directora ejecutiva. El resto sigue estudiando o busca trabajo.

Hasta el momento, Ánima tiene 50 cupos por grado -el acceso es gratuito-, pero su objetivo es duplicarse y también multiplicar el número de empresas socias. De su lado está la nueva Ley de Empleo Juvenil, que regularizó esta modalidad de contratación de jóvenes y además prevé beneficios para las firmas que decidan sumarse a estas propuestas.

La otra esperanza viene desde la Universidad Tecnológica del Uruguay (UTEC), que ofrece cinco opciones (entre diplomaturas, licenciaturas y tecnicaturas) relacionadas a las TIC que en apenas tres años se convirtieron en las más demandas en el país. Hoy son 1.216 las personas de diversos perfiles que las cursan, y cada vez es menor la tasa de desvinculación.

En este sentido, el consejero Rodolfo Silveira dice que la modalidad semipresencial de los cursos es fundamental, porque les permite ahorrarse los traslados y mantener el trabajo mientras que se estudia. “Esta es una carrera generada a demanda, esa es la verdad. Y vamos a ser claros: acá estamos educando para que la gente vaya directamente al mundo del trabajo”. Aunque no hay datos específicos para estas carreras, un censo realizado entre todos los egresados arrojó que el 89% trabaja, y el 90% de ellos lo hace en áreas relacionadas a su formación.

Las señales son buenas y esperan que sean mejores porque, como dice Cancela, el país “ya llegó, pero no alcanza”. En el mundo de las TIC cada dos años las tecnologías cambian y estudiantes, empleados y empresarios deben aprender de nuevo. “Necesitamos mantener el trabajo para seguir mejorando, porque todos se están moviendo y mirando el ejemplo uruguayo para imitarlo y superarlo. Y esto sin gente no funciona”.

Qué factores impulsaron el gran éxito del software local

En los ’80, con la explosión de las computadoras personales, su uso se alterna para jugar y hacer aplicaciones. Pronto comienzan a adquirirlas empresas más chicas, y el plan de estudios de Facultad de Ingeniería incorpora nuevas lenguas de programación técnica y manejo de base de datos. Varios egresados empiezan a armar sus propias empresas y a vender servicios en el exterior. Así nacieron firmas como Genexus y Quanam. A mediados de 1990, Uruguay se había convertido en el primer exportador de software de América Latina y se mantuvo en ese puesto hasta 2010; ahora ocupa el tercer lugar. La creación de doctorados, la llegada de Internet y la exoneración de IRAE a las exportaciones del sector (desde 2007), hicieron surgir una segunda generación de empresas cada vez más especializadas.

Más docentes para pensar un futuro mejor

A Héctor Cancela, director del Instituto de Computación, le resulta “desesperante” ver pasar las oportunidades de desarrollar nuevas áreas de investigación con talentos formados en el extranjero que regresan al país pero, por falta de presupuesto, no poder contratarlos. “Hay tensión entre atender al desarrollo de nuevas áreas y mantener el desarrollo de las clásicas, que uno no puede abandonar”, dice. Y agrega: “Siempre presentamos pedidos presupuestales y pedimos nueva gente joven que nos permita actualizarnos y adelantarnos a lo que se viene”.

Craneando la PC que salvará al mundo
Pablo Casal, director de Netlabs
Pablo Casal, director de Netlabs. Foto: Leonardo Mainé

Por ahora la computación cuántica es un hobby, pero puede llegar a ser una tecnología revolucionaria que permita simular procesos cuánticos que, según los expertos, podrían “hacer posible lo imposible”. De lograrse, la forma en que se homologa la eficacia de un medicamento cambiaría, porque se podrían analizar de forma veloz millones de variables de reacción de una bacteria con una molécula. También permitiría crear materiales a partir de diseños que combinen virtudes hasta ahora imposibles de compaginar de forma simultánea sin decenas de años de ensayo y error. Y también posibilitaría las comunicaciones 100% seguras, ya que todo mensaje interceptado será destruido. Suena a magia, pero Google, Microsoft, IBM y Rigetti tienen a sus ingenieros más capacitados estudiando cómo construir estas computadoras. Por el momento, IBM lanzó un equipo que, según explica Martín Alcalá Rubí, de Tryolabs, “sirve como una prueba de concepto, porque su poder equivale a la que puede tener una laptop”. A la par del equipo, esta empresa lanzó un simulador de programación cuántica que este ingeniero ya está probando. “Los físicos cuánticos todavía están discutiendo si se pueden hacer o no estas computadoras, pero si se consigue será la próxima revolución informática grande y yo quiero estar preparado”, dice Alcalá.

En paralelo al avance de la investigación académica e industrial, el Institute of Electrical and Electronics Engineers -el organismo internacional que sugiere los estándares de la industria electrónica y del software-, está dando los primeros pasos para discutir los criterios que se aplicarán para definir los parámetros estándar. La comisión generada para este trabajo incluye al uruguayo Pablo Casal: el único latino de un grupo de 27 especialistas. Unas semanas atrás, Casal viajó a Estados Unidos para la primera reunión de este “concilio de notables”, donde distintos ingenieros hicieron una puesta a punto de sus descubrimientos y ahora, mensualmente, participará de encuentros online para seguir definiendo cómo y qué tanto regular esta innovación.

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