HOMICIDIOS, AMENAZAS Y COPAMIENTOS

La muerte de Jesús y las mil batallas que dejó ardiendo en el Marconi

A Jesús Pérez lo acribillaron el 5 de agosto en la puerta de un CAIF, a metros de su casa. Un menor de edad se hizo cargo de los 16 tiros, pero en el Marconi circula otra verdad que tiene al barrio en vilo. ¿Quién fue Jesús y por qué lo mataron? En su historia, una guerra de mil batallas.

Niños en el Marconi
El Marconi intenta sobreponerse a la exclusión y la violencia. Decenas de proyectos sociales ubicados allí procuran proteger a los niños. Foto: Fernando Ponzetto

Arde. Y mientras la ve arder, grita. Grita que él sabe quién fue. Está armado. Fuera de sí, desequilibrado. La ve arder y grita que la culpa es del Quechu. A su alrededor hay policías, bomberos, amigos, familiares, vecinos, curiosos. Todos lo miran y lo oyen gritar:

—¡Esto es culpa del Quechu y de los negros paulitos!

Desde que se incendió la casa de su hijo, dos meses atrás, este hombre al que llamaremos Pablo desató su sed de venganza. Aunque la pericia concluyó que el fuego se había iniciado por un corto circuito, y aunque se dijera que Jesús Pérez —el protagonista de esta historia, un joven de 19 años conocido en el Marconi como Quechu— estaba durmiendo la siesta aquella tarde de julio, Pablo atacó. A la media hora del incendio, a un amigo de Jesús le dieron siete tiros. Al día siguiente balearon a otro de su barra. Los dos sobrevivieron, pero quedaron con discapacidades severas.

A los dos días, Jesús fue con otro amigo a lo de la mamá de Carlos, el dueño de la casa incendiada. Viven (vivían) en la misma cuadra. Jesús quiso hablar con Carlos para aclarar el asunto. Le dijo que su padre estaba equivocado, que él no había sido, que estaba sesteando, que no había sido ninguno de los suyos. Se dieron la mano y se pidieron disculpas.

Quedaron en buenos términos. O al menos eso pareció durante las semanas que siguieron.

El lunes 5 de agosto, en la casa de Jesús se apareció Sebastián, un íntimo de Carlos, y preguntó por el Quechu. Su mujer le dijo que había ido a comprar bizcochos. Pasaban minutos de las tres de la tarde, las madres se arrimaban a la puerta del CAIF Caritas Felices para retirar a sus hijos, y de repente se sintió “un rafagazo”.

Cinco tiros. Cuatro más. Un breve silencio. Un tiro. Silencio. Otro tiro. Otro breve silencio. Cinco tiros más. En 16 segundos, 16 tiros. Está registrado en audios y videos.

Las madres y los niños entraron rápidamente al CAIF, tal como prevé un protocolo de INAU que se hizo en abril para que los educadores de Casavalle (o de otros barrios) sepan qué hacer ante balaceras, muertes, amenazas u otras situaciones violentas que afecten el funcionamiento de los centros. No era la primera vez que pasaba algo así en el Marconi, pero sí era la primera en la que se sabía qué hacer.

El hermano de Jesús vio todo, aunque demoró unos segundos en darse cuenta de quién era el acribillado. Lo primero que atinó a hacer fue ir en busca de la cédula de identidad del herido para que pudieran asistirlo en la policlínica.

Entre los ladridos de los perros, Adriana escuchó que le gritaban que saliera, que le habían lastimado a su hijo, el Quechu. En pijama y pantuflas corrió a la vereda y lo vio. Dice que nunca pensó que estuviera muerto. Aturdida, oía voces que le decían “fue Carlos”, “fue Sebastián”. Hay testigos que aseguran haber visto a los dos amigos —Carlos y Sebastián— acercarse a Jesús, que volvía del almacén con sus bizcochos, e increparlo por el incendio de la casa, para luego dispararle así.

Adriana tomó a su hijo y, junto con su nuera y su consuegro, lo llevaron en auto a la emergencia. No había nada por hacer.

Los 16 tiros que le dieron a Jesús Pérez el 5 de agosto, dispersos por la calle Juan Acosta esquina Saravia.
Los 16 tiros que le dieron a Jesús Pérez el 5 de agosto, dispersos por la calle Juan Acosta esquina Saravia. Foto: El País

Quién era el Quechu

Ya pasó más de un mes. Es 12 de setiembre y Adriana llega del Cementerio del Norte. No camina, se arrastra, y la ayudan dos de sus hijos. Va con la cabeza gacha, tiene la cara cansada de llorar. El sol salió después de varios días de lluvia y en los pasajes del Marconi todavía hay mucho barro que esquivar. Entra, saluda, se sienta sobre un sillón de terciopelo bordeaux, pide un cenicero y, sin levantar la mirada, desliza su dedo en la pantalla del celular.

No puede dejar de mirar fotos y estados de Facebook de su hijo muerto.

—Yo quiero limpiar su memoria.

Cinco días después de la muerte de Jesús, el amigo de Carlos, Sebastián, confesó el asesinato. Según declaró, estaba cansado de que Jesús lo hostigara. Gustavo Leal, el director de Convivencia y Seguridad del Ministerio del Interior, tiene entendido que el supuesto homicida, de 16 años, solía pertenecer al mismo grupo de amigos que el muerto, pero que de un tiempo a esta parte se había distanciado. Su relato es que lo mató porque Jesús le había empezado a exigir plata por pasar cerca de su casa al visitar a su novia.

Al principio esta versión no convenció a la Fiscalía, pero finalmente se la dio por buena y Sebastián marchó con prisión preventiva mientras se investiga.

Ahora Adriana dice que su hijo podía ser muchas cosas, pero no “un ortiba”. Que si fuera cierto lo del peaje, Sebastián no pasaría por la casa de Jesús lo más campante como solía hacer, y como hizo el día mismo de la muerte. Esta mamá está segura de que detrás del homicidio de su hijo hay otra explicación, pero no quiere hablar de eso. Tiene miedo.

—Me arrancaron un pedacito de mi alma. Una niña se va a criar sin su padre. No habíamos superado la muerte de mi otro hijo, y ahora este es un golpe bajo. No verlo llegar. Lo que más me duele es la injusticia: cómo me lo están ensuciando. Preguntá por ahí quién era el Quechu.

Jesús, el Quechu, era el cuarto de cinco hermanos. Su nombre hacía honor al padrino muerto de su padre; su apodo, a que su mamá, al momento de nacer, le encontró un rostro muy particular, “parecido a un Chucky”, cuenta ella y sonríe.

Dice Adriana que con Jesús no había cómo enojarse. De niño no sabía si reírse o rezongarlo ante sus picardías. Al recordar su infancia, resopla. Pero enseguida agrega que “con su carita” la “compraba”.

A los nueve años, Jesús vio morir a su hermano de 13, Alfredo. Habían bajado a jugar a la pelota a una cañada y cuando quisieron acordar, una lluvia torrencial los empezó a arrastrar. A Alfredo y a otros dos niños, amigos del barrio, se los llevó la corriente. Jesús pidió ayuda a los gritos en la mitad de la calle pero nadie llegó a tiempo, y los niños aparecieron sin vida en distintos puntos de la ciudad.

Fue por un tiempo a un psicólogo pero quisieron medicarlo y a su mamá no le pareció bien. Entonces llegaba de la escuela y gritaba de angustia. Adriana sentía que estaba bien que se desahogara y lo animaba a golpear la cama o la almohada, con tal de que no se lastimara.

Esa muerte —ese duelo no elaborado, esa culpa porque su hermano tenía una discapacidad mental y él debía cuidarlo— le marcarían la vida y el carácter.

Maduró antes de tiempo. A duras penas terminó primaria en la escuela 91. Su alivio fue el baby fútbol en el club Santa Ana. Gustavo, el director técnico, lo iba a buscar en taxi para convencerlo. “Dale, Quechu, que sin vos no hay gol”, le decía.

A los 13 entró al club de niños Centro Abierto, de la Obra Padre Cacho. Adriana dice que fue por el fútbol, pero en realidad fue por una medida de protección dispuesta por la Justicia. El objetivo era que no estuviera en la calle. Ya no iba a la escuela ni tenía edad escolar, pero igual lo admitieron y allí estuvo un año.

En el local que tiene esta organización de la comunidad San Vicente sobre la calle Aparicio Saravia, Nebia López y Ana Scarenzio, del equipo de coordinación, explican que en el club de niños se acompaña “más la parte social que la escolar”. Se intenta enseñar “otras formas de crecer y criarse”. Los niños de esa edad ya se mueven solos por el barrio: “tienen más libertad y más riesgo de absorber cosas que no son para ellos”. Cada uno llega con sus alegrías y sus tristezas, y hay que trabajar la individualidad dentro de lo grupal. “Muchos tienen una capacidad impresionante pero están trabados emocionalmente”, cuentan. Igual, la batalla más ardua, dicen, es contra la exclusión y la falta de oportunidades.

También por protección, a los 13 Jesús ingresó a la Escuela de Oficios Don Bosco. No llegó a completar dos de los tres años de formación que propone la organización salesiana ni el cuarto año en el que les dan un compendio equivalente a ciclo básico. Tenía dificultades de aprendizaje y la muerte de su hermano carcomiéndole la consciencia. Incorporó algo de carpintería, pero era “vago”, dice Adriana, y faltaba mucho. Allí conoció a la futura mamá de su hija.

Jesús fue uno de los desertores a los que está habituado el proyecto. Por generación entran 80 y completan el proceso unos 25. Y, dicen desde la organización, el gran problema que tienen es que aun habiendo terminado, conseguir empleo para los egresados es un imposible. Con semejante esfuerzo de formación —de educadores y educandos—, los que trabajan de lo que estudiaron se cuentan con los dedos de la mano. “A los 18 terminan cuarto y necesitan desesperadamente trabajar. Y si no trabajan, se los agarra la calle”, dice una educadora que prefirió no figurar. “Se los llevan otros poderes”.

testimonio de su mamá
Jesús Pérez con su madre
"No trabajó, pero tenía todo y lo envidiaban"

A Jesús no le gustaba el encierro. Tampoco era un adolescente inquieto. Su familia cuenta que era una especie de MacGyver, que se entretenía con “tres cables y una batería”, y que días antes de morir le había instalado luces a la bicicleta del padre, feriante, para mitigar el riesgo que corre por circular de noche. Jesús nunca trabajó; lo máximo que hizo fue colaborar con él y hacerse unos pesos. Su familia admite que el hecho de que él tuviera “todo” —casa y auto— sin un empleo generaba envidia. Lo cierto, dicen, es que todos en la familia lo ayudaban mucho. “Nosotros le dábamos una mano. Yo con tal de que no se contagiara de los demás y no robara, lo ayudaba. Con tal de que no se me perdiera, le daba todo”, dice Adriana, su mamá. Y asegura que él “se gastó” entregando curriculum sin suerte. Le gustaba mucho “callejear”, pero era “respetuoso” y trataba de usted a los adultos, destacan sus hermanos. Vivió su vida reconociendo en cada niño el rostro de su hermano muerto. “Era un gurí que no parecía de este mundo. A pesar del barrio en el que los crié, costó, pero me salieron re compañeros todos mis hijos”, dice Adriana, abrazada con Jesús en esta imagen.

Calle y delito

Y de esos poderes contra los que compite la educadora de Don Bosco, sí que supo Jesús. En su legajo como menor figuran tres detenciones de un día por infracción o presunción de infracción: a los 14 años, a los 15, a los 17.
Con 17 entró al Centro de Ingreso, Estudio y Derivación (CIED) del exSirpa, hoy Inisa. Era un centro modelo que se transformó en un verdadero infierno de ratas, encierro, motines y castigo, al que la administración de Gabriela Fulco resolvió clausurar. Estuvo dos meses allí por rapiña. Su mamá asegura que se comió un garrón:aceptó darle un aventón a un “ñeri” de la zona y terminó incriminado sin saber que se trataba de un ladrón.

En la audiencia, recuerda bien Adriana, la jueza la acusó de mandar a su hijo a robar. Ella le respondió que había criado a Jesús “en un carro”, pero que nunca le había inculcado el delito.

En su familia admiten, sí, que Jesús era de meterse en líos ajenos y salir a recuperar cosas robadas de “gente laburante”.

En el barrio, en cambio, se dicen otras verdades. Se dice, por ejemplo, que de chico Jesús formó parte de la banda “79”, un grupo de preadolescentes que, según las fuentes, basaban su amistad en un culto a la delincuencia, el consumo y la apropiación de sitios públicos. Se dice que su mamá no podía con él: que pese a los intentos de las organizaciones que lo atendieron, Jesús quería calle.

Tras su estadía en el CIED, a Jesús se le otorgó el beneficio de la libertad asistida en un proyecto que implicaba un seguimiento diario con psicólogos. Su mamá lo acompañó y él cumplió en forma correcta, confirmó Fulco para esta nota.

El 6 de julio de 2018 quedó libre. Su novia ya estaba embarazada y su vida podía dar un giro. Pero no.

El Quechu se volvió referente de una banda que adoptó su apodo como nombre. La mayoría, dicen, son menores de edad. Y, de acuerdo con varios testimonios, se enemistaron con “los Patitas”, otra banda de mayor peso y poderío armamentístico de la que forman parte los denominados en esta nota como Pablo, Carlos, Sebastián, y otros tantos.

El triste final de Jesús ya es conocido, pero su muerte abrió un nuevo frente de batalla que se libra hoy en el Marconi.

Los Quechu VS. los Patitas

El 21 de agosto, 16 días después de los 16 tiros que terminaron con el Quechu, apareció un cuerpo calcinado y desmembrado en un baldío ubicado en Lavalleja y Aparicio Saravia, a pocas cuadras del escenario de muerte anterior.

Leal, del Ministerio del Interior, dice que este segundo homicidio fue “muy violento” y que está vinculado a otro asesinato que sucedió la noche anterior. En torno a estas dos muertes habría un “pacto de silencio” de las dos familias involucradas y, según Leal, está afectando la convivencia en el barrio porque los hermanos de los muertos comparten servicios en algunas de las tantas instituciones sociales del Marconi. La investigación de estos casos está a cargo de la fiscal de homicidios Mirtha Morales.

Los vecinos enmudecen aterrorizados ante estos ajustes de cuentas. Solo atinan a decir que “es todo parte de lo mismo”, lo cual significa que las muertes también tienen que ver con el enfrentamiento entre “los Quechu” y “los Patitas”. Uno de los asesinados era amigo de Jesús.

La batalla entre estas bandas ocurre con una serie de copamientos como telón de fondo. Hay quienes afirman que “los Patitas” se adueñaron de cinco casas. Dicen que han sacado gente a los tiros para apropiarse de sus viviendas pero, a diferencia de lo que ocurrió en Los Palomares a manos de “los Chingas”, acá no sería para generar sucursales de venta de drogas sino para ponerlas en alquiler y obtener un rédito económico de ello.

Pero esto es lo que se dice de un lado del enfrentamiento. Del otro, aseguran que “los Quechu” coparon la casa de la mujer de Carlos a punta de pistola y que ella hizo la denuncia. Esta semana hubo un allanamiento en la casa del mejor amigo de Jesús y desfilaron por la fiscalía de Juan Gómez varios involucrados.

Una vecina aseguró que la verdadera dueña de las casas copadas es una señora que no quiere saber de nada con todo este lío y que no denuncia porque tiene a su hijo amenazado de muerte.

Y hay más. Días atrás, “los Patitas” denunciaron en Fiscalía a “un montón de gurises” por el incendio ocurrido en julio.

La muerte de Jesús provocó también allanamientos en las viviendas de “los Patitas”, pero no encontraron nada. Dicen los vecinos que estaba todo arreglado. Que la Policía en esa zona juega a favor de esa banda y que les habrían avisado para que sacaran las armas y los chalecos antibalas que supuestamente guardan allí.

Las acusaciones al accionar de la Policía están a flor de piel y los relatos de abusos de parte de efectivos se cuentan con lujo de detalles. No es nuevo. El 27 de mayo de 2016, el Marconi vivió un antes y un después cuando un cruce entre la Policía y dos hombres que supuestamente habían robado una moto terminó en tiroteo y muerte de uno de ellos, que tenía 16 años. Unas 100 personas enardecidas cortaron Aparicio Saravia, quemaron llantas, atacaron y prendieron fuego un ómnibus, y agredieron al médico de una emergencia móvil que terminó perdiendo un oído. Después de aquel día fatídico, muchas cosas cambiaron para bien, pero la desconfianza hacia la Policía se acrecentó. Una joven de 24 años entrevistada para esta nota asegura haber sido testigo de cómo ultimaron al adolescente, que se había arrodillado pidiendo clemencia y, aun así, un policía le pegó un tiro en la cabeza y lo pateó en el piso.

El 6 de setiembre se hizo una actividad que ya es tradición en Marconi. Al fondo, el humo de la quema de un vehículo.
El 6 de setiembre se hizo una actividad que ya es tradición en Marconi. Al fondo, el humo de la quema de un vehículo. Foto: Fernando Ponzetto

Mayo de 2016: el hito que llevó al Estado al barrio

“Lo mejor que se le puede dar a la niñez son buenos recuerdos”, dice un pasacalle que cuelga sobre Aparicio Saravia, la principal del Marconi. Es viernes 6 de setiembre y el barrio está de fiesta por la edición número 18 de la tradicional “ludoteca”, una especie de kermés que organiza la Obra Padre Cacho cada año y de la que participan todas las instituciones sociales, colegios, CAIF y proyectos instalados en la zona. Cada una arma un espacio de juego sobre la calle y los participantes —niños, adolescentes y adultos— eligen su propuesta favorita. El ambiente es de disfrute y diversión, y nadie repara en una intensa columna de humo que crece en el horizonte. Dos adolescentes explican que seguramente sea de “algún auto incendiado”:“pasa dos por tres”. En la calle hay un puesto del Mides en el que se recaban los deseos de los vecinos para la plaza que se está construyendo en el cantero de Aparicio Saravia. Están la subsecretaria Ana Olivera y la alcaldesa del municipio D, Sandra Nedov. Al final de la jornada se sabrá que, por decisión de la mayoría, la plaza (financiada por el Mides, el Ministerio del Interior y la Intendencia) se llamará “Nuestros sueños”. El entusiasmo por acompañar este proceso es notorio y no es aislado. Después de los lamentables episodios de mayo de 2016, el Estado “empezó a proteger al Marconi”, coinciden los educadores que llevan años trabajando allí. Desde entonces funcionan sistemáticamente dos ámbitos de reuniones. Una es la “intersectorial” y allí se encuentran los delegados de varios ministerios para planificar estrategias de todo tipo, sociales y de infraestructura (como la plaza o los puentes para los pasajes). Otra es de esos mismos actores pero con las organizaciones sociales, y se hace religiosamente una vez al mes. Estos espacios han mejorado la articulación y apuntalado la intervención. El martes 3 de setiembre, a instancias de INAU, se hizo una reunión adicional para hablar del rebrote de violencia que hay en el barrio.

Tras la muerte de Jesús, los hombres vinculados a su familia andan acompañados o incluso se “exiliaron” del barrio por miedo. Mientras, dicen, el verdadero asesino anda suelto.

El fiscal Gómez está al tanto de todo y, consultado para esta nota, reveló que los dichos de los vecinos sobre la falsa confesión del homicidio tienen asidero.

—Es una versión seria, pero no le puedo dar más detalles porque estoy investigando y adopté medidas que espero que se cumplan lo antes posible. Yo tengo perfectamente claro que el menor se presentó y dijo ‘fui yo’, pero la fiscalía de homicidios, independientemente de esa confesión, siguió investigando y creo tener elementos para concluir otra cosa. Ahora depende de que la Policía encuentre a determinada persona. Es una investigación difícil. La Fiscalía está muy atenta.

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